Elogio de la compasión

Los seguidores de Jesús nos sentimos interpelados y urgidos por su mirada compasiva ante las personas y la realidad sufriente en la que muchos seres humanos están instalados, bien a su pesar. Confrontados con la pregunta “¿quién es tu prójimo?”, no podemos evadir la respuesta buscando motivos para pasar de largo ante quien ha sido apaleado y abandonado en el camino.

Ante la situación de postración en la que viven muchos hombres y mujeres a nuestro alrededor la conversión del corazón pasa por cultivar una mirada “compasiva” hacia la realidad. Es necesario, ante todo, saber mirar. Estamos tan acostumbrados a vivir deprisa, a usar y tirar, a obsesionarnos con mil preocupaciones, que no tenemos tiempo, damos rodeos ante el sufrimiento ajeno, o lo que es peor, perdemos la sensibilidad para leer cuanto sucede a nuestro alrededor. El Papa lo ha llamado globalizar la indiferencia.

No somos meros espectadores. Es necesaria una mirada “compasiva” sobre la realidad y las personas que nos implica en primera línea y nos hace sanadores que vendan heridas, prestan cabalgadura o pagan posada. La “compasión” es una virtud, no solo un sentimiento (y como tal se convierte en una disposición de ánimo), que bebe en sus raíces de la convicción de la inviolable dignidad de toda persona y de la radical autoconciencia de la finitud del ser humano. Esta experiencia de dependiente creaturalidad se traduce, a la luz de la tradición cristiana, en la conciencia de ser hijos de Dios que en Jesucristo, el Verbo encarnado, ha preferido llamarnos amigos y no siervos.

La apología de la compasión es también un elogio de la misericordia, porque sus veredas nos conducen al corazón de la solidaridad, allí donde palpita el dolor del hombre por la injusticia, donde auscultamos la soledad o el miedo de nuestros hermanos, donde la memoria sangrante de todos los que han sido víctimas de la historia clama por una realidad diferente y más parecida a la que Dios soñó para todos.

La compasión-misericordia es benigna y no se impacienta, pero brama contra el egoísmo, se revela ante la oscuridad y combate la aparente ceguera buscando despertar el compromiso y no acallar la conciencia. La compasión nos hace próximos y nos ayuda a transitar por el valle de la desolación de los demás para acompañar en el camino hacia el paso de la esperanza (cf. Os 2, 17).

La compasión y la misericordia son otros nombres de la justicia y la solidaridad. Hoy como ayer, siguen siendo los nuevos (y tan antiguos) senderos por las que transitar, sin rodeos, hacia la transformación del corazón de un mundo en el que todos puedan sentarse a la mesa sin ser excluidos ni nadie se sienta condenado a comer las migajas que caen al sacudir el mantel del poderoso.

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