La almohada

Los paisajes de los sueños

Vine al mundo en una fábrica textil de Turín. El ruido de los telares fue el primer sonido que escuché. Me sentí orgullosa del color blanco de mi piel tejida con hilos de algodón.

Dieron volumen a mi cuerpo rellenándolo con «borra»; esa lana de inferior calidad con la que hemos de conformarnos las almohadas destinadas a la gente humilde. Pero me siento afortunada. Si hubieran llenado mi interior con el lujoso plumón de oca, mi vida no hubiera sido igual.

Mi destino fue el Oratorio de Valdocco. Me inquietaron los chicos de la calle que allí acogía Don Bosco. Imaginé el penoso futuro que me aguardaba: mozalbetes jugando, mi cuerpo de almohada utilizado como arma, batallas nocturnas, golpes… y una pátina de mugre ajando mi limpio cuerpo.

Nada fue así. Al llegar al Oratorio, el azar me hizo un guiño. Me destinaron a la habitación de Don Bosco. Yo velaría su descanso.

Llegó la noche. Se abrió la puerta de la estancia. Entró Don Bosco. Lavó manos y cara en la jofaina del palanganero. Rezó. Apagó el quinqué de aceite. Se arrebujó entre las sábanas. Entornó los ojos.

Yo tomé su cabeza entre mis manos de almohada para custodiar su descanso… Pero de pronto, sus pensamientos comenzaron a agitarse como hojas sacudidos por un viento impetuoso. En vano intenté apaciguarlos.

Aunque las almohadas no podemos cruzar los límites de lo real, hice acopio de todas mis fuerzas y me adentré con él por los paisajes oníricos de sus sueños.

Os puedo asegurar que tembló hasta el último hilo de mi cuerpo cuando le vi entablar desigual batalla contra el demonio convertido en siniestro elefante. ¡Cuánto me hubiera gustado ayudarle a vencer a aquel monstruo que destrozaba el cuerpo de los chicos y emponzoñaba sus espíritus!

Le acompañé por interminables pérgolas de rosas que laceraban sus pies con agudas espinas. ¡Cuánto me hubiera gustado secar la sangre de sus pies heridos!

Incluso seguí sus pasos que cruzaban los Andes, recorrían América del Sur, caminaban por África e incluso llegaba a las islas de Oceanía. Imaginaba el futuro.

Pero no todo han sido sueños. He galopado, a lomo de sus preocupaciones, hasta la Generala, una cárcel donde muchachos reales sufrían abandono y veían cercenado su futuro. He pasado noches intentando detener una pertinaz lluvia de deudas que amenazaba con inundar el Oratorio.

No ha sido fácil acompañarle en sus visiones, cuitas y quebrantos. Cuando él despertaba y cerraba la puerta de sus sueños, yo estaba agotada y tenía agujetas en mi alma de almohada.

Ahora, cuando contemplo mi vida pasada, me asalta una duda: ¿Acompañé a Don Bosco en multitud de sueños… o toda su vida fue un único «sueño» en bien de los jóvenes; un «sueño» que todavía continúa?

Nota. «Don Bosco, después de una jornada de pensamientos y trabajos, al caer su cansada cabeza sobre ‘la almohada’, entraba en una nueva región de ideas y de imágenes que le fatigaban hasta el amanecer». (MBe I, 216)

Fuente: Boletín Salesiano

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