Gigante José Luis Carreño: Un auténtico en la Real Academia de la Historia

Él inventaba preguntas.

            Él inventaba respuestas, docenas de respuestas a sus preguntas, con esa voz suave, que venía siempre cargada de historias y sus palabras se alargaban India arriba India abajo, Filipinas arriba Filipinas abajo, Bilbao arriba Bilbao abajo, como si temiera dejar de hablar, porque pensara que si dejaba de hacerlo, nosotros perderíamos interés en el asunto de su mensaje y entonces nunca llegaríamos a formularle esa pregunta tan deseada: ¿Tú, Carreño? ¿Tú encontraste a Jesucristo?

            Para merecer a Jesucristo, afirmaba mi madre Nieves, el cristiano debe primero respetarlo. Aunque jamás llegue a verlo. Aunque sea toda la vida un sueño inalcanzando, como casi siempre acaba por pasar.

            Para merecer a Jesucristo, concluía mi abuela “Mamá Nona”, el cristiano debe primero respetar al prójimo. Aunque jamás lo llegues a comprender. Aunque sea toda la vida una quimera, una disculpa “superior”, como casi siempre acaba por pasar.

            Jesucristo.

            “¿Y tú, Carreño, lo has encontrado?”, soñaba yo con preguntarle alguna vez. Pero me parecía un asunto muy serio y muy íntimo, y podía ser que su Jesucristo, caso de haberlo encontrado, fuera secreto y no pudiera ser compartido. O tal vez, yo pensaba, no quisiera él hacerlo y se viera entonces guillotinada mi expansión comunicativa.

            Fue quizá en 1967 cuando nos predicó Ejercicios Espirituales en Salamanca, como preparación al diaconado. Daba vueltas y más vueltas alrededor de Jesucristo “la Palabra hecha carne” (Jn 1,14). “¿Puede el hombre merecerlo? ¿Y un pecador? ¿Y un caradura? ¿Y un farsante? ¿Puede ser compartido por millones de hombres, aunque fuera a lo largo de los siglos? ¿Da felicidad su hallazgo? ¿Y si tu Jesucristo te hunde en un maremoto de persecución, tergiversación, muerte, ¿qué es de ti?”.

            “Don José Luis” interrogaba al auditorio, nos interrogaba, como el alquimista al arcano de la transmutación de los metales. Sabía elegir destello, coloraciones representativas, sombras irrepetibles, y elaboraba con esos indicios tan elementales un concepto propio de la realidad. No, no, no, concepto no; un cuadro, un relato, una historia de la realidad.

            Imposible imitarlo. Imposible abarcarlo. Imposible comprenderlo.

-He aquí un verdadero discípulo de Jesucristo– decía él, con notable énfasis, que le dijo en cierta ocasión un brahmán de la India.

            Amigo Javier, todo seguimiento, supone una equivalencia. Es decir, más que copiar un método, el discípulo, real y verdadero, tiende a reinventarlo, a rehacerlo según unas capacidades propias, que van más allá de la mera sabiduría técnica. Ni mejor ni peor que los demás, el propio. Y por ahí se llega al discipulado en el que lo real y lo imaginario tienden a confundirse. “Soy más discípulo de Jesús que discípulo de Don Bosco”, podía decir Don Carreño en alguna ocasión en lo sorprendente que puede llegar a ser cada realidad en la diversificación del lenguaje de cada uno.

            Destello, coloración y sombra propios. Que la vida, propia e intransferible, nunca se vive por delegación. Que por algo es única y propia.

            En septiembre de 1997 me destinan al Instituto Histórico Salesiano de Roma. Me doy cuenta en una mañana de la importancia de tener la “cartella” de Carreño delante, encima de mi mesa de trabajo. Por fin espero sobrepasar la frágil línea roja de lo casual y lo causal. La abro con ansiedad reprimida de años.

            Estoy en el lugar de los documentos que demuestran y aclaran su biografía, pienso yo. Pero los escasos expedientes y cartas me alarman. No son simple aviso caligráfico, sino una realidad que me presiona brutalmente. Y de entrada una advertencia o una conclusión, que dice algo más o menos así (cito de memoria, después de tantos años): “Al indicarle a Don Carreño si tenía papeles útiles sobre su vida no respondió…”. De donde se sigue que el mismo ponía bombas sobre su trayecto en un arrebato expresivo, sin duda aleccionador. “Videant iudices!”.

