Jesucristo no es un influencer

Jesucristo no es un “influencer”.

            No quiero aguar la fiesta a nadie.

            Pero Jesucristo no es un “influencer”. Jesucristo es un “enamorado”.

            Lo siento, amigo Javier. Lo siento amigos.

            La importancitis agudísima que padecemos la trasladamos a Dios que, por cierto, no es una persona importante, sólo es un NIÑO; no es un escriba, sólo es el chico del carpintero del pueblo; no es un sacerdote, sólo es un seglar (y de los de antes); no es un gobernante, sólo es un ciudadano más; no es un sabio, sólo es un poeta; no es un millonetis, sólo es un muerto de hambre; no es un influyente, sólo es un enamorado…

            Los siete “influencer” más importantes de España, hoy por hoy, los que son más seguidos por millones de personas en las redes son Dulceida (Aida Doménech), El Rubius, Paula Echevarría, Cindy Kimberly, Laura Escanes, Sara Carbonero y Pelayo Díaz. Los siete viven donde el mundo se ensancha y ellos saben bien cuál es el sitio que buscan. Son todos de gesto seductor. De rostro atractivo. De cuerpo sugerente. Y ya.

            ¡Qué manía la de envolver a Dios, no ya en esplendorosos pañales principescos –que también–, sino en mantos de soberanos o trajes de corte impecables, ternos diplomáticos de gran mundo, albas de raso salpicadas de lentejuelas! La mismísima manía que la de convertir a una sencilla aldeana como María en señorona arrellenada en tronos reales.

            Los ricos de lo que sea, los satisfechos y repletos de todo, siempre quieren apropiarse de más… por eso son tan ricos (aunque insatisfechos). Y, claro, siempre han querido apropiarse de Jesús. Y como no pueden cambiar el Evangelio, intentan cambiar todas las Iglesias, también la católica. Cuando “Emmanuel” –Dios con nosotros– nació no se enteraron hasta muy tarde, porque Jesús nació fuera de sus dominios, de sus clanes, de sus mafias. Nació en tierra de aparceros, de pobres pastores, de descartados, en palabras del papa Francisco. La cueva de Belén sólo tuvo el amor caliente de María, José y los pastores. Ahora quieren que tenga toda la pedrería del tesoro de Rusia (con el añadido sin devolver del oro español) o el de Estados Unidos o el del mundo entero. Y no es que no se lo merezca, pero van a ahogar al niño con tanta joyería, empadronando a la Criatura no en Belén de Judá, sino en la extrañeza. Él intuye que lleva un orden puro por dentro, sabedor de que su mejor talento es provocar el desorden por donde pasa y hacer nido en la intemperie después de rozarse con el río de la gente, de todas las gentes.

            No puede ser nimia la presencia de un cuadro de Morales en el Museo del Prado. Quiero que se quede aquí conmigo y esté aquí ahora.

            Luis Morales, llamado “el Divino” –yo creo que no era para tanto–. ¿Divinos, Velázquez, y Murillo y Alonso Cano? Claro, faltaría más. ¿Morales? Bueno, vale, ya –pintó un cuadro que se conserva, pues, en el Museo del Prado, prodigio de la libertad de los hijos de Dios: “La Virgen y el Niño” se titula y el Niño ya está bastante crecidito. Amigo Javier, ¿sabes qué está haciendo el Niño? Pues, ahí es nada y tal y qué sé yo, metiendo su manecita entre los vestidos de María, su mamá, y acariciándole el pecho izquierdo. Es una pena que “el Divino” no fuera capaz de rematar su obra y le haya pintado a la Virgen cara de hermosa seta: hermosa sí, pero seta. ¡Puf! Nuestra Señora tendría que estar sonriente, enternecida, cómplice, volcada hacia su chiquillo y con una chispa de purísima acogida o de graciosa –de “gracia” y de Gracia– picardía. Trona en María una belleza distante, y una convención sin hora, impávida y vegetal.

            Quizá, no sé, “el Divino” para pintar así, para llegar hasta el fondo de nuestra intuición tenía que haber pasado por las tuberías de nuestros barrios castizos de La Latina, Lavapiés, Malasaña y hacer danzar los grises que quedan en medio del blanco y negro de nuestras calles. No sé. Y eso que los barrios sevillanos, donde el pintor extremeño, se recrió, Triana, Macarena, San Lorenzo, no tenían nada que envidiar a los madrileños.

            “La Virgen y el Niño”.

            El pequeño Jesús juega a dar a luz un matiz nuevo, mientras María colapsa cualquier sentimiento en su rostro. ¿Tiene belleza? Sí, pero acorazada. Tanto, que al mirarla hace incómoda la sinceridad del pensamiento. María sin una mueca agradada, a mitad de camino entre lo humano y lo divino, archiva la ternura, el cariño, el sentimiento. “El Divino” en su entrega aparca su propia obra, dejándola en vía muerta.

            No lo olvides, Javier, “La Virgen y el Niño” se llama el cuadro y se conserva en el Museo del Prado, que celebra su 200 aniversario, prodigio, a mi entender, de la libertad de los hijos de Dios.

            La libertad de los hijos de Dios. Esa sí que es la verdadera biblioteca de Alejandría de la imaginación y del conocimiento. Esa sí que es una radiografía auténtica de la especie humana. Nace de la falta de miedo por un “Dios” que tan poco “respeto” siente por sí mismo y tan poca importancia. Se da que se hace NIÑO, baby, bebé y que acaricia el pecho izquierdo de su madre. Nada de “influencer”… baby.

            Y ahora me quiero golpear a mí mismo con el mejor vértigo, o con la mayor impaciencia, puede que sobre todo, con la mayor impaciencia.

            Cierro los ojos, fantaseo… “Señoras, señores, no confundamos la libertad con el libertinaje”, dicen los señorones que, la puritita verdad, no suelen amar la libertad… de los demás. Sólo ellos confunden la libertad con el libertinaje, como confunden la obediencia con el vasallaje, el respeto con el miedo, el amor con el dominio, la piedad de Dios con la palabrería infumable y la cara de palo. La libertad y el libertinaje no tienen nada que ver. A veces la libertad toma rostro infantil y ya se sabe que los niños “se pasan” y todo lo convierten en juego. ¿En juego? ¿Es juego el amor, la falta de miedo, la confianza, el toque cariñoso del Niño de Morales a la Virgen María?

            Es Navidad.

            Y ahora sí que es posible entender aquello de “si no os hiciereis como niños…”.

            Jesucristo tiene mucho que ver con el amor. Jesucristo es un “enamorado”, un “sentidor”, un “apasionado”. El “influencer” genera un espejismo de influjo falso, algo así como pintar de carmín a pie de ataúd los labios del cadáver. Perdón. Jesucristo es sólo un NIÑO que acaricia sin pudor y con la inocencia de Dios el pecho de su madre.


Dedicado a todas las mamás guineanas a cuyos niños bauticé en la parroquia de Parla mientras los bebés jugaban también con los senos de sus mamás y toda la comunidad guineana cantaba glorias y aleluyas; y a su párroco, Javier Zapata, que siempre me dejaba bautizar a los guineanos.

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