¿Intentó un jesuita asesinar al Rey?

Pierre Blet era hombre en extremo silencioso, casi arisco. Al mismo tiempo también era cortés y sorprendentemente atento: te solucionaba todas las dudas sobre el Siglo de Oro francés antes de que pudieras formularlas, como si fuera capaz de adivinarte los pensamientos.

Pierre Blet era una mezcla de fuerza irrefutable y soledad definitiva. Con senderos en la cara, surcados en los infinitos tiroteos de la investigación histórica en París y en Roma.

Amigo Javier, Pierre Blet era jesuita francés –“del Norte de Francia, de Caen, por cierto, nuestro obispo es salesiano”– me repetía con frecuencia.

– Padre Francisco, hábleme en español, la lengua de San Ignacio, nuestro padre. La tengo en gran veneración.

– No sé qué dirán los vascos, Padre.

– La lengua del Imperio, ¿no? Veo que usted siempre habla en italiano.

– La lengua de San Juan Bosco. La tengo yo también en gran veneración.

– No sé qué dirán los piamonteses y los suizos del Ticino.

– Los resultados de su examen introductorio son inmejorables.

– Gracias, mon pére; vengo con muchas ganas a la Gregoriana. Es el mejor regalo que hasta ahora me han hecho en la vida.

– ¡Qué interesante! –observa.

Ondear la fantasía romana en este momento es quedarse voluntariamente muy atrás. Por fortuna no necesito más bendición que la propia.

Me quedo con electrizada satisfacción, mirándole.

– ¿Por qué no elige como especialidad Historia moderna y contemporánea sobre todo?

– Me apasiona desde bien pequeño nuestro Siglo de Oro, ¿sabe?

– Piénselo, piénselo y en unos días vamos al Archivo Secreto Vaticano.

Jamás había reparado para nada en eso del Vaticano y su Archivo. Y así iba a entrar en mi mollera el gusano del Archivo Vaticano, arrebujado entre “ees” sibilantes francesas y “jotas” cortantes españolas.

Y allí se iba a quedar para siempre con un clip de seguimiento bien camuflado hasta hoy. El milagro de cualquier vida suele suceder al margen del boicot que puedan perpetrar otros seres vivos.

Leía yo a finales de 1969 una historia del carlismo, como alpiste para la temporada. Algo convencional. Y en la soledad de la noche, en mi cuarto, que daba sobre la Vía Appia Antica me sobresaltaba en su lectura, pensando que los ladridos nocturnos de los perros guardianes venían de ahí, de los márgenes del texto, de las veredas y la maleza de los espacios en blanco. Todavía no conocía para nada ni Guipuzkoa ni Iparralde.

Eran, pues, ladridos carlistas, tan reales como imaginarios, que querían transmitirme un legado. Bien.

Salí de la residencia “San Tarcisio”, sobre las catacumbas de “San Calixto”, aquel día en dirección a la Gregoriana en ascuas. Era la acción vertiginosa que se estaba desarrollando en mi mente. No era Roma, sino la realidad quien apretaba. El Archivo Secreto Vaticano.

Los pensamientos orbitan alrededor de lo mismo que es lo que importa. La excitación del Archivo es ahora una ráfaga de cautelas, extrañezas y esperanzas. Casi, casi, una historia de fantasmas.

Con mucha maña, por cierto, el Padre Blet me acaba de cegar con la luz de su linterna: el Archivo Vaticano. Una nueva atmósfera, desconocida por mí, llena de humo y atravesada por gritos de alarma, merece ser asumida como un nuevo planeta.

– Acabo de asesinar mi Siglo de Oro, Padre Blet.

– De hecho, Padre Francisco, ya está sobrepasado. ¿Entonces?

– Ya asesiné al Rey Sol, para bucear en las Asambleas del Clero francés, sin cortapisas.

– En marcha, pues, al Vaticano. Ahí está la mejor historia.

Como si no me hubiera oído, chasca la lengua y me dice:

– Tengo algo para usted.

Se levanta como un resorte, abre un armario de su celda-biblioteca y vuelve.

– Tome –dice, alargándome un prontuario– una guía de caja mayor. Igual descubre usted alguna pequeña mafia organizada.

– ¿Pero usted descubre mafias organizadas?

– Yo rezo el padrenuestro todos los días y varias veces. Vaya, vaya al Vaticano por la puerta de las Campanas. En secretaría del Archivo haga los trámites. No se olvide de los carnets de identidad. Empezamos la semana que viene.

Una vez más me acompaña desde su cuarto hasta la puerta principal de la Universidad con una sonrisa.

– Dirijo el grupo que investiga los trabajos de Pío XII, con la intención de salvar de la muerte al mayor número de judíos.

Caminamos los dos ahora por la Piazza della Pilotta.

Caminar por Roma no exige argumento. Los tiene todos a mano.

– Los judíos, la vida de los judíos –prosigue Blet melancólico– eso es algo auténtico y algo hermoso que queda del pontificado de Pío XII.

– …

– Pero no sólo es una pertenencia de Pío XII, de la Iglesia católica –añade–. Es un patrimonio público, una riqueza humanista y católica para compartir, creyentes o no. ¿Sabe usted cuántos judíos fueron desapareciendo durante el Tercer Reich? Fue más que una peste. Y un gran negocio, claro.

Sigo en mi silencio doliente, pero aún sin palabra.

– Hubo mafias organizadas y personas importantes implicadas. ¿Ideologizadas? Podridas por el dinero.

– O sea –observo– el imperio del miedo, el del Vacío total.

– Buena definición, Don Francisco, y vaciaron lo irrepetible de seis millones de vida: su vida. O sea.

Me da la impresión de que el padre Blet no está allí para mantener una simple cháchara, por muy instructiva que sea.

Me mira de hito en hito.

– Don Francisco, sé que no es su estilo, tampoco el mío, pero en esto conviene ir con calma, aunque no podamos perder más tiempo.

– No.

– Usted tiene algo muy valioso que no debería estar ahí.

– No sé de qué me habla.

– Sí que lo sabe.

La mirada del padre Blet ya había traspasado del todo mi corteza frontal. Es absurdo intentar engañarle.

– Díaz de Cerio y Martínez Fazio ya se lo han hecho notar, ¿no? Esa imaginación meridional aquí sobra. El documento, el documento es nuestro centro de operaciones. En él tenemos el anzuelo, la caña de pescar y el cebo. Estamos protegiéndole.

– ¿Y lo dice Cerio y Fazio? ¿Sobre todo Fazio?

– Ya sé que se llevan ustedes muy bien. Y desde que se conocieron.

– Toma, ¿no? Gato y boquerón, ¿sabe?

– ¿…?

– Madrileño y malagueño.

– Asesine, asesine… a Fernando VII y bucee en los reyes carlistas, bucee en el siglo XIX… ¿Si creo que Don Bosco fue carlista?

– ¿Cómo?

– El documento, Don Francisco. Ahora, en el Archivo Vaticano tiene usted el anzuelo, la caña de pescar y el cebo.

El padre Blet está animado. De vuelta a la Gregoriana, me hace una confesión: ¿Sabe que de chico robé un libro en la parroquia?

Sí, lo sé.

¿Cómo?

Porque yo con cinco años le robé a mi tío, Mosén Gregorio, la novela Quo Vadis y todavía no se la he devuelto. Los monaguillos en España o en Francia, no sólo robábamos el vino de la sacristía. Las “virtudes” de los monagos suelen ser parecidas en todo el mundo.

Lo del padre Blet no fue un experimento, sino una consecuencia de un magisterio. Necesitaba sentir que le pesaban en el bolsillo las llaves de la Historia de Pío XII. A partir de aquel día el gusano del Archivo Vaticano tenía autopista. La exaltación del “Dios, Patria, Rey, Fueros”, de la lucha armada más cruenta, del integrismo moral fueron una corriente vengadora más que tuve que afrontar y no sólo en los documentos. El oficio de historiador es grandioso. Las consecuencias, imprevisibles. Lo que da de sí un maestro. Y más si éste es jesuita. Y más si logra “asesinar” al mismísimo Rey Sol.

1 opinión en “¿Intentó un jesuita asesinar al Rey?”

  1. Bien D.Paco,brillante en sus 80.Trasladándome por unas líneas a su Roma de estudioso nobel.Siempre es un placer sugerente leerle.Un buen maestro siempre es un revulsivo para la mentes en estos tiempos aciagos.
    Gracias.

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