Greta y nosotros

Su nombre de pila es Greta Tintin Eleonora Ernman Thunberg, pero todos la conocemos por Greta. Ella es, con seguridad, la activista medioambiental más conocida en el mundo. A sus 11 años comenzó una batalla sin cuartel por la ecología y la sostenibilidad en el planeta, que le llevaría a ser una de las protagonistas de la cumbre del clima en Glasgow.

Al ver a Greta respondiendo a las preguntas del periodista Fernando González, Gonzo, en el programa Salvados, de la Sexta, me llamó la atención su aplomo, su madurez y su seguridad con solo 18 años. Mientras millones de sus coetáneos balbucearían cuatro vaguedades sobre el cambio climático o el calentamiento global y no aguantarían dos minutos frente al entrevistador y las cámaras, ella, como pez en el agua, desgranaba en un perfecto inglés, su visión de la emergencia climática y la inacción de los gobiernos para atajarla.

Primera lección, al menos para mí: no todos los adolescentes y jóvenes son infantiles, superficiales, caprichosos o desentendidos del discurso público, bajo el lema: “yo vivo al día; esto no va conmigo”. No todos, ni mucho menos; aunque solo muy pocos adquieran notoriedad. Conocemos a jóvenes implicados y con liderazgo positivo en sus aulas, en la educación en el tiempo libre y hasta el diseño y presentación de proyectos de desarrollo tecnológico sostenible: los premios Don Bosco, que se conceden cada año en Salesianos Zaragoza, son una buena prueba de ello.

Segunda lección: el discurso de Greta y su papel como catalizadora de la sensibilidad ecológica entre los jóvenes está sirviendo para que muchos de ellos crezcan en sensibilidad ecológica y ambiental y, en consecuencia, aumenten las acciones individuales y colectivas en pro del desarrollo sostenible. Hay una frase memorable de la joven activista: “Nadie es demasiado pequeño para marcar la diferencia”, es decir: las pequeñas acciones cuentan, tanto las personales, como la suma de ellas. Así, por ejemplo, está en marcha una interesante “pequeña iniciativa” de los jesuitas para sus comunidades: se trata de los “martes verdes”: dedicados a fomentar conductas ecológicas al interno de las comunidades; y cada martes, sus miembros lucen algún tipo de prenda de color verde para significar que apoya la propuesta y está en esa dinámica.

Tercera lección: la acción política de Greta pone el foco en una realidad que el papa Francisco ha subrayado en su encíclica “Laudato Sí”: “No basta que cada uno sea mejor para resolver una situación tan compleja como la que el mundo actual debe afrontar”. Y remacha: “A problemas sociales se responde con redes comunitarias, no con la mera suma de bienes individuales. Las exigencias de esta tarea van a ser tan enormes (…) que requerirán una reunión de fuerzas y una unidad de realización”. En esta línea podemos encuadrar las acciones de la joven activista sueca cuando exige a políticos y dirigentes de las grandes multinacionales que se dejen de “bla, bla, bla” (literal) y pasen a la acción con medidas concretas y verificables.

La cumbre de Glasgow llega a su fin. Las conclusiones que ha alumbrado no han convencido a Greta ni a la mayoría de los científicos y observadores por sus pasos tímidos y poco resolutivos, siempre a expensas de las decisiones de los países más contaminantes y poderosos del planeta como China, Estados Unidos, Rusia, India o Brasil. Algunas de estas naciones se han borrado de esta magna asamblea convocada por las Naciones Unidas. El reloj de arena se desangra implacable y cada día que pasa es más difícil llegar a fin de siglo sin emisiones netas de carbono o sin traspasar la fatídica barrera del grado y medio de calentamiento global por encima de los niveles preindustriales. En este sentido, el pesimismo de Greta parece bien fundamentado, por desgracia.

¿Y nosotros? En un reciente mensaje del papa Francisco con motivo de la cumbre de Glasgow, afirmaba: “Cada uno podemos tener un papel”. Además de apoyar opciones políticas que sean favorecedoras del cambio ambiental, cuentan mucho las pequeñas acciones en favor del cuidado de la casa común. En este sentido, se trata de pensar globalmente en términos ecológicos y actuar ya en lo local, comenzando incluso por uno mismo.

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