La apasionante aventura de la Atención al Público

Gran parte de mi jornada laboral está dedicada a la atención al público, concretamente 5 horas diarias. 25 horas semanales llenas de historias, 100 horas mensuales de experiencias. Si soy sincera os confesaré que sería lo primero de mi trabajo a lo que renunciaría, pero incluso así, estoy segura, que perdería una gran oportunidad de aprendizaje y crecimiento personal.

Aquellos que trabajan de cara al público seguro que me entienden perfectamente. A veces vivo situaciones surrealistas, tanto que creo estar recibiendo una broma o alguna cámara oculta. En ocasiones tengo que aguantar la risa y en otras consiguen que se me salten las lágrimas. Es muy difícil no empatizar, por lo menos para mí. Y es que la realidad siempre supera la ficción.

Me sigue sorprendiendo la facilidad, y en muchos de casos la necesidad, que tiene la gente para desahogarse, para convertirnos en su paño de lágrimas, más allá del trámite que vienen a solventar. Imagino que ven en nosotros alguien que pueda servirles de ayuda para afrontar una situación, o que simplemente valoran nuestro consejo profesional o nuestra opinión y eso siempre es de agradecer.

Vivimos también momentos desagradables (los menos). Y es que para bien o para mal, somos ese primer escaparate en donde descargar también los enfados o las frustraciones. Intentamos apagar fuegos aunque a veces resulta bastante complicado.

Tengo que reconocer que a lo largo de los años he mejorado mi capacidad de abstracción y mi paciencia, ejercicio que por qué no decirlo también practico en casa con mis dos hijos pequeños. Aunque no me gusta dar consejos a no ser que me los pidan os contaré dos que suelen funcionarme al 99%. En ese justo instante en el que notamos que la situación comienza a ser insostenible, cuando empieza a resquebrajarse la paciencia, pienso en Don Bosco, respiro hondo y siempre me produce una sonrisa. Y cuando ni eso consigue pausar mis palabras y noto ese nudo que empieza a crecer en mi garganta, miro hacia arriba, hacia mi izquierda y allí, como siempre, con su paciencia infinita y esa dulzura eterna, María Auxiliadora sí lo consigue. Tengo la suerte de tenerla justo a mi lado.

Está claro que dos no se pelean, si uno no quiere. Aprendí equivocándome que al caer en discusiones es uno mismo el que sale perdiendo por ese sentimiento negativo que nos deja dentro. Pequeñas batallas que libramos diariamente.

Y hace tiempo descubrí que no hay mejor arma y escudo que la sonrisa para vencer y salir ileso. La sonrisa siempre tiene efecto boomerang.

Tengo que agradecerle mucho a la atención al público, puedo decir con total seguridad que me ha hecho ser mejor persona. Las experiencias me han curtido, me han enseñado distintas perspectivas, incluso me han ayudado a enfrentarme a mi vida real, a mi vida familiar.

En nuestro microuniverso de 15 m2, miles son las vivencias que nos aportan algo positivo y que siempre nos ayudan a crecer.

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