Kintsugi, las cicatrices de la vida

Me pasó hace unos días. Manipulando un cáliz de cerámica de Sargadelos se me cayó y se hizo trizas. Lamentando mi torpeza y mi mala suerte, recogí malhumorado los pedazos y los tiré a la basura. Si esto sucediera en Japón no pasaría semejante cosa porque allí tienen una técnica artesanal centenaria llamada Kintsugi para reparar las piezas de cerámica rotas que consiste en encajar y unir los fragmentos de la cerámica rota con un barniz espolvoreado en oro, de manera que recupere su forma original, sin ocultar las cicatrices doradas y visibles. Así que, en lugar de tirar los restos o disimular las líneas de rotura, las piezas tratadas con este método exhiben las cicatrices de su pasado, y adquieren una nueva vida. Se vuelven únicas llegando a ser más preciados que antes de romperse.

Para nosotros europeos y occidentales, más acostumbrados al “usar y tirar”, el Kintsugi se convierte en una poderosa metáfora de la importancia de la resistencia ante las adversidades. A lo largo de la vida, todos tenemos fracasos, errores, desengaños, pérdidas, porque nuestros recursos físicos, intelectuales o afectivos son limitados, porque somos vulnerables no solo física, sino también psíquica y afectivamente. Unas veces son personas que se vuelven en nuestra contra, otras el azar, otras nosotros mismos que nos marcamos unas expectativas demasiado altas que no podemos o no somos capaces de cumplir las que nos meten en el hoyo. Y ahí, en ese momento de dolor, de frustración, de oscuridad, los humanos reaccionamos de distintas maneras. Unos paralizados, llorando y maldiciendo su mala suerte en la vida, amargándose en definitiva y otros que, una vez superado ese primer momento de decepción y de dolor normal y natural, se plantean qué hacer para salir del hoyo. Unos acuden a su verdadero amor propio, otros a sus agallas morales, a eso que antes se llamaba carácter, librándose de las expectativas ajenas.

Los que somos cristianos tenemos en Jesús un magnífico modelo y estímulo. Hace un par de semanas le recordábamos en la sinagoga de su pueblo explicando las Escrituras y acabando como el “rosario de la aurora” intentando sus paisanos supercabreados arrojarle al precipicio. En resumen, fracaso total. Pero esto no le paraliza en su misión “sino que sigue su camino” predicando el Reino de liberación y gracia y no de venganza e ira de Dios. Y así nos anima a todos, cuando estamos cansados y agobiados, a acudir a ÉL, porque “su yugo es suave y su carga ligera”. Él nos anima a que nos aceptemos como somos rotos y nuevos, únicos e irremplazables, aceptando los fracasos como nuevas oportunidades de cambio y mejora en nuestra vida.

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