“¡Hay que asesinar al obispo de Madrid!”

– Es que el nuevo obispo está a punto de acertar, dijo.

-¿De verdad?

– Creo, creo que sí.

-¿Cómo lo sabes?

-No lo sé. Lo siento. Este obispo cree.

-Sentir es demasiado poco, querida.

-Pero a veces lo es todo, señor cura.

El pater se quedó mirándola. Había ocasiones en que no podía abstenerse de quedarse fascinado. Por eso, viéndola firme en sus juicios, le pareció por un instante que podría ser una buena idea decírselo todo: advertirle de que el obispo no respondía ya a sus cartas (24 cartas nada menos) y confesarle que no tenía la menor idea de cómo resolver este asunto, su asunto, bueno…

18 de abril de 1886. Domingo de Ramos.

El “todo Madrid” se da cita en la catedral de San Isidro, o en la calle Toledo, o en la calle Colegiata o en Puerta Cerrada, o en San Justo. Todo era auténtico. Y todo estaba lleno de seres que eran verdad. Por fin los madrileños van a celebrar su “Misa de Ramos” con obispo propio. Se da una sensación confortable de madriguera propia.

-Monseñor, entre 10 y media y 11 menos cuarto hay que entrar en la catedral.

-No hay problema. Vivimos tan cerca, Alejo.

-El ayuntamiento ha enviado un coche de caballos.

El sol de primavera parpadea en los cristales del palacio de San Justo. Grupos de fieles lanzan vivas y vítores al nuevo obispo. Repican las campanas de las cien iglesias y hasta las mil campanetas de los conventos. Los quioscos respiran libertad. Los balcones se engalanan de reposteros.

Don Narciso Martínez Izquierdo, primer obispo de Madrid (1830-1886) se encuentra ya en el arranque de la escalinata de San Isidro. Suena la marcha real. Ya no había ni comentarios en Calle Colegiata. Ni mucho menos por la calle Toledo. Dentro de la catedral, en los bancos del evangelio presiden los miembros del partido fusionista, liderados por Práxedes Mateo Sagasta; en los de la epístola todos los de la oposición de Cánovas del Castillo, menos dos, Lastres y Silvela.

Don Narciso inicia la subida de la escalera. Uno, dos, tres escalones. Son las 11 menos cuarto. Sólo algunos murmullos que él disuelve con un benévolo aviso de ojos. A esa hora, esa misma hora, Francisco Lastres y Manuel Silvela, diputados por el partido conservador, dos días antes, 16 de abril de 1886, departen con San Juan Bosco en Sarriá-Barcelona, el tema de la venida de los salesianos a Madrid.

-Por fin, mi querido Don Bosco.

-He aquí, Rua, unos caballeros españoles.

-La Fundación Santa Rita está a vuestra disposición.

-Un momento, Sr. Lastres.

-Así, abriremos en Madrid el mejor correccional de España.

-Un momento, Sr. Silvela, ¿ha dicho Vd. correccional?

-El mejor de España.

-No, no, no. ¿Correccional? Las murallas de mis establecimientos son las calles.

Y Don Bosco no aceptó. Ya llegaría el momento.

Don Narciso alcanza el cuarto escalón. Suena como un gigantesco carillón que se desprende del campanario. Pero no, no, han sido tres disparos a quemarropa sobre el obispo, que trastabilla, que cae en medio de la turba sobre el pavimento de granito. “Hijo mío, te perdono”. Al griterío rebelde sucede un oportuno silencio. Pero él, Cayetano Galeote Cotilla, como rueda dentada que se acopla con otra más grande, Don Narciso, está enardecido por el engranaje de su propio atentado.

-“¡Al fin, me he vengado! ¡Al final me he vengado!”.

-“¡Hay que asesinar al obispo de Madrid!”.

Don Narciso hace visera con la mano y mira hacia él desde el suelo.

El sacerdote Galeote sostiene la mirada de su víctima y quiere dominarle con ella, para eso debe apretar los dientes y lo hace. La turba se abalanza sobre él y pretende lincharlo. Entre la multitud una mujer, Tránsito Durda, bracea lentamente como en un código de banderas que se agita más al ser reconocido.

Llega la guardia civil. Acuden médicos y enfermeras.

A Don Narciso le falta el aire. Suda a chorros. Sangra por los cuatro costados.

A Galeote se le ve en el fondo de los ojos las llamaradas de un horno. Tránsito Durda se lo había dicho días antes: “No lo sé. Lo siento. Este obispo cree”.

La resentida pena invadió a todos los madrileños el primer Domingo de Ramos con obispo propio, antes de perderse por el embudo de luto de toda su Primera Semana Santa.

Don Narciso Martínez Izquierdo, primer obispo de Madrid-Alcalá (1830-1886) fallecía al día siguiente 19 de abril de 1886. Los madrileños flanquearon su tumba en San Isidro. Estirados, sí, muy tiesos, con sus cuellos de grulla al acecho, como si asistiesen a una ofensa, que dura hasta hoy.

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