La batalla del Ebro tuvo lugar en Cerdeña

¡Pero vamos a ver! Lo que me faltaba por oír.

            ¿Pero no tuvo lugar en el cauce del valle del Ebro, entre la zona occidental de la provincia de Tarragona (Tierra Alta) y en la zona oriental de la provincia de Zaragoza? ¿Pero no se desarrolló entre el 25 de julio y el 16 de noviembre de 1938? ¿Pero la victoria inicial no fue de las tropas republicanas y la decisiva no fue de las tropas del general Franco?

            Llegado aquí dejo de observarme las manos y me entrego a mi rito de la mente al que hace algún tiempo puedo dedicarme: revisar mis certezas.

            Fue hace casi 50 años, amigo Javier, cuando el primer provincial del PAS (Pontificio Ateneo Salesiano) me llamó para decirme que para la Semana Santa y la de Pascua le habían solicitado dos curas jóvenes para Cerdeña. Don Luis Chiandotto guardó silencio y fue tan largo como mi brusca intervención. Noté su titubeo y dije: “¡Y bien, don Luis!”. Me quedó la duda de haber faltado a su amistad. Permanecí quieto. Entonces dijo él: “Mira, Paco, te conozco desde Salamanca. Son ya cuatro años. Se crece callando, sintiendo distancia de todas las personas. La inocencia puede ser una especie de insolencia. Sal, sal a Cerdeña. Vete a la Gallura, más en concreto a Nulvi, te espera Don Mario, Don Nino Mario Possadino. Arréglate. Ya me contarás a la vuelta”.

            Las cosas de Don Chiandotto contenían ya despedidas irreparables, ¡qué clase la de Don Luis! Y yo no las entendía del todo entonces, sino después, mucho después.

            Después de una pésima noche de “traghetto” de Roma a Olbia llego a Cerdeña. En el puerto me espera Don Mario. “Me llamo Francesco y soy salesiano”. “Francesco, Francesco”, recalca Don Mario con tono solemne, inculcándome de ese modo el respeto a mi nombre. “Soy el párroco de Pérfugas. Le llevo a Nulvi donde residirá con Don De Rosas y ya nos veremos a lo largo de estos quince días. Tenemos mucho que hacer y usted es tan joven”, dijo.

            Y ya en harina. Horas y horas de confesonario.

            “Yo, pasqualino, padre”. “Yo, natalino, padre” (el primero no se confiesa desde Pascua, el segundo desde Navidad).

            El corazón se me ensancha hoy de golpe. “Algo” arranca en mí, lo siento en las entrañas. Apenas si me atrevo a pronunciar mentalmente la palabra: la alegría. Una alegría furtiva, prudente, discontinua. O mucho me equivocaba o había llegado el momento de parecerme a Mosén Gregorio, mi tío cura de Casbas de Huesca, cuando yo contaba de 5 a 7 años. “Ser perdonador de pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

            Mi propensión hasta fabulosa a transitar sendas que cualquier talibán considera caminos prohibidos había llegado. Había llegado.

            Era el momento. Fue el momento. Garaia da/Es el momento.

            Y de Nulvi como centro y túnel de salida a Pérfugas, Martis, Aggius, Osolo, Castelsardo, Porto Cervo, donde me hice muy amigo del párroco, Don Raimondo Fresi, del que todavía conservo su tarjeta de corcho. Horas y horas de confesonario. No tardé tiempo en tomarle medidas a ese “silencio particular” de las parroquias sardas. Escuché con toda la atención posible a los sardos y evalué su momento personal, único e irrepetible, sin juzgar a nadie. Sólo, sólo Dios sabe.

            Don Antonio de Rosa me dijo que tenía que marchar a Olbia y permanecer toda la semana de Pascua. Yo, desde pequeñajo, soy maestro de los mensajes sin palabras, arqueé una ceja.

-Lo sé, lo sé… -se disculpó Don de Rosa-. Dejo la parroquia en buenas manos, eh Francés. Don Possadino, de Pérfugas, estará al quite. Además no pasará nada.

            Y pasó.

            “¡Don Francés, que el zio Tonuccio se muere!”. “¡Michelino, acompáñame!”. “¡Angelo, tráete de la sacristía el ritual y los óleos!”. ¡En marcha, chicos!

            El silencio del jardincillo se hacía aún más espeso en el interior de la casa del señor Tonuccio Tedde, silencio de recibidores donde no se recibe a nadie, de comedores sin niños y de alcobas sin pecados. Su mujer zia Pietruccia me condujo hasta la habitación y cerró la puerta dejándonos solos, no sin antes advertirme: “Tiene un cáncer terminal. El doctor Pileri controla el tratamiento y viene todos los días. Solamente se calma si charla un rato con él”.

            Y charlamos sobre todo él: “Me llaman lo spagnolo, porque estuve en la batalla del Ebro, en España sabe… Colaboré con el llamado Ejército del Norte, bajo el mando de Franco, Dávila, Yagüe… Yo estuve en la artillería… fue un enfrentamiento total, puesto que allí se decidió el fin de la guerra civil. Cuatro meses. A mí me sacó adelante “la Pilarica… Hay que ver, todo lo que he visto…”.

            Se cerró en rizo, dándose la vuelta de costado; le vi transformarse en un niño, acurrucado sobre sí mismo, la respiración que iba marchando. Me ayudaron a darle la extremaunción Michelino Possadino y Angelo Succu.

            “Mi primera extremaunción”, pensé.

            El zio Tonuccio me miró fijamente, con una mansedumbre tan ilimitada que parecía entrega. Extendió la mano y agarró la mía.

            Qué joven eres, Francés, dijo.

            Exactamente estas palabras.

            Una dentallada interior le cortó la respiración a Tonuccio Tedde.

            Volví a Roma con la repentina derrota de una muerte. Me vinieron a despedir a Alghero Michelino y Angelo con un peso en el corazón. Volvería.

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