            Para animar más el cotarro, “Don Cei”, posiblemente el mejor archivero que he conocido en el Archivo Salesiano Central, con artesanía histórica me señala: “ – “Habitualmente, Lei lo sa, las fuentes son escasas, concisas, oscuras… fuerce, fuerce, caro Don Franches, una suave presión sobre los hechos. – Pero qué hechos, sin documentos. – Los mismos que le han traído hasta aquí y una suave presión, Don Franchesco”.

            Los violentos abandonan los hechos en el lugar de los hechos. Así lo vemos en multitud de reportajes de Hong-Kong, por ejemplo, de Sri Lanka, Myanmar, Bangladesh, Francia, España, Egipto… Vale, ya, bueno.

            Miro y remiro, al menos, como punto de partida, los cuatro papeles, las cuatro cartas, los cuatro expedientes. Siempre, siempre, amigo Javier, hay un papel que delata, una simple frase, una sola palabra, un borrón, un retoque… Los hechos, sus hechos, los de Don Carreño, desde aquí, hacen inverosímil el relato. Es un hábito ya de la barbarie moderna el desentenderse de los hechos. Y así los hechos andan sueltos, como locos desquiciados, huérfanos, atolondrados, como emanaciones de nadas, o de la nada… Vuelvo a recorrer toda la “cartella”. Escudriño, releo, pienso, ato cabos, fechas, comparo con las noticias de sus libros. A la hora de dar aviso el violento no se anda con rodeos ¡zas! Una pedrada, un disparo, un arcabuzazo; o un “palabro”, una mofa, un salivazo, un mote.

            Pues bien, Carreño, en medio de una carta privada solicita complicidad para un proyecto, ya en marcha, siempre en beneficio de los demás, a pie de calle, a pie de obra, con una singular potencia creadora, casi de visionario y taumaturgo. El lector decisivo escribe y concluye: “Un altro sonetto di Don Carreño”. “Archivese”. Menos mal que no escribió: Quémese. Rómpase. He ahí la frágil línea roja de lo casual y lo causal.

            Es ya un lugar común evocar a José Luis Carreño en el lugar común en que suele vivir su obra misionera: unas calles, unos colegios, unas iglesias, unos trenes, unas estaciones, unos puertos, unas ventanas desde las que se contempla el espectáculo magnifico de lo cotidiano en Madrás, Goa, Manila. Él siempre interroga. Él siempre da respuestas en el telar de la vida y en las singladuras de la muerte, acompañado de su acordeón.

            Da la impresión, amigo Javier, de que Carreño Etxeandía ha logrado el máximo prodigio que puede generar el discípulo de Jesús en tanto que representación hasta gráfica de la realidad: enaltecer al hombre –cristiano, budista, musulmán, hindú–, dotarle de una recóndita propensión a ir más allá de lo que su condición determina. O sea.

            Tus “sonetos”, amigo Carreño, invocados por alguno con resentimiento ¡bah!, andan por ahí, vagando, ya globalizados, en las andas del afecto y reconocimiento, de más de 3000 salesianos en la India, 1000 en Filipinas, cientos de colegios, parroquias talleres, dispensarios, orfanatos, escuelas profesionales y agrícolas, a la búsqueda de un relato justo y agradecido, ejerciendo esa “suave presión sobre los hechos”, en el cauce del sistema preventivo de Don Bosco, campeón, que serás siempre un campeón “porque supiste regar el palo seco”.

            Tus “sonetos”, amigo Carreño, traídos por alguno con envidia ¡bah! No te olvides que los envidiosos y los tontos vienen del mismo sitio (Santa Teresa), dicen hacia fuera lo que sustancialmente dicen hacia dentro: Jesucristo es el alfa y omega de tu vida, el principio y fin de cada hombre, el alba y el ocaso de toda civilización. Tu historia tan real ha acabado siendo prodigiosa. Tus hechos acosados por los vacilantes imperativos de la perfección, algo tan ajeno a lo humano, se instalaron en ese redondo y rotundo lenguaje del gran Don Viganó a una realidad excesiva: una especie de “cultura viral” y real donde la técnica convencional quedaba integrada en la técnica de la audacia.

            Y ahora, amigo Javier, te traigo la biografía terminada y académicamente correcta para el Diccionario Biográfico Español que ofrecí en su momento, pese al plantón que en tres ocasiones me dio en la Clínica de San José de Pamplona en 1985, de las Franciscanas del Buen Consejo, donde acudí para grabarle, acompañado de Ricardo Arias. Yo, en su lugar, hubiera hecho lo mismo.

