Inabarcable José Luis Carreño: “Un atleta de Dios” en la Real Academia de la Historia

Los violentos, amigo Javier, abandonan los hechos en el lugar de los hechos.

            Estoy en el Archivo Salesiano Central, en la sala de investigadores.

            Miro y remiro, al menos como punto de partida, los cuatro papeles, las cuatro cartas, los cuatro expedientes de “Carreño Etxeandía”. Nada importante. Lo oficial simplemente. Escudriño de nuevo los papeles. ¿Cómo es posible que tan innovadora lucidez no encuentre aquí su eco? Querido Javier, algún día te diré el porqué. Creo que los salesianos indios ya van dando respuestas en alguno de sus libros. Mi amigo el historiador salesiano, ya fallecido, Thekedatu ha escrito algo.

            Siempre, siempre, hay un papel que delata, por casualidad; una simple frase, una sola palabra, un borrón, una tachadura, un retoque… Los hechos, sus hechos, me hacen inverosímil el relato. Es un hábito de la barbarie, también moderna, el desentenderse de los hechos. Y así los hechos andan como locos, desquiciados, huérfanos, atolondrados, como emanaciones de nadas, o de la nada… Vuelvo a recorrer toda la “cartella” de Don Carreño despacio, por la noche, yo solo en el Archivo. Ni está Don Cei, ni Don Castellanos, los archiveros. Yo tengo llave del archivo por pertenecer al Instituto Histórico. “Despacio, Paco, hoja por hoja, palabra por palabra”. A la hora de dar aviso el violento no se anda con rodeos, ¡zas! ¡pum! Una pedrada, un arcabuzazo, un disparo”.

            Helo aquí:

            Carreño, Monseñor Carreño, solicita un permiso para consolidar un proyecto y en la misma carta el receptor escribe de puño y letra: “Un altro sonetto di Don Carreño”. Archivese. He ahí la frágil línea roja de los casual y lo causal. El soneto de Don Carreño me situó ante un foco de sugerencias que, quizá por contraste con otras lecturas más afines, pasaron del disparo emocional a la seducción por vía histórica.

            Me moriré, amigo Carreño, sin terminarte una aproximación biográfica verdadera, como me muero –son ya casi 80 años– sin una biografía verdadera del obispo Olaechea, en Pamplona, durante nueve años y del arzobispo Pittini, primado de América, durante veinte años arzobispo de Santo Domingo.

            Tus “sonetos”, Don Carreño, andan por ahí vagando, globalizados, en las andas de más de 3.000 salesianos en la India y más de 1.000 en Filipinas, cientos de colegios, parroquias, dispensarios, talleres, orfanatos, escuelas profesionales y agrícolas, centros juveniles, universidades… a la búsqueda de un relato justo y agradecido, ejerciendo una “suave presión sobre los hechos”.

            Tus “sonetos”, Don Carreño, te convirtieron en uno de nuestros especialistas más ilustres de la “Sábana Santa” de Turín. No creo que en tus libros se modifique de hecho el enfoque global de la temática, pero sí se intensifica el proceso electivo de tu almacén de experiencias, donde conviven la historia como ciencia, la curiosidad y el amor a Jesucristo, único e irrepetible.

            Tus “sonetos”, Don Carreño, remiten a la poesía de no pocos poetas de los años 50, por ejemplo, que habían nacido después que tú. Representas, también a tu manera, el acabado modelo de una reconocible conexión generacional. Supiste ilustrar, por intuición, el relato de un periodo clave en el desarrollo de la poesía española de posguerra. Eres un poco el Jorge Guillén de los salesianos –permite que se me vaya la mano al retratarte, ya la oposición dirá otra cosa–. También como él puedes decir aquello de “Ved sin venda / la realidad en toda su leyenda”.

            En tus “sonetos”, Don Carreño, había muchas actitudes del Flautista de Hamelín: la elegancia enjuta, la jubilosa forma de serenidad, el rigor expresivo tan predispuesto a no aparentarlo, la alegría desbordante, condicionada en tu caso por la sintaxis del acordeón. “Tú, Carreño, el Acordeonista de Madrás, que tenías la facultad absolutamente pedagógica de oír a los mil chiquillos de Salesianos Atocha, quienquiera que fuesen, que te seguíamos saltando, brincando por los patios del cole. “Presta a todos tu oído, pero a pocos tu voz”, podías haber repetido siguiendo las recomendaciones de Polonio a Hamlet.

            En fin, tus “sonetos”, Don Carreño, aparentan decir hacia fuera, lo que sustancialmente dicen hacia dentro: Jesucristo es el alfa y omega, el principio y fin de cada hombre, el alba y el ocaso de toda cultura y civilización. El destello, la coloración y la sombra irrepetibles de una vida plena, cuando recibiste el mayor de los homenajes que puede recibir un sacerdote católico: “Este sí que es un verdadero discípulo de Jesucristo”. Aquel tramo inicial de tu biografía tiende ya a incorporar una especie de sedimentación de la experiencia que, por su misma dinámica global, tenía que irse innovando día tras día. Murió en 1986 y reposa, si le dejan, en pequeña tumba en Alzuza, Hogar del Misionero, un bello recinto que concuerda con no pocas frondas de su poesía y de su vida sobre todo.

            Amigo Javier, a continuación te traigo la biografía que en su momento trabajé para el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia:

José Luis Carreño Echandía

Carreño Echandía, José Luis. Bilbao (Vizcaya), 23.X.1905 – Pamplona (Navarra), 29.V.1986. Mi­sionero salesiano (SDB), vicario general y provincial de la diócesis de Madrás, fundador de seminarios salesianos en India y Filipinas, escritor, músico.

Nacido en Bilbao el 23 de octubre de 1905, hizo su primera profesión en la congregación de los salesianos de San Juan Bosco el 25 de julio de 1922, en Salesianos-Carabanchel Alto, y su profesión perpetua en Salesianos-Sarriá el 11 de diciembre de 1928. Se or­denó sacerdote en Gerona el 21 de mayo de 1932, de manos de monseñor Vila Martínez, tomando como lema, que posteriormente fue el eje imantador de toda su vida, la frase de San Pablo “Omnia Christus” (“Cristo en todo”) (col. 3, 11).

Bendecido por la naturaleza con dotes de simpatía, bondad y saber fuera de lo común, contra todo pronóstico, le iba a ganar a la vida todos sus retos. Finalizados sus estudios de inglés en Salesianos-Cowley, en las afueras de Oxford, marchó como misionero a la India en el Año Santo de la Redención (1933); allí rompió todas las tablas, saliéndose de ellas y yendo muchos puestos por delante de la sola provincia religiosa con la que los salesianos contaban en el Asam, con sede en Shillong.

Sacerdote joven de veintiocho años no cumplidos, Carreño iba destinado al noviciado de Tirapathur, donde enseguida fue nombrado maestro de novicios. Desde el principio fue dando síntomas de magnanimidad y de inculturación, más que de observancias y reglamentos, siendo un mercenario de la humanidad con idéntica capacidad para “indianizar” la congregación salesiana como la Iglesia católica. Dominada la India por los ingleses, la sombra de la Segunda guerra mundial se extendió desde 1939, y fueron internandos en campos de concentración los misioneros ex­tranjeros. De los cuatrocientos evangelizadores católicos recluidos, ciento veinte eran salesianos. Carreño apostó por lanzarse y “regó el palo seco” —como él decía— por la región del Kérala, de magníficas familias católicas, y para 1965 contaba con dos docenas de seminarios salesianos en toda la India, con más de mil seminaristas.

El trabajo de Carreño Echeandía como salesiano, así como de vicario general de la diócesis de Madrás, avanzó sin prisa pero sin pausas. Primero fundó un noviciado salesiano en Kotagiri (1946), después un seminario diocesano en Poonamallee (1947), un orfa­nato y escuela profesional para los jóvenes obreros de Goa (1947) y después otra obra idéntica en la misma Goa (1948). En Carreño siempre hubo algo más inquietante: acertaba el futuro. Por eso, enseguida abrió en Madrás una escuela profesional (1950), en Uriurkuppan una escuela agrícola (1950) y otros centros de enseñanza secundaria en Negercoil (1947), Bombay (1948), Yercand y Sagay Thottam (1950), haciendo realidad aquello de que el destino no está en mano de los césares, sino de nosotros mismos. El profeta sucedía al misionero y heredaba el monopolio de las limosnas que muchos españoles le enviaban para Misiones Salesianas de Madrás (MISALMA) en las cuentas corrientes del Banco de Bilbao o del Banco de Santander, entre otros.

Después de casi treinta años (1933-1962) de servicio y fundaciones en la India, entre Madrás y Goa, Carreño pasó a Filipinas. Los salesianos habían lle­gado allí en 1951, al ser expulsados de China por Mao-Tse-Tung, y abrieron dos pequeños centros en Tarlac y Victorias que dependían de la provincia sa­lesiana de Hong Kong. Tan sólo en 1963 lograrán formar una provincia con sede provincial en Makati-Manila noviciado propio en Canlubang, siendo Carreño su primer padre maestro y director. Hoy son cerca de mil salesianos distribuidos en dos provincias: la citada Makati-Manila, que abraza las Filipinas del norte y Papúa Nueva Guinea, y la de Cebú-Talam­ban, que comprende las Filipinas del Sur.

Desde el principio, los jóvenes salesianos filipi­nos iban a estudiar a la isla de Cheng Chan (Chao Chow-Taiwan), en China. Carreño vivía bajo el relámpago de esta servidumbre como propia y no paró hasta consolidar el primer seminario salesiano filipino en Canlubang. Después se abrieron el de East Bo­roko, en Papúa Nueva Guinea, Parañaque, Quezón, Cebú, Dumangas, Talisay-Lawa-An, donde varias generaciones de filipinos han seguido agradeciendo a la conmoción y el confortable futuro que Carreño desde 1962 hasta 1967 supo crear, enfrentándose en sufriente soledad al chichisbeo de tirios y la tergiver­sación de troyanos. Nunca ningún misionero salesiano ha tenido tantos discípulos (mayoritariamente audaces) intentando plagiar un estilo y una experiencia intransferibles. Carreño no sólo convencía y emocionaba, también hipnotizaba y hasta enamoraba de Jesucristo a cualquier tipo de público.

Tuvo que ser muy duro sobrevivir a las suspicacias de algunos curiales de Turín, cuando acudía para consolidar un permiso o una apuesta y se decía: “¡Otro soneto de Carreño!”. Y “sonetos” fueron sus más de veinte libros, sus cinco estudios sobre la Sábana Santa, la fundación del Hogar del Misionero en Alzuza (Navarra), sus cientos de composiciones mu­sicales, la construcción de media docena de iglesias, sus cientos de mediaciones entre políticos de distinto signo, encarnando el anverso y el reverso de un patriarcal, sabio y paciente anciano que forjó una leyenda perdurable desde el día que dijo la primera misa en el santuario de María Auxiliadora de Gerona, lo mismo en Inglaterra que en la India; en Estados Unidos que en España. Moría en Pamplona el 29 de mayo de 1986.

Obras de ~: Urdimbre en el telar, Madrid, Vofisa, 1965; Salmos al viento, Madrid, Vofisa, 1967; Cien cromos, Madrid, Vofisa, 1968; Prisma blanco (I, II y III), Madrid, Centro Nacional Salesiano de Pastoral Juvenil, 1968; Perlas modernas, Madrid, Centro Nacional Salesiano de Pastoral Juvenil, 1969; Perlas antiguas, Madrid, Centro Nacional Salesiano de Pastoral Ju­venil, 1969; Singladuras indias, Madrid, CCS, 1974; El último reportero, Alzuza (Navarra), Hogar del Misionero, 1975; Las huellas de la Resurrección, Alzuza, Hogar del Misionero, 1978; Pistas en el valle, Alzuza, Madrid, Gráficas España, 1985.

Bibl.: A. Altarejos, “Inculturación: reflexión misionológica y doctrina conciliar”, en La misionología, hoy, Pamplona, Guadalupe, 1988, págs. 334-357; J. A. Rico y Rico, Don José Luis Carreño Etxeandía, obrero de Dios, Carta edificante, Pamplona, Fundación Aróstegui, 24 de agosto de 1986.

Francisco Rodríguez de Coro, SDB

2 opiniones en “Inabarcable José Luis Carreño: “Un atleta de Dios” en la Real Academia de la Historia”

  1. De Bilbao tenía que ser. Y seguro que del Athletic. Hasta su segundo apellido le honra su persona, vida y carisma salesiano. No tuve el placer de conocerlo en persona, pero si a través de gente muy cercana a ella. Grande Carreño, Grande casa tu vida!!

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