En mi Galilea

El domingo de Resurrección salí al campo, el aire y el sol invitaban al paseo, la luz de la Pascua quería abrirme paso en el camino y regalarme la alegría de la Creación. Llevaba un rato caminando cuando encontré en el sendero un pajarillo muerto. Sentí lástima, pero continué. Sin embargo, perdí por un momento la alegría que me acompañaba. Di la vuelta y lo enterré; me recordó la cruz, sin la que es imposible volver a la vida. Recobré la paz y llegué a un pequeño alto donde se puede ver mi pueblo, uno de mis sitios preferidos. Me senté en una roca a contemplar. A los pocos minutos un jilguero se posó en mi hombro. Nunca me había pasado nada parecido. Me quedé inmóvil. Escuché su canto durante unos segundos, melodioso, alegre… Y luego se fue, rozando con sus alas mi cabeza.

Quizás pueda parecer algo sin importancia pero para mí fue un regalo, la certeza de la delgada línea entre la vida y la muerte en cada jornada. De la acción de gracias por quien dio la vida sin pedir nada, por tantas personas que me rodean y me ayudan con mis pequeñas cruces. En el pajarillo muerto vi las dificultades y el dolor de este año que ha sido tan difícil, vi a personas muy queridas que ya no podré abrazar, a familiares que siguen en hospitales… y en el canto del jilguero la esperanza que rompe las tinieblas, la luz suficiente para confiar en que el amor lo puede curar todo.

De vuelta a mi Galilea particular y cotidiana pensaba en la letra de una canción que canto con mis hijos en el Jueves Santo: “y sin nada que pedir y con tanto para dar…” e impulsada por las alas de quien me habita me prometí a mí misma echar las redes y confiar. Sin miedo. VIVIR.

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