La casa Moretta

Un refugio para el invierno

Era yo un caserón vetusto y antiguo. Nueve amplias habitaciones formaban mi planta baja. Dos escaleras de madera daban acceso a otras tantas estancias en el piso superior. En otros tiempos albergué también una espaciosa bodega, un granero y un establo. Cada primavera contemplaba cómo reverdecían los prados. Cada verano asistía al milagro de una nueva cosecha.

Pero la ciudad de Turín me cercó sigilosamente. Me aprisionó entre sus brazos. Perdí mi identidad. Dejé de ser casa de campo para convertirme en un edificio de la ciudad.

Mi dueño era un sacerdote llamado Juan Antonio Moretta. Alquiló mis habitaciones a las pobres gentes que llegaban a la ciudad deslumbradas por el brillo engañoso de las fábricas. De nada sirvieron mis protestas. Mis estancias se llenaron de familias que malvivían en espacios reducidos. El canto de la naturaleza fue sustituido por tristes silencios gestados en agotadoras jornadas de trabajo.

Nunca olvidaré aquella mañana de invierno. Mi dueño llegó acompañado por Don Bosco, un joven sacerdote que recogía a los muchachos de la calle. Tras una breve conversación, cerraron el trato: Don Bosco alquilaba tres de mis habitaciones.

Y todo se transformó. Los cuartos arrendados se llenaron de risas y voces. Unas rústicas mesas de madera albergaban juegos de mesa para los pequeños. Muchachos mayores, curtidos en duros trabajos, acudían por la noche. A la luz de varios quinqués, garrapateaban letras en sus cuadernos. Construían frases. Combinaban números. Adquirían cultura. Me esforcé para acogerles entre mis paredes. Resguardé sus cuerpos del frío. Di cobijo a sus sueños. Yo me convertí en su hogar y ellos pusieron latidos nuevos a mi cansado corazón.

Fugaz fue mi gozo. Los inquilinos protestaron por el bullicio de los chicos. Amenazaron con rescindir sus alquileres. Exigieron el desalojo. Cuando aquellos jóvenes marcharon, se llevaron un retazo de mi vida. Yo quedé aletargado en ese silencio de piedra en el que nos sumergimos los viejos caserones.

Pero la providencia me reservaba nuevas sorpresas. Dos años después sentí sobre mi suelo unas pisadas conocidas. Agucé el oído. ¡Era Don Bosco! Le seguían cientos de pasos jóvenes. Don Bosco me había comprado para convertirme en casa para sus muchachos. Finalizaba mi letargo, renacía la vida. Hice un esfuerzo por mantenerme en pie y no defraudarles.

Pero los años no perdonan. Tuve que rendirme ante la evidencia: mis gruesas vigas, atacadas por la carcoma, ya no tenían fuerza para soportar el bullir de la sangre nueva de aquellos jóvenes.

El joven sacerdote decidió derruirme y levantar un nuevo edificio en mi solar. Mientras me demolían, aún tuve fuerzas para esbozar una sonrisa a través de la polvareda que producían mis ladrillos al caer… Terminé mi existencia en paz. Sobre mi recuerdo Don Bosco iba a construir una casa inmensa y llena de afecto para todos los jóvenes del mundo. ¡Cuánto me hubiera gustado albergar entre mis paredes sus nuevos sueños!

Nota. Diciembre 1845. Don Bosco alquila tres habitaciones en la casa Moretta. En ella se refugiarán los muchachos del Oratorio durante aquel invierno. Se iniciarán las escuelas nocturnas. Ante las protestas de los vecinos el Oratorio abandonará la casa Moretta. Dos años después Don Bosco compra el edificio para albergar a sus huérfanos. Con los años el caserón será demolido.

Fuente: Boletín Salesiano

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