¡¡Emigrantes por placer!!

En estos días, parece que algunas simpatías políticas (espero que no muchas), y algunas corrientes de pensamiento, incluso dentro de la propia Iglesia, (espero que menos aún), a veces frivolizan con las vidas y los proyectos de futuro de los menores inmigrantes que llegan a nuestras costas. De hecho, seguro que algunas de las personas con las que nos relacionamos, y que a veces, incluso, están en nuestras casas y obras, se refieren a los menores inmigrantes que llegan a nuestras costas, tildándolos, de “turistas” o “aventureros”, a los que no merece la pena abrir “nuestras puertas”, menores y jóvenes “difíciles”, con “escasa adaptación”, e, incluso, “radicales y peligrosos”.

Precisamente, porque el párrafo anterior no nos suena a desconocido, quería poner en valor la apuesta decidida por el respeto a los derechos humanos y la acogida incondicional que como creyentes y salesianos estamos dando.

A menudo, la Fundación Don Bosco atiende a chicos que quizá abandonaron su casa a los 10 u 11 años. Que, en la mayoría de los casos, tardaron 2, 3 o incluso 4 años en cruzar un desierto para llegar a un puerto del norte de África. Niños que sobrevivieron durante meses, quizá años, hasta reunir el dinero suficiente para subirse a una pequeña embarcación. Dinero que, por cierto, reunieron de la única manera que un menor, solo, en un puerto extranjero tiene para obtener ingresos para comer y sobrevivir, que es el pequeño tráfico de droga, los precarios trabajillos ilegales, o directamente la prostitución. Menores que, finalmente, tras un larguísimo viaje de varios años, una noche de luna llena, consiguieron formar parte del escaso porcentaje de los supervivientes rescatados de una pequeña embarcación, en donde la mayoría perdió su vida en el intento de cruzar a Europa. Durante el camino habrán ido perdiendo familia, amigos, hermanos, sueños e inocencias.

Una vez llegados, con la enorme mochila de las experiencias vividas y de los abusos recibidos, nuestra sociedad occidental quiere que tengan la suficiente capacidad para estudiar desde el primer día e integrarse sin ninguna dificultad, la capacidad de autoconocimiento y autocontrol necesarios para poder entender su infancia y adolescencia perdidas, y la juventud que ya ha terminado porque ya son adultos, el suficiente equilibrio para aceptar las enormes pérdidas que han sufrido por el camino migratorio y, como broche de oro, que consigan y mantengan una oferta laboral a jornada completa y prácticamente indefinida. Y todo con 18 años, tras una migración de 5 o 6 años……

Muchos lo consiguen, y sus vidas son auténticos ejemplos de la heroicidad que es capaz de asumir el ser humano. Otros muchos, quedaron tan marcados por la experiencia, que su vida estará en constante lucha con el pasado.

Don Bosco mismo, fue un emigrante en busca de un futuro mejor, que no encontraba, y no hubiera encontrado en I Becchi. ¿Quizá alguno pueda pensar que el proyecto migratorio de Don Bosco fue una frivolidad de un joven que no quería trabajar en el campo, como le hubiera correspondido por su nacimiento? ¿Quizá alguien pueda pensar que hubiera sido mejor que hubiera seguido viviendo en su I Becchi natal, y no emigrar a la ciudad de Turín?

Pero Don Bosco cumplió su sueño, y ese sueño, se ha convertido, hoy día, en nuestra tierra, en un nuevo rostro del mismo Don Bosco, que sale al encuentro de los jóvenes emigrantes del siglo XXI, parecidos a los jóvenes pobres emigrantes del campo, a la ciudad de Turín, de mediados del siglo XIX.

Las fronteras, son el cementerio de muchos de nuestros chicos. Hoy en día, como en la época de Don Bosco, gran parte de los jóvenes que nos están esperando y nos necesitan, posiblemente no han nacido en nuestras ciudades ni países, ni pertenecen a nuestra cultura, o, incluso, a nuestra religión, pero, que nadie lo dude, la Casa Salesiana, es su Casa.

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