La carcasa de los fuegos artificiales

Iluminando la vida

Permitidme que me presente. Soy una carcasa de fuegos artificiales. Por mi potencia me disparan desde el interior de un mortero en forma de cilindro para garantizar que me eleve sin desviar mi trayectoria. Unida a las bengalas, surtidores y ruedas de luz, serpentines… creo la magia de los fuegos artificiales sobre el cielo de la noche. Nací en la prestigiosa pirotecnia de los Hermanos Ruggieri de la ciudad de Bolonia.

Prontamente me instruyeron sobre mi misión. Me advirtieron que mi existencia cobraría sentido en el breve espacio de unos segundos: un maestro pirotécnico encendería mi mecha, yo ascendería dejando tras de mí una estela de fuego… luego, estallaría proyectando fragmentos de luz sobre la negra noche. También me hablaron de la dignidad a la que estaba llamada: producir un destello de luz polícroma sobre los jardines y palacios de alguna casa real; brillar ante los ojos de reyes, condes y marqueses.

Tras estas lecciones me encerraron en una caja de madera. Allí repasé las lecciones recibidas. Asimilé la fugacidad de mi efímera vida. Me imaginé surcando el cielo sobre tejados de mansiones señoriales. Soñé con reflejarme en la superficie de estanques cubiertos de nenúfares.

Semanas después abrieron la caja. Atardecía. Observé el paisaje donde iba a culminar mi vida. Me llevé un gran desengaño. En lugar de jardines y palacios había un patio de tierra apelmazada junto a una pobre casa. Nobleza y aristocracia habían sido sustituidas por varios centenares de muchachos pobremente vestidos. El silencio estaba poblado por los gritos y las risas de chicos que seguían a un joven sacerdote al que todos llamaban Don Bosco. Me sentí decepcionada… Se derrumbaron mis sueños de grandeza.

Cuando anocheció me fijaron con estacas de madera y varios sacos de tierra. Junto a mí dispusieron también bengalas, fuentes y ruedas de luz…

Me aprestaba a cumplir con mi misión a regañadientes cuando de pronto se acercó Don Bosco. Llegó rodeado de muchachos. Sonreían. Se detuvo. Señalándome les dijo: «Estos fuegos artificiales son la sorpresa que os he preparado en el día de vuestra confirmación. El Espíritu Santo os ha llenado con su fuerza. Con estos fuegos artificiales quiero que aprendáis a iluminar las noches oscuras de vuestra vida con los colores de la alegría, la amistad, el trabajo y la oración».

Minutos después daba la orden de prender la mecha. Comenzaron los fuegos artificiales.

De repente tomé conciencia del nuevo sentido de mi vida. Fue como un destello: Don Bosco me había convertido en signo de alegría, amistad y bondad… ¿Qué más podía pedir?

Sentí el fuego en mi interior. Ascendí con fuerza. El brillo de mi estela rasgó la oscuridad… Me esforcé todo lo que pude por pintar lunares de color sobre la piel oscura de la noche. Fui feliz. Mientras me apagaba para siempre, deseé que mi breve resplandor sirviera de ayuda a aquel joven sacerdote que iluminaba con su luz la vida de sus muchachos.

Nota: 29 junio 1847. Monseñor Luis Fransoni, arzobispo de Turín, visita el Oratorio establecido en el cobertizo Pinardi. Confirma a unos 300 jóvenes. Comparte un entrañable día de fiesta con los muchachos de Don Bosco. «La fiesta acabó por la noche con un espectáculo de fuegos artificiales y la elevación de globos aerostáticos» (MBe III, 188).

Fuente: Boletín Salesiano

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