Carreño EchEandía, José Luis. Bilbao (Vizcaya), 23.X.1905 – Pamplona (Navarra), 29.V.1986. Mi­sionero salesiano (SDB), vicario general y provincial de la diócesis de Madrás, fundador de seminarios sa­lesianos en India y Filipinas, escritor, músico.

Nacido en Bilbao el 23 de octubre de 1905, hizo su primera profesión en la congregación de los salesianos de San Juan Bosco el 25 de julio de 1922, en Sale­sianos-Carabanchel Alto, y su profesión perpetua en Salesianos-Sarriá el 11 de diciembre de 1928. Se or­denó sacerdote en Gerona el 21 de mayo de 1932, de manos de monseñor Vila Martínez, tomando como lema, que posteriormente fue el eje imantador de toda su vida, la frase de San Pablo “Omnia Christus” (“Cristo en todo”) (col. 3, 11).
Bendecido por la naturaleza con dotes de simpatía, bondad y saber fuera de lo común, contra todo pro­nóstico, le iba a ganar a la vida todos sus retos. Fina­lizados sus estudios de inglés en Salesianos-Cowley, en las afueras de Oxford, marchó como misionero a la India en el Año Santo de la Redención (1933); allí rompió todas las tablas, saliéndose de ellas y yendo muchos puestos por delante de la sola provincia reli­giosa con la que los salesianos contaban en el Asam, con sede en Shillong.
Sacerdote joven de veintiocho años no cumplidos, Carreño iba destinado al noviciado de Tirapathur, donde enseguida fue nombrado maestro de novicios. Desde el principio fue dando síntomas de magnani­midad y de inculturación, más que de observancias y reglamentos, siendo un mercenario de la humanidad con idéntica capacidad para “indianizar” la congre­gación salesiana como la Iglesia católica. Dominada la India por los ingleses, la sombra de la Segunda guerra mundial se extendió desde 1939, y fueron internan­dos en campos de concentración los misioneros ex­tranjeros. De los cuatrocientos evangelizadores cató­licos recluidos, ciento veinte eran salesianos. Carreño apostó por lanzarse y “regó el palo seco” —como él decía— por la región del Kérala, de magníficas fami­lias católicas, y para 1965 contaba con dos docenas de seminarios salesianos en toda la India, con más de mil seminaristas.
El trabajo de Carreño Echeandía como salesiano, así como de vicario general de la diócesis de Madrás, avanzó sin prisa pero sin pausas. Primero fundó un noviciado salesiano en Kotagiri (1946), después un seminario diocesano en Poonamallee (1947), un orfa­nato y escuela profesional para los jóvenes obreros de Goa (1947) y después otra obra idéntica en la misma Goa (1948). En Carreño siempre hubo algo más inquietante: acertaba el futuro. Por eso, enseguida abrió en Madrás una escuela profesional (1950), en Uriurkuppan una escuela agrícola (1950) y otros cen­tros de enseñanza secundaria en Negercoil (1947), Bombay (1948), Yercand y Sagay Thottam (1950), haciendo realidad aquello de que el destino no está en mano de los césares, sino de nosotros mismos. El pro­feta sucedía al misionero y heredaba el monopolio de las limosnas que muchos españoles le enviaban para Misiones Salesianas de Madrás (MISALMA) en las cuentas corrientes del Banco de Bilbao o del Banco de Santander, entre otros.
Después de casi treinta años (1933-1962) de servi­cio y fundaciones en la India, entre Madrás y Goa, Carreño pasó a Filipinas. Los salesianos habían lle­gado allí en 1951, al ser expulsados de China por Mao-Tse-Tung, y abrieron dos pequeños centros en Tarlac y Victorias que dependían de la provincia sa­lesiana de Hong Kong. Tan sólo en 1963 lograrán formar una provincia con sede provincial en Makati-Manila noviciado propio en Canlubang, siendo Ca­rreño su primer padre maestro y director. Hoy son cerca de mil salesianos distribuidos en dos provincias: la citada Makati-Manila, que abraza las Filipinas del norte y Papúa Nueva Guinea, y la de Cebú-Talam­ban, que comprende las Filipinas del Sur.
Desde el principio, los jóvenes salesianos filipi­nos iban a estudiar a la isla de Cheng Chan (Chao Chow-Taiwan), en China. Carreño vivía bajo el re­lámpago de esta servidumbre como propia y no paró hasta consolidar el primer seminario salesiano filipino en Canlubang. Después se abrieron el de East Bo­roko, en Papúa Nueva Guinea, Parañaque, Quezón, Cebú, Dumangas, Talisay-Lawa-An, donde varias generaciones de filipinos han seguido agradeciendo a la conmoción y el confortable futuro que Carreño desde 1962 hasta 1967 supo crear, enfrentándose en sufriente soledad al chichisbeo de tirios y la tergiver­sación de troyanos. Nunca ningún misionero sale­siano ha tenido tantos discípulos (mayoritariamente audaces) intentando plagiar un estilo y una experien­cia intransferibles. Carreño no sólo convencía y emo­cionaba, también hipnotizaba y hasta enamoraba de Jesucristo a cualquier tipo de público.
Tuvo que ser muy duro sobrevivir a las suspica­cias de algunos curiales de Turín, cuando acudía para consolidar un permiso o una apuesta y se decía: “¡Otro soneto de Carreño!”. Y “sonetos” fueron sus más de veinte libros, sus cinco estudios sobre la Sá­bana Santa, la fundación del Hogar del Misionero en Alzuza (Navarra), sus cientos de composiciones mu­sicales, la construcción de media docena de iglesias, sus cientos de mediaciones entre políticos de distinto signo, encarnando el anverso y el reverso de un pa­triarcal, sabio y paciente anciano que forjó una le­yenda perdurable desde el día que dijo la primera misa en el santuario de María Auxiliadora de Gerona, lo mismo en Inglaterra que en la India; en Estados Unidos que en España. Moría en Pamplona el 29 de mayo de 1986.
Obras de ~: Urdimbre en el telar, Madrid, Vofisa, 1965; Sal­mos al viento, Madrid, Vofisa, 1967; Cien cromos, Madrid, Vo­fisa, 1968; Prisma blanco (I, II y III), Madrid, Centro Nacional Salesiano de Pastoral Juvenil, 1968; Perlas modernas, Madrid, Centro Nacional Salesiano de Pastoral Juvenil, 1969; Perlas antiguas, Madrid, Centro Nacional Salesiano de Pastoral Ju­venil, 1969; Singladuras indias, Madrid, CCS, 1974; El último reportero, Alzuza (Navarra), Hogar del Misionero, 1975; Las huellas de la Resurrección, Alzuza, Hogar del Misionero, 1978; Pistas en el valle, Alzuza, Madrid, Gráficas España, 1985.
Bibl.: A. Altarejos, “Inculturación: reflexión misionológica y doctrina conciliar”, en La misionología, hoy, Pamplona, Gua­dalupe, 1988, págs. 334-357; J. A. Rico y Rico, Don José Luis Carreño Etxeandía, obrero de Dios, Carta edificante, Pamplona, Fundación Aróstegui, 24 de agosto de 1986.
 Francisco Rodríguez de Coro, SDB

