“¡Hay que correr por las calles-lobas de París!”

Y por las de Marsella, Niza o Toulon, y por las de Londres, Barcelona o Madrid, y por las de Roma, Milán o Turín. Ahora y entonces.
– Pronto, pronto, Don Bosco, venga conmigo. Tenemos que hacer una obra buena.
– ¿Pero, chico, adónde me llevas?
– Vamos hacia el casco viejo, detrás de Porta Palazzo y eso. Yo le indicaré por allí…
Domingo Savio le pone en marcha sin contestar, apenas.
Don Bosco ya lo sabe de otras veces, y él también.
– Aquí es donde tiene usted que entrar –le dice y se marcha.
Se abre la puerta.
– ¡Oh, pronto, señor abate! Mi marido se encuentra en trance de muerte y pide, por caridad, morir como buen católico.

Don Bosco se dirige al lecho del enfermo y le reconcilia con Dios.
Días más tarde le pregunta a Savio cómo ha sabido que en aquella casa y en aquel barrio había un enfermo. Domingo calla y pasa página.

Como en catarata de espejos vive Savio, como en el pasar de un río de plata, el transcurrir de los días, por el Oratorio de Valdocco, a través de sus estudios, oraciones, juegos, reuniones, sociedad de la alegría, llamada de la Inmaculada. Es 1854.

En el despacho de Don Bosco destaca un cartel con cinco palabras en latín: ‘Da mihi animas, coetera tolle’, que el sacerdote le ayuda a traducir: “Dadme almas, llevaos lo demás”.

Savio hace almoneda del tiempo y de su tiempo y trata de detenerlo, a esa altura del mismo, con un farallón de amigos –Rua, Cagliero, Francesia, Bonetti, Cerruti- libros, apuntes, devocionarios y “cosas de toda la vida”. Trata ya de sobornar al tiempo mediante su fidelidad a él y sus apuestas.

Pero al arrimo de Don Bosco da un paso más y opta ya por vivir en la pura velocidad de las cosas, en la fugacidad de los objetos y las vidas que arrastran como cometas.
– Es necesario que yo corra, Don Bosco; de lo contrario me va a pillar la noche.
Domingo Savio es de Mondonio, nacido el 2 de abril de 1842. Vive hasta las trancas su compromiso con Dios y con los demás. Conserva el cuerpo joven y una frescura que apela más a otra vida, pues la tisis la va volviendo inevitablemente dudosa. Domingo es una sucesión de relaciones, idiomas, amores y sabidurías de su raza. “Tienes muchachos estupendos en el Oratorio”, le dice Mamá Margarita a Don Bosco, “pero ninguno como Savio”. El chico ha entendido el amor como otra almoneda. “Ya entiendo; aquí se trata de salvar almas para el Señor. Haga de mí un buen traje para Él”.

Domingo Savio, ese cuchillo adolescente y sutil de fe contagiosa en el filo del siglo de las revoluciones. Domingo Savio esa pieza única numerada, santo ya a los catorce años. Nuestro mejor homenaje será la tranquila reflexión entre tantos ruidos del momento. Falleció el 9 de marzo de 1857 y fue canonizado por Pío XII en 1954.

Amigo Javier, acabo de tomar un trago para mojar la prosodia. Y me acabo de dar cuenta de que soy capaz de recordar los días de la canonización en Salesianos-Atocha. Se trata de una hendidura de luz que viene de mis entrañas. Lo de menos son los actos litúrgicos que presididos por el Patriarca Eijo y Garay tuvieron lugar en la Plaza de la Armería del Palacio Real. Lo de más, lo de muchísimo más, fue/es la velocidad con que Don Higinio Arce corría por las calles-lobas del Madrid de posguerra.
– Es necesario que yo corra, Don Rufino; de lo contrario no llegamos.
– Pero, chico, dónde me llevas.
– Vamos a Osram, necesitan una docena de aprendices… y a Telefónica, allí tenemos muy buenos amigos. También… a Renfe…

Yo no me reprocho haber entrado en sus secretos. Nos ha confiado muchos nombres, trozos de su herencia que ahí sigue intacta. Y los salesianos de posguerra en Madrid, Baracaldo, Valencia, Barcelona o Sevilla se inventaron una “Carrera de Comercio” (de los 12 a los 16 años) para encontrarles colocación a todos los chicos de nuestros colegios (“Pan, trabajo y paraíso” Don Bosco). Esa fue nuestra época, una época sencilla, paupérrima e irrepetible. Y a veces me doy cuenta de que la época tenía dedos que aún siguen marcando las paredes de estos barrios de La Latina, Viaducto, Las Vistillas.

Y así y así una semana y otra y un mes y otro.
Al llegar aquí me percato de la suerte de ser para mí Domingo Savio y el magnífico “Don Higinio” un punto de unión con mi infancia. Mi aliento hoy se carga de una dureza que contiene bendiciones a la vida y maldiciones contra el mal que comporta esa vida.
– Es necesario que yo corra, Javier; de lo contrario me va a pillar la noche.
Y yo corría y corría por las calles de Vitoria y de Donostia y de Madrid aquel 31 de julio de 2006. Estaba atento a mil cosas y me pillo “la noche” en la calle Alfonso XII. Me sentí morir, eso era morir. Tres infartos múltiples.
– Francisco… hay que operar ya. No hay otra salida. A vida o muerte. Irá todo bien.

Mi aliento se cargó de repente de una calma y también de un impulso de dar un puñetazo en la mesa. Y lo di. Seguimos corriendo por las calles-lobas de Madrid. Por su parte el ánimo suburbano de “Don Higinio” que era capaz de convertir cualquier día en un espectáculo sólo por verle correr, tiene abierta una agencia de colocaciones para los chicos de Atocha en el cielo.

Domingo Savio ese cuchillo adolescente y fecundo corriendo por las calles-lobas de Turín. Don Higinio Arce ese cuchillo joven y fecundo corriendo por las calles-lobas de Madrid… para que no les pille la noche.

4 opiniones en ““¡Hay que correr por las calles-lobas de París!””

  1. «(…) Una agencia de colocaciones para los chicos de Atocha en el cielo». Cuántas instituciones – educativas o no- olvidan hoy por completo ese fin (material y espiritual) de principal importancia? Donde están los Don Higinio actuales?

  2. Me llamo José López Yepes. Ho fui en una época presidente del Circulo Domingo Savio en el Colegio de Atocha y luego pasé a la Asociación de Antiguos Alumnos. Recuerdo con mucho cariño a D. Higinio Arce y agradezco su mención que me ha permitido escribir este modesto comentario.

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