La caricia prolongada: María Auxiliadora en Egipto

              Hoy lanzo una botella al mar con todos los tiempos de la Virgen María en Egipto. ¿Será posible? Gotea sin parar la lluvia del coronavirus sobre la piel ausente de “Cuarenta y tantos mil” españoles y resbala por los pliegues de su tierra, hecha tierra y hasta de su alma católica, por sentimiento, por tradición y hasta por rechazo en algunos casos.

            Amigo Javier, desde el silencio del confinamiento me duele el contraste de lo que amargamente persiste en la vida (nos lo ocultan los medios o lo queremos ocultar nosotros): apenas, apenas barro, ausencia, ausencias.

            Con los dedos machacados de noche, de silencio y de bolígrafo, te traigo la caricia, que no sabe terminarse de la Auxiliadora.

            María de Nazaret dejó un menaje de esperanzas en un puñado de hechos que hoy son referente esencial del evangelio de autor del Señor Jesús, en cuatro versiones canónicas. Arrasó María desde el principio pues su especie sólo contó con un ejemplar: “Madre de Dios”. Y eso no hay quien lo asuma así porque sí. Más todavía, tuvo que ser amante de alguien tan excepcional como es el mismo Espíritu de Dios.

            Orquídea sagrada, María de Nazaret es un prototipo armónico, algo así como el primero y el último testigo de un mundo hecho a mano por el Creador, del que Él mismo se venga con una concepción afinada y rara, concebida sin pecado. “Purísima Concepción”, decían nuestros padres, abuelos, antepasados de una cultura milenaria.

            Su chico echó el primer vagido en el pesebre de un pajar de Belén, a donde sus padres habían ido a empadronarse. El niño Jesús demostraría ya desde los primeros años una propensión a los rincones donde las miradas no alcanzaran y así durante treinta años. Si la extrañeza del chico apuntaba ecos de profecía, ella, poco a poco, empezó a tomarle la postura al ambiente de su Hijo, con su mitología de aspiraciones y futuros prometedores. Ella pasó media vida dorándose el corazón de ternura y Él dorándose el corazón de misericordia y abundando ambos en un aliento cercano de Madre de Dios una y de Hijo de Dios Padre el otro, colgadísimos ambos en el bazar humano que les rodeaba.

            Pero hay que ver ¡qué poco dura la alegría en casa del pobre! Estaba ya Jesús estrenando sus primeras sonrisas, haciendo sus primeros pucheros, ejerciendo las inevitables y primeras tabarras, cuando un poderoso llamado Herodes, que no se había enterado del Nacimiento del crío, se enteró de su existencia. Y tuvo miedo. Miedo a compartir, miedo a amar, miedo a perder el poder, miedo a dar. Y en lugar de curar su miedo acercándose al misterio de Belén y Nazaret, dejó a su miedo libre para actuar: “De dos años para abajo –promulgó– todos los niños de la comarca serán pasados a cuchillo” (cálculo, como se ve, suficiente, holgado, estudiado, aproximado). Y todos los pequeños de la comarca fueron asesinados. Los inocentes.

            Entre la hinchada de los pastores y los dones de los Magos se alzó la voz de Yahveh–Dios: “Un ángel del Señor apareció en sueños a José, diciéndolo: Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto, y estate allí hasta que yo te avise: pues Herodes ha de buscar al niño para matarle. Levantándose José, tomó al niño y a su madre, de noche, y se retiró a Egipto” (Mt 2,13-14).

            José hizo del mandato una lanzadera con todas las posibilidades de acierto. Y tal fue su necesidad de anonimato que anduvieron tan descalzados por la vida, que traspapelaron no sólo la parte de la infancia de su chico, sino hasta su mocedad. Y ¡hala! Al camino del desierto, a cumplir con el plan.

            ¡A Egipto, en marcha! Tanto a María como a José les acompaña un talento con mucho de avalancha y sensibilidad extrema, que era su forma de protesta contra el precoz desafecto que iba incubando el pequeño Jesús, con un mimo éste de restaurador de alas de mariposa todavía. Tiempo al tiempo, amigo Javier. Las profecías habían lanzado una metralla de daños y de noches en vela, que ellos cumplieron sin conocerlas. Pero los tres eran los propietarios de una fabulosa promesa de afinaciones singulares y supieron vencer la trampa de los días.

            Entraron en Egipto por Farma (Pelusium), a través del Norte del Sinaí. Después Mostorod, a unos 10 kilómetros de El Cairo. Belbeis, Meniet Genah, Sámannud, Wadi El-Natrum… Matariah, “El Antiguo Cairo” (el barrio de Maadi), Assiut (seis meses y diez días)… Y salieron a través del Sinaí hacia Israel y establecerse en Nazaret, “porque ya han muerto los que atentaban contra la vida del niño” (Mt 2,19-21). A María le quedaron mil leyendas con las que hacer no buenos epitafios, sino monasterios, iglesias, capillas. Como una diosa egipcia ¡qué digo! Como la “Madre de Dios”, la Historia, la guarda en la vida pujante de las comunidades de cristianos coptos, porque trajo la caricia que no sabe terminarse de su “Auxilio”.

            Lejos queda la decadencia del sentimiento de los primeros cristianos egipcios, que no se apaga. Jesús y María, los dos, cada cual, en su momento, dejaron “las olas y la sangre” de esta vida y marcharon al lugar del Padre a hacerse el sitio en la vida eterna. La fiesta de la resurrección está ya en marcha. Ambos entraron en la nube blanca de la cercanía a sus semejantes redimidos, para desanudar los daños de las ataduras de su naturaleza.

            Y como casi todo suele suceder después del instante que sucede el futuro, la vocación de María “Auxilio de los cristianos” no se quedó en vocación de estatua, aunque llegó así a Egipto con los salesianos en 1896. La extrema vocación cimarrona de los hijos de Don Bosco los lleva a Alejandría del asa de los trabajadores italianos en el Canal de Suez o de los que se expatriaban de Italia por motivos políticos.

            A la bienvenida anhelante de la Escuela de Formación Profesional de Alejandría, se sucede la de El Cairo en 1926. La Virgen de Don Bosco abraza entonces el tronco del trabajo cualificado hasta quemar sus raíces generación tras generación. A su lado y en sus aulas y talleres la eternidad se hace pequeña, porque la caricia de la Auxiliadora no sabe terminarse, habiéndose convertido en escudo social en El Cairo para 200 aprendices profesionales, 300 aprendices técnicos y más de 3.000 alumnos que a lo largo del año realizan sus cursos de especialización.

            Amigo Javier, desde el silencio del confinamiento me duele el contraste de lo que amargamente persiste en la vida: apenas, apenas barro, ausencia, ausencias. En esta especie de limbo sin tiempo, que es el confinamiento, la vida avanza, mientras recojo la botella con los tres tiempos del “Auxilio” de María en Egipto: en la Encarnación de su Hijo, en los años de huida hasta la muerte de Herodes y, en fin, en la caricia duradera, como escudo social con los salesianos para los aprendices cristianos, coptos, árabes… impartiendo una lección de higiénica democracia: “escuela, despensa, catecismo”.

 

En homenaje a los Salesianos que trabajan en Egipto, en las casas de Alejandría y El Cairo.

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