3 opiniones en “Gigante José Luis Carreño: Un auténtico en la Real Academia de la Historia”

  1. Uno de los salesianos que más bien me ha hecho por su trayectoria pastoral y por el ejemplo comunitario en mis años jóvenes en la calle Alcalá, de Madrid. Podría contar más de una anécdota, auténticas florecillas de santidad, mitad salesianas, mitad franciscanas, que me hicieron crecer como persona y como auténtico cristiano. La experiencia vivida con él me marcó para toda la vida.

  2. Yo lo conocí de referencia en 1947 porque pasó por Valencia y se llevó al seminario salesiano a Jaime Vives, amigo de mi hermano mayor. Cuando en 1965 fui ordenado sacerdote en Barcelona vino a mi primera misa en el Tibidabo ese Jaime Vives, ya sacerdote, misionero salesiano en la India con Monseñor Carreño, que volvió a España muy enfermo. En Martí Codolar lo tratamos personalmente con la misma admiración que siempre inspiró a todos los que lo conocimos. Todos sabíamos cantar desde niños aquellas caanciones que él se inventaba poniendo letra a melodías populares, muchas de ells italianas, como aquella de «Ha vendio de Madrás, ocirí, ocairá»…o aquella otra de «Tener un hijo misioner fue siempre, madre, tu ilusión»…Cuando yo era alumno en Valencia en 1955-56 pasó promocionando un librito que nos presentó nuestro director y amigo D. Faustino Díaz, el confidente entonces del Arzobispo de Valencia, D. Marcelino Olaechea y Loizaga. D. José Luis tenÍA UN CORAZÓN INMENSO, COMO LAS ARENAS DEL MAR, como aquel otro genio que también conocimos y tratamos en Martí-Codolar, D. Rodolfo Fierro Torres, D. Antonio Javierre, Monseñor Nevares, argentino, padre conciliar que pasó por allí en 1963, creo.

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