La devoción de Don Bosco a San José

De muchos escritos de Don Bosco se desprende de qué manera el santo piamontés amaba a San José: lo había nombrado patrono del Oratorio, había puesto a los artesanos bajo su protección y lