Elogio de la amistad: Los Sevilla

Dn. Julián Sevilla Vallejo

Guadalajara

Amigo Don Julián:

Espero que al recibo de ésta te encuentres bien, yo bien gracias a Dios.

Me vas a perdonar que haga el gesto del brindis.

Eso significa que 90 años de vida hay que mojarlos como es debido (¿con Pago de los Capellanes?). Por ello arranco mi carta con una especie de padrenuestro, porque conviene establecer relaciones con la Providencia en tan gran momento.

Cada día me obsesiono más con una superstición, que quien no tiene sombra tampoco tiene pasado.

Quiero que queden escritas desde el principio frases entrecortadas, como: “Y nos salvaste, Señor, de la mano de todo enemigo”, o “y me mandaste una bendición para toda obra de tus manos”. Me miro las mías en la oscuridad, heridas, me las enjuago en el lavabo con agua y sal y la sal hace que me ardan las llagas.

Te conocí a través de tu hijo Nacho, cuando gozaba de la edad de 17 años. Con esa edad no existe el verbo morir, morirse. Y de su mano vino Javier, Isabel, Lourdes y Juliancho. Tú no lo digas, que la carta es personal y privada… muchos dicen que el pequeño es el mejor de los Sevilla.

Mira, con 80 años todavía “tengo energías de cólera por regalar”, pero el corazón muy ligero y la mente vigilante.

No te miento, si te digo, que me destinaron a Guadalajara, un poco por rechazo. “Debido a su excesivo trabajo intelectual –me subrayó el provincial– va usted destinado a Guadalajara. –¿Pero no le parece a usted perder el tiempo? ¿Para eso estudio cinco penitentes años en Roma? – Lo nuestro Don Francisco no es una democracia, lo nuestro es una orden”.

Me despedí de mis mejores amigos romanos y sardos (pues los tiempos vacacionales de un estudiante –tantos– los pasé ayudando en las parroquias de la Gallura, con tanta pasión que el obispo me propuso quedarme) y cada uno de nosotros nos fuimos dando la vuelta, para irnos a perder en la multitud de desconocidos que rodea todos los adioses. Y aquí me planté. Llegué cargado de toxinas, que iría expulsando con los años, para adquirir otras.

Todos los viernes, después de comer, Nacho y yo arreglábamos el mundo en El Cazador, recién venido del CEU, donde hacía el COU, o de la Facultad de Veterinaria. El mundo se remienda por un lado y por el otro se descose a marchas forzadas. Y así, y así, El Cazador se convertía para muchos en un seísmo de novedades, con Juan Pablo Román García, Julito Cámara, Toño Alonso Balaguer, los Hernando, los Martín Pedregal, los Ibañez, los Domarco, los Pouso, los Moratilla, los Mielitos, los San Jacinto.

¡Aquí hay vida, Paco!, pensé.

Fueron años de nulidad como investigador, pero nuestro punto de observación y de encuentro: primero El Cazador, después o a la vez El Doncel, Zoika 1, Zoika 2, El Puerto, Nardo´s debería figurar como efeméride en la historia de La Alcarria, de la pedagogía y de los oratorios salesianos. Porque sus vivencias también eran vivencias históricas. La Historia atenta, promoviendo las Ferias y Fiestas de Guadalajara, las procesiones de La Antigua y María Auxiliadora, los Belenes de Navidad, la gran Semana Santa, las Peñas, los Boys-scouts –tan queridos por tu Juliancho– los campamentos, los moteros. Osea.

Amigo Julián, eras un “hombre de bien”, de los que llevan la geografía y la historia en la sangre. Me di cuenta que le cogías las vueltas a cualquier tiempo que viniera, y por eso te preguntaba sobre gestión y relaciones humanas en mis largos años en Vitoria-Gasteiz y, más en general, en Álava y Guipuzkoa sobre todo; nada fáciles, braceando entre profesores, políticos, editores, curas y monjas, cineastas, masones, judíos y obispos.

Todo el mundo tiene su historia de amor. Todo el mundo. Puede haber sido un fiasco o no, puede haberse quedado en agua de borrajas o no, hasta puede ser que ni siquiera haya existido, que haya sido pura mente mental, pero no por eso es menos real. Todo el mundo la tiene. Todo. Es la única historia.

Tú tuviste la historia de Carmen Navarro García, donde su voz y su presencia se ha desplomado dentro de tus sueños, donde se implantan las canciones de juventud y madurez y los amores de cinco hijos como cinco soles, a cual mejor.

Yo, que tengo vocación de narrador, de observador compulsivo, de gaceta, de correveidile, mesurado y selectivo, de corredor de oreja, de no perder ripio, de desenterrar a los muertos, siempre abriré la boca para defender y querer a mis amigos.

¿Te acuerdas cuando casamos a Javier en nuestra capilla del último piso del “Cole” –íntima, recogida, hechizada viendo arder el amor de la juventud–, para la que pinté un Pantocrator (un Dios creador), que me rio yo de los “pantocrator” de Corfú en Sicilia o de los de la Costa Amalfitana en Nápoles? Yo no creo, Julián, en los escritores, sino en sus historias, es lo que respondo a los chicos de Salesianos de 1977 al 1984, cuando me preguntan si tengo fe en Dios.

Espero. No tengo mucho que pedirle al tiempo.

La voz de Isabel me interrumpe, suena en ambas partes de la cabeza. También la de Aurelio, su marido. Escucho sin propósito, escucho y aprendo a amar la vida que está escrita en sus caras.

¿Te acuerdas de su boda en María Auxiliadora?

Ya veo que pones gesto de complicidad. Tú estás en el más allá de todas las cosas y yo me siento como alguien que está de regreso de allí.

Trazamos una boda sentida y hasta bonita, presidida por unos mimosos dibujos sobre “corcho blanco o porexpan”, lineales y sugestivos, que sudaban fe y afecto. Representaban “las Bodas de Caná”, núcleo de las lecturas del rito y el encuentro entre “María e Isabel”, al llamarse tu hija Isabel.

La boda de Isabel y Aurelio fue como el arranque de una canción, de la que aprendes la música al vuelo y más tarde la letra. Fue la primera en Guada de un rebumbio de otras y otras tantas. Porque por suerte hay suertes que te cogen del brazo y no te abandonan hasta que te mueres.

A la boda de Nacho, en la magnífica catedral de Sigüenza, sucedió la de Lourdes, con monseñor Plá y Gandía, del que han introducido la causa de beatificación y, en fin, la de Juliancho, el pecosillo de la familia, por el eximio padre Ruano.

Amigo Julián, por mi oficio hago hablar a los hombres, les saco noticias de la cabeza y del corazón. Contigo escuchaba y aprendía. “La historia de la cultura, Paco, es de serie negra”, me decías. ¿Tienes problemas con los salesianos por escribir sobre vascos, carlistas, liberales, jesuitas, masones? Ni más ni menos –te dije– que los que tendría si escribiera sobre políticos, poetas o reyes. Además estoy dándole fuerte a uno sobre San Juan Bosco. – Pues, prepárate; ahora los primeros en criticarte serán los salesianos. – Por eso el texto lo he puesto en boca de obispos y cardenales. – Picarón, eso no te quita la crítica del silencio, del vacío. Lo importante es el matiz. Es lo que hace inclinar la balanza, el matiz. El escrúpulo. – El matiz, Julián, yo lo encontré en un profe de teología, igual te suena: Javierre. Antonio Javierre. Al principio me costó, pero lo encontré. Quizá, porque era cardenal.

Oye, en una de tantas noches vascas, allá por el Valle del Urola volvió a llenar mi escucha el gargajeo sonoro de La Alcarria en verano y de hace unos cuarenta años. Entre los pequeños huesos del oído interno se enredaron las historias que ahora te escribo de memoria.

Posiblemente los salesianos desconozcan tus desvelos por los ajustes de las tierras, de sus primitivas tierras. Fuiste secretario del ayuntamiento entre 1967 y 1975 y de la Diputación del 1975 al 1994. ¿Te acuerdas de aquella casona-isla, en medio del campo de fútbol, cuyo propietario no quería cambiarla (“Antes muerto que sencillo”), con lo que no podíamos reunificar todo el terreno?

La luz tenía su peso en aquel solar.

Había hierbajos cortos, pinchos y cardos borriqueros y unos callos de líquenes y musgos en las jorobas.

En las horas centrales del día el sol aplastaba contra el suelo incluso las sombras. La luz al alba era de aluminio, al atardecer era de cobre, en medio era de plomo.

– Cuando no hay otra cosa, entonces basta con hacer como si –decías.

Y los chicos jugaban como si no estuviera.

Hasta que no estuvo, gracias a tus desvelos.

Amigo Julián, hay honores impensables que suceden de repente.

Llegaron los chicos de Javier, Sergio, Javi y Julián. Los de Lourdes, Jorge, Pablo, Cristina, Álvaro. Los de Julián, Diego e Isabel. Los de Isabel, Carmenchuli –tu Carmenchuli– y Sara y, en fin, el de Nacho, Nacho junior.

Uno de esos honores, rectos y francos, saludables y con sentido propio, fue para mí bautizar a Sergio y Javier, a Carmenchu y Sara y a Nacho junior, aquí en Salesianos. El bautismo, ese destello de intimidad con Dios, que nos hace sus hijos. Cuanto mejores son las causas –cristianar lo es–, más escasas son las fuerzas de quienes deben servirlas.

Nuestra especie humana necesita historias para acompañar el tiempo y retenerlo un poco más. Retenerte un poco más Julián.

Así que yo recopilo historias, no las invento. Voy detrás de la vida, ¿sabes? A espigar, si se trata de un campo; a racimar, si se trata de un viñedo; a narrar por escrito, si se trata de doctrina o biografía. Las historias son un resto que ha dejado el paisaje. No son aire, sino sal, lo que queda después del sudor.

Queda con Dios, que con Él estás. Hasta siempre, Paco.

2 opiniones en “Elogio de la amistad: Los Sevilla”

  1. «Nuestra especie humana, necesita la historia para acompañar el tiempo y retenerlo un poco más». Y en esa retención volver a vivir recuerdos, experiencias, vivencias… Y a la larga esa riqueza de vida, va a seguir moldeando nuestras vidas… Y cuando se vive con honestidad y con limpieza de corazón, es un auténtico privilegio de felicidad. Y los encuentros entre amigos, siempre serán gratificante.

    1. Magnífica composición en prosa sobre las vivencias, las experiencias y la andadura personal del ayer. Texto realizado en una narrativa enaltecedora, con cultura e inteligencia y redactado con esos términos tan deleitosos, tan pensados y tan felizmente estructurados. Redacción que expresa la fortaleza de la amistad, la bondad de los sentimientos y todos los matices que dimanan de esa Guadalajara histórica, artística y sapiencial que es cuna de ciudadanos honrados, pundonorosos hidalgos y eximios intelectuales que con su laboriosidad, su ejemplaridad y su perspicuidad han logrado que esta urbe sea un modelo para el resto de España.

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