La alfombra persa

Un regalo muy especial

Cuánto me gustaría revivir el pasado. Pero cuando intento recordar quién fui y dónde nací, tan sólo aparecen entre las brumas de mi memoria la urdimbre de un telar y aquella ciudad oriental.

Nací en la región persa de Tabriz. Manos femeninas tejieron mi cuerpo de lana. Seda y algodón dieron forma a los bordes de mi figura. Estoy orgullosa de los colores y filigranas que me embellecen. He aprendido la virtud de la humildad: vivo siempre a ras de suelo.

Una mañana enrollaron mi cuerpo. Lo ataron. Me protegieron con tela de saco. Cruce el mar en la bodega de un barco de vapor. Largo viaje. Profundo letargo.

Cuando desperté, me hallaba en la ciudad de Turín. La fortuna me sonreía. Cubría el suelo de un salón señorial en el palacio de la condesa Gabriela Corsi. Sirvientas con uniforme y cofia me cepillaban diariamente. Limpieza exquisita. Luz a través de polícromas cristaleras. Quietud y paz.

Un buen día comenzaron a suceder extrañas circunstancias que alteraron mi serenidad. Unos sirvientes enrollaron mi cuerpo. Cuando les quise preguntar, ya era demasiado tarde. Me había convertido en un regalo; el regalo que la condesa Corsi ofrecía a un sacerdote llamado Don Bosco. Cerré los ojos e imaginé la nueva vida que me aguardaba en su iglesia: musitando rezos, oliendo a incienso, cubriendo las gradas del altar.

Cuando escuché que la misión de Don Bosco era acoger a los chicos de la calle, creí morir. Un escalofrío serpenteó por entre los hilos de mi cuerpo. Me vi pisoteada por mozalbetes sin familia ni educación. Mis colores, ajados. Mi urdimbre, embarrada. Mi dignidad, perdida.

Mientras cavilaba tan tristes augurios, los criados de la condesa regresaron. Extendieron de nuevo mi cuerpo sobre el señorial salón. ¿Se suspendía el traslado? ¿Podía respirar aliviada? Perplejidad.

Mi asombro aumentó cuando comenzaron a depositar decenas y decenas de billetes de dos liras sobre mi cuerpo. Mi piel quedó cubierta por una respetable suma de dinero. Acto seguido recogieron cuidadosamente todos los billetes. Mi mente de alfombra no atinaba a comprender tan extraña liturgia…

Por fin escuché la voz de la condesa que ordenaba: «Llevad ese dinero a Don Bosco. Me ha rogado que en lugar de esta lujosa alfombra le regale los billetes que caben en ella. Quizás tenga razón: sus muchachos necesitan pan, vestido y cobijo…».

Permanecí en el palacio de la condesa hasta el final de mis días. Fui feliz. Pero, desde aquel día, una pregunta rondaba incesantemente por entre los hilos de mi urdimbre: ¿Cómo habría sido mi existencia si me hubiera ido a vivir con Don Bosco? ¡Cuánto me hubiera gustado saberlo!

Nota. Diciembre de 1871. La condesa Gabriela Corsi ofrece a Don Bosco una lujosa alfombra. Don Bosco sugiere que le regale los billetes de dos liras que quepan en la superficie de la alfombra para hacer frente a los muchos gastos del Oratorio. Y así lo hizo la condesa (MBe X,238).

Fuente: Boletín Salesiano

1 opinión en “La alfombra persa”

  1. Me encanta el estilo narrativo y tan personificado de cada una de las cosas de Don Bosco. Admiro su genialidad y esta sencilla pero rica literatura… De estas pequeñas cápsulas he podido armar varias veces actividades para la catequesis y formación. Dios les bendiga! Desde Morelia, Michoacan. México, un saludo cariñoso.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.