La casa de los ejercicios espirituales

San Ignacio de Lanzo

Todavía recuerdo aquella tarde en la que Don Bosco llegó por primera vez. Le acogí entre mis muros centenarios. Le di un abrazo de silencio. Le ofrecí espacios para la reflexión. Esa es la misión de las casas de Ejercicios Espirituales.

Nací de la mano de los padres jesuitas. A ellos debo mi nombre: «San Ignacio». Asentaron mis cimientos sobre la cima del monte Bastia. Abajo quedaban los valles, los afanes mundanos y las pasiones terrenales. Mis muros se elevan de puntillas hacia el cielo. Anhelo del paraíso.

Los sacerdotes del Piamonte fortalecían su virtud en mi interior. Convertidos en soldados de la milicia eclesial, se adiestraban en estrategias para combatir el pecado y las pasiones. Entre mis paredes resonaban terribles palabras: muerte, juicio, infierno… Los participantes las recibían con temor. Hincaban sus rodillas sobre las frías losas. Examinaban su conciencia. Reconocían sus culpas. Suplicaban perdón en interminables confesiones. Ansiaban la inocencia bautismal.

Don Bosco subía cada mes de julio. Los primeros años me inquieté al observar su rostro cansado. Cuando supe que a su tarea de sacerdote añadía la de ser padre y educador de los chicos pobres de Turín, me esforcé para ofrecer sosiego a su alma y descanso a su cuerpo. Nos hicimos amigos. Me habitué a su sonrisa: oasis en medio de un desierto de semblantes afligidos.

Uno de aquellos años ocurrió algo inesperado. Yo le aguardaba. Nunca fallaba a nuestra cita. Le vi ascender. Sentí alegría. Pero mi gozo duró sólo un instante. ¡Llegaba acompañado de media docena de jóvenes! Extraños e inoportunos visitantes.

Temí lo peor. Siempre me dijeron que la juventud es el tiempo de las pasiones desatadas, de los compromisos rotos y de las veleidades mundanas… Maldije mi suerte. Lamenté el día en que conocí a Don Bosco. Sus jóvenes iban a arruinar mi buen nombre.

Aguardé en tensa espera. En cualquier momento brotaría de aquellos muchachos la risa frívola, la palabra vacía y el deseo incontrolado.

Sin embargo, nada fue como yo recelaba. La talla espiritual de los jóvenes se agigantó a medida que transcurrieron los días.

¿Cuál era el secreto de Don Bosco? Agucé el oído. Presté atención a las palabras que dirigía a sus muchachos. De los labios de aquel sacerdote brotaban expresiones que resonaban por vez primera entre mis muros: Dios Padre, amor, misericordia, gracia, alegría, santidad, María Auxiliadora…

Sentí nostalgia cuando partieron. Y no era para menos. Yo, una casa centenaria de ejercicios espirituales, había tenido el privilegio de contemplar en los jóvenes de Don Bosco un reflejo de «la sonrisa joven de Dios».

Nota: Don Bosco realizaba anualmente sus Ejercicios Espirituales durante el mes de julio en el santuario de San Ignacio de Lanzo. A partir de 1855 invita cada año a acompañarlo a varios jóvenes del Oratorio. Esta casa de Ejercicios se halla operativa actualmente (MBe V, 321; 365-366; 507…).

Fuente: Boletín Salesiano

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