El puchero

Condimentando afecto

Les vi por primera vez una tarde de noviembre. Madre e hijo llegaron cansados. Llevaban el fango del camino pegado en sus zapatos.

Yo era un humilde puchero de barro. Dormitaba sobre la repisa de la cocina de una casa de alquiler, propiedad del señor Pinardi. Hacía meses que nadie la habitaba. Un silencio polvoriento se había enseñoreado de la vivienda.

Agradecí su presencia. Estaba aburrido de compartir tedio y soledad con una mesa, dos sillas, un balde y una vieja escoba. Nada más llegar, mis nuevos dueños comenzaron a limpiar la casa.

Cayó la noche. La tenue luz de un quinqué iluminó la estancia. Fue entonces cuando ella me tomó entre sus manos. Llenó la pila de agua. Me limpió con jabón y estropajo por dentro y por fuera. Mi interior de arcilla vidriada ensayó un guiño de agradecimiento.

Encendieron el fogón. Cociné la primera cena para Juan Bosco y Mamá Margarita: polenta condimentada con castañas cocidas.

Mientras cenaban escuché sus sueños. Proyectaban un futuro de vida y oportunidades para niños trabajadores; huérfanos sin hogar que hallarían, junto a ellos, el calor de la familia que nunca tuvieron. Me emocioné. Mi vida de puchero encontró un nuevo sentido. Prometí condimentar los mejores guisos para aquellos muchachos… Pero transcurrieron meses sin que llegara ningún niño. Regresé a la monotonía.

Nunca olvidaré mi última noche. Hacía frío. Madre e hijo se hallaban sentados a la mesa. Llamaron a la puerta. Abrieron. Aparecieron cuatro muchachos de mirada turbia, pantalones de pana oscura y chaquetas raídas. Mendigaban un lugar donde pasar la noche. Madre e hijo les abrieron la casa y el corazón. Me esforcé todo lo que pude para dar sabor a la sopa de pan con huevos que Mamá Margarita les cocinó.

Madre e hijo les prepararon también una habitación con mantas para paliar el frío de la noche. Antes de retirarse, rezaron las oraciones de la noche con fingida devoción. Luego, reinó el silencio en la casa.

Poco antes del amanecer escuché pasos sigilosos. Abrí los ojos. ¡Los mozalbetes se llevaban las mantas que madre e hijo les habían proporcionado! Buscaban en la cocina algo que robar.

Quise impedir tanta ingratitud. Y, cuando uno de ellos pasó junto a la mesa, le agarré con fuerza la manta que portaba bajo el brazo. Él estiró. Yo caí al suelo. Sentí cómo mi cuerpo se hacía pedazos. Ellos desaparecieron en la noche.

El ruido despertó a madre e hijo. Llegaron a la cocina. Mientras yo me despedía de esta vida, observé como Juan Bosco y Mamá Margarita se miraban con más esperanza que decepción. Admiré su entereza y coraje ante la adversidad.

Mi vida de puchero se desvanecía. Lamenté no poder cocinar para los chicos huérfanos los guisos prometidos. Pero me despedí de esta vida con la dignidad de los pucheros que ven cumplida su misión. Estaba seguro que madre e hijo conseguirían hacer realidad su sueño: sentar en la mesa de su casa a niños pobres para ofrecerles el pan nuestro de cada día horneado en el afecto de un hogar de verdad: el hogar de Juan Bosco y Mamá Margarita.

Nota: 3 noviembre 1846. Mamá Margarita y Don Bosco llegan a la casa Pinardi desde I Becchi. Tan sólo disponen de dos sillas, dos camas, una mesa, un puchero y varios platos (MBe II, 396).

Fuente: Boletín Salesiano

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