“Es lo que hay, es lo que toca…”

Después de haber estado encerrados más de tres meses por esta pandemia del Covid16, cuando pudimos encontrarnos con conocidos, familiares y amigos y compartir nuestras experiencias y contarnos nuestras cuitas, seguramente habremos dicho u oído alguna de estas frases “pero bueno, es lo que toca”, “es lo que hay”, que pueden reflejar la aceptación de una realidad que no pudimos controlar y que vivimos con naturalidad o con amargura.

La vida es una continua interacción entre nuestros deseos e ilusiones y la realidad que los cobija y potencia o los recorta y frustra. En cómo vivimos esta interrelación está una de las claves de la satisfacción y la felicidad de nuestro acontecer diario y vital. Cuando vivimos continuamente en lo que “debería ser” y no en lo que es, en lo que hay, nos amargamos la vida y, generalmente, se la amargamos a los que nos rodean. Querer adaptar la realidad a nuestro modo de ver y hacer las cosas, es inútil, la mayor parte de las veces. Eso no quiere decir que no intentemos y luchemos por cambiar una realidad que nos disgusta o nos hace daño.

Tampoco vale, ni nos beneficia, anclarnos en el pasado: “cualquier tiempo pasado fue mejor”, o “yo antes siempre…”, “yo antes nunca…”. Hay que poner el foco en el aquí y ahora. No valen lamentos estériles, ni lamerse las heridas. Muchas veces esta actitud solo va buscando la compasión de los demás de forma egoísta, que los demás nos hagan caso, que hagan por nosotros lo que tendríamos que hacer nosotros, “pobrecito de mí”, unas víctimas auténticas y sin sentido. No insistir en el pasado. Vivir el presente.

Tampoco sirve para vivir bien el presente culpar a los demás de nuestros problemas y desgracias. Seguramente en algún momento de nuestra vida alguna persona o personas nos han hecho daño: un jefe o compañero de trabajo, un amigo, un hermano o familiar, un marido o una esposa… Todas esas situaciones duelen, nos hacen daño y nos hieren profundamente. Sin embargo no deben condicionar una vida al cien por cien. Hemos de buscar la puerta de salida de esas situaciones. Hacer el duelo por esa pérdida de un amigo, familiar, hijos, marido, mujer… y abrirnos a la nueva realidad que se nos presenta. Activar el sentido de la vida y la responsabilidad para salir adelante y vivir felizmente la realidad en la que nos encontramos.

Quizá podamos rezar aquella oración, también conocida como oración de la Serenidad, que dice así: Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, valor para cambiar lo que soy capaz de cambiar y sabiduría para entender la diferencia.

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