La caja del limpiabotas

Sacando brillo a la vida

El sol invernal intentaba caldear las paredes de la iglesia de San Lorenzo. Se presentía la Navidad. Mi dueño era un muchacho de once años: cuerpo enjuto y pequeño, manos manchabas de betún y cabello ensortijado asomando bajo un raído gorro de lana.

Estaba orgullosa de ser la caja de aquel pequeño limpiabotas. Mi amo guardaba en mi interior: dos cepillos, tarros de betún negro, marrón e incoloro y varios paños para lustrar los zapatos de los señores de bien. Mis paredes de madera ocultaban también algunos girones de su vida crecida entre la miseria y el abandono.

Yo vivía a ras de suelo. Como toda caja de limpiabotas había aprendido a reconocer a las personas con sólo observar la hechura de sus zapatos, la altura de sus botas o la lona de sus alpargatas.

De pronto algo captó la atención de mi amo. Se levantó súbitamente. Me tomó con gesto instintivo. Se dirigió hacia dos sacerdotes que se aproximaban a la Iglesia de San Lorenzo. Con voz potente gritó al más joven de ellos: «¡Don Bosco, venga conmigo: quiero limpiarle los zapatos!».

Don Bosco le miró con afecto. Se conocían del Oratorio. Sonriendo, rehusó amablemente el ofrecimiento. Ante la negativa, mi dueño insistió una y otra vez.

Fue entonces cuando apareció otro niño. Llevaba la cara tiznada de hollín. Sus pantalones mostraban esos refuerzos de cuero que protegen las rodillas de los limpiachimeneas. Increpó a mi dueño: «¡Deja de molestar a Don Bosco!».

Y comenzaron a disputarse la amistad y el afecto de aquel joven sacerdote. De las palabras pasaron a los gritos; de las voces fuertes a las amenazas. Finalmente se desató una tormenta de pescozones, puñetazos y puntapiés. Rodaron por el suelo.

Sin saber cómo, yo me vi también derribada sobre el pavimento. Se abrió mi tapa. Cayeron mis cepillos y tarros de betún… Temí por mi integridad.

Don Bosco separó a los contendientes. Zanjó la cuestión con energía: «¡Os quiero a los dos! ¡Basta ya de pelearos!». Posteriormente intentó hacerles entrar en razón. Les dijo con voz serena y afable: «Cada uno de vosotros sois como un dedo de mi mano. ¿Dejaría yo que me cortaran uno de ellos…? No, ¿verdad? Pues así os quiero a todos y a cada uno de los muchachos del Oratorio».

Renació la calma. Mi dueño, todavía enfurruñado, recuperó los cepillos, el betún y los paños. Los guardó en mi interior.

Don Bosco, sin dejar de sonreír, llevó a los dos contendientes hasta una panadería cercana. Allí les obsequió a cada uno con una hogaza de pan y con un cucurucho de papel arrollado repleto de dulces y confites de navidad.

Cuando regresé al trabajo, noté una nueva luz en los ojos de mi dueño. Durante toda la jornada estuve pensando que aquel joven sacerdote era el mejor de los limpiabotas que yo había conocido. ¡Él sí que sabía sacar un brillo de esperanza en las sucias y agrietadas vidas de aquellos chicos pobres: un brillo capaz de reflejar el rostro de Dios!

Nota: 1847. Un pequeño limpiabotas desea limpiar los zapatos a Don Bosco. Insiste. Aparece un limpiachimeneas. Se pelean disputándose la amistad de Don Bosco. Él pone paz y muestra su afecto a ambos (Mbe III, 141-142).

Fuente: Boletín Salesiano

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