Infrecuente mito social, Arzobispo Olaechea

Marcelino Olaechea, un infrecuente en lo cotidiano.

Marcelino Olaechea Loizaga fue un grande de la historia de la Iglesia en España, y un grande de la vida. Su pecado pudo consistir en que (parcialmente a propósito) confundió ambas cosas. Y no tuvo reparo en mostrar su espectáculo. Olaechea puede resultar, en ocasiones, excesivo, tórrido, agobiante. Pero su drama –su representación- le redime siempre. O al menos eso creo.

Cuando usamos la palabra infrecuente, en menester literario, seguimos de alguna manera a Rubén Darío. Un infrecuente es un esquinado de la suerte, pero también un insólito o esquinado en su estilo de escribir.

            Un infrecuente en vida y obras es una especie de bohemio desterrado de todos los reinos de lo cotidiano.

            En tales sentidos Marcelino Olaechea fue un infrecuente.

            Tuvo nombradía y hasta poder social y religioso que le venía, muy presumiblemente de su forma de ser. Olaechea fue hombre de gobierno (y más, provincial acertado, obispo de Pamplona y arzobispo de Valencia) y en muchas de sus actividades un ameno comunicador, y en otras un precursor de lo que e fue desarrollando, desde León XIII, la llamada “cuestión social”.

            Nacido en Baracaldo (Vizcaya) en 1889 y fallecido en Valencia en 1972, su biografía coincide con el trayecto más profundo de la historia de España.

            Pese a su obvia presencia en la vida oficial de la Iglesia y la sociedad de su tiempo, Olaechea es el creyente en busca de discípulos de Nuestro Señor Jesucristo. He ahí el móvil de su calidad apostólica. ¿Desconocido o infrecuente? No. Conocidas nos son sus actividades, muchas comunes a los obispos de su época, desconocidos o al menos desdibujados sus móviles. Infrecuentes.

            Ni cuando nació, ni cuando murió, España era una balsa de aceite.

            Olaechea estaba entre los importantes.

            Su protagonismo le trajo aciertos sin fin, también problemas –la vida misma- y no hay que ignorarlos ni ocultarlos. Las hagiografías recientes como las críticas más acervas, resaltan los radicalismos políticos de nuestro país, notables desde la proclamación de la República en abril del 31 hasta nuestros días.

            Es evidente que Olaechea debe salvar lo que como obispo y pastor considera salvable de su misión. Sólido y muy original, con una constante obsesión por la promoción y evangelización de los muchachos y las familias de las clases populares, demuestran toda vez lo infrecuente de su sacerdocio, sabiamente hecho y engarzado con el de San Juan Bosco, a quien desde muchacho, espigadillo y frágil, tomó por maestro.

            Casi todo lo suyo –tanto- es posterior a 1931.

            Aventuro ya que a Don Marcelino no le resultó fácil decidir.

            Las innumerables fotos de su archivo muestran una cara vivaz. Parece un hombre cordial –lo era-, evidentemente eclesiástico y mundano en el mejor sentido del término. Movida y ajetreada fue su vida singular en Pamplona de 1935 a 1946, en plena posguerra y un mito social para la España de Franco, precisamente por desterrado de lo cotidiano, de los reinos de lo cotidiano.

            Ya casi nadie se acuerda de él. A la hora de recuperarlo debemos buscar algo más concreto que alabanzas y descubrir su estilo personal y propio, su ser único y novedoso, liberado de la connivencia con el poder político. La aventura de sí mismo, deteniéndose en la intención íntima con que llevó a cabo sus obras muchas de ellas conclusas.

            En el índice de mis recuerdos busco y rebusco algo que me vincule directamente a Don Marcelino y no lo encuentro porque no lo hubo. Tan solo dos visitas de “aplauso y amén”. Una a Salesianos-Ciudad Real, de paso para Puertollano y otra al Teologado de Salamanca.

            Hasta que un día del 1993 recibo una llamada de Ricardo Arias, a la sazón provincial de Bilbao. ¿Te apetece ir a Valencia ya? ¡Tema Marcelino Olaechea! Ha aparecido esta mañana su monumento frente a la basílica de la Virgen de los Desamparados embadurnado de pintadas, excrementos… el canónigo Mestre, que fue su secretario está preocupado y, por fin, no sólo te permitirá consultar su Archivo, sino que quiere que alguien avance una biografía… ya. Sorprendente, ¿no te parece?

            Discutible, podríamos decir incluso. Pero considero oportuno señalártelo. Posiblemente la situación le avergüenza al no haber permitido antes la consulta del Archivo. ¿Puedo hacerte una modesta confesión?

            Sería un honor.

            Tú sabes que me encanta leer. Tú sabes que mi oficio es el de indagar, buscar, así que tengo varios libros sobre Olaechea encima de la mesa, escritos desde el lado nacionalista. Casualmente estoy leyendo el del Rector del Seminario de Pamplona: No me avergonzaré del Evangelio, antes de dormirme. Me interesan mucho sus nueve años del pontificado de Pamplona. Son los más controvertidos. Quiero que entiendas la seriedad de mi trabajo. Hay que contrastar, matizar, distinguir. Amicus Plato, sed magis amicus veritas.

            Creo que lo he entendido, sí.

            Está bien Richard.

            Es poco más que una obviedad.

            No esperéis de mí distracciones de un genérico o necesario sosiego. Ni las pretendas, naturalmente. Publiqué en su momento un artículo a propósito de su primera pastoral, firmada, creo, el 6 de agosto de 1936, en unión del obispo de Vitoria, Mateo Múgica, en Euskoikaskuntza de difícil interpretación, que varios califican de apoyo al Alzamiento (los primeros obispos en apoyarlo). Precisé, aquilaté, hasta dejé caer que no la escribieron ellos, sino el primado Gomá…

            Bien, Paco. Creo que es todo por ahora. En marcha a Valencia.

            ¿No hay otra cosa más?.

            Titubeé.

            Me estaba preguntando si era necesario proceder a la recuperación de Olaechea, o si se trataba de un esfuerzo inútil, cuando no incluso algo imprudente. Se trata de un infrecuente.

            Permanecí un rato en silencio, y luego tosí dos veces seguidas, con una tos más bien seca.

            ¿Crees que podrás memorizar lo que acabas de oír?

            ¿La tos?

            No es tos, Richard, es una advertencia. Ten la bondad de considerarla un sistema respetuoso mío para ponerte en guardia; si fuera necesario, ante posibles errores. No te olvides que sus años de Pamplona corresponden a la guerra civil y a la llamada Era azul del general Franco.

            Oye, permíteme de nuevo que escuche la tos.

            Reproduje una réplica exacta del mensaje laríngeo.

            Dos toses secas, seguidas, entendido. Hay que ir con cuidado.

            Exactamente.

            Fui. Estuve quince días. Inmenso el Archivo. Me volví a Vitoria. No me dejaron consultar los años de Pamplona. Lo presumía. Y sigo tosiendo, Ricardo Arias.

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