El tres por ciento

No es la primera vez que nos sorprende el dato. Es una tendencia repetida en estos últimos años en los que machaconamente las encuestas sobre los jóvenes españoles nos dejan con una sensación de malestar en lo que a la relación de éstos con la Iglesia se refiere. Sólo alrededor del tres por ciento piensa que la Iglesia tiene algo importante que decir en sus vidas y en la realidad social. Es un dato “tozudo”, dicen los sociólogos, que se repite una y otra vez en estos estudios periódicos. El último estudio de la Fundación Santa María de diciembre de 2017 no es una excepción.

¿Qué les ocurre a los jóvenes con la Iglesia? O quizás la pregunta haya que plantearla a la inversa, ¿qué le ocurre a la Iglesia con los jóvenes? En cualquier caso, lo que parece claro es que hay una imagen distorsionada de la institución, tal como la percibe una mayoría de jóvenes en nuestro país, que se generaliza y se asume como verdadera. Y esto provoca rechazo. E impide leer con más positividad la presencia eclesial en la sociedad.

Puede que tengamos un problema de comunicación. Probablemente de forma y de fondo. Hay demasiado ruido que dificulta que el mensaje llegue al receptor. Pero no nos viene mal un poco de autocrítica. No podemos justificarnos con la excusa de que la realidad que percibimos en nuestros encuentros juveniles es bien diferente. Nos queda el otro noventaysiete por ciento, esos que nunca estarán en las Jornadas Mundiales de la Juventud o en la Plaza de San Pedro aclamando al Papa. Quizás nos pidan que sintonicemos mejor con ellos. Puede que nos reclamen un mensaje de novedad. Lo cierto es que –en mi opinión- los jóvenes españoles siguen buscando una palabra creíble de vida y esperanza. Francisco nos ha pedido, convocando el Sínodo 2018, que escuchemos a los jóvenes. Y es urgente hacerlo. Pero los jóvenes quieren también oír a la Iglesia un mensaje renovado y luminoso; más vital y menos acartonado; más auténtico y menos forzado; más próximo y menos estereotipado.

Los cristianos tenemos el deber de hacer resonar la buena noticia liberadora de Jesús, el Cristo, sin que se desparrame el vino nuevo por los odres cuarteados de la incoherencia, la irrelevancia o la inconsciencia. Es cuestión de fidelidad al Maestro y -al mismo tiempo- de salir con audacia al encuentro del noventaysiete por ciento restante. El próximo Sínodo deberá ayudarnos, no solo a tomar conciencia del problema, sino a encontrar caminos pastorales para renovar nuestra propuesta y actualizar nuestro anuncio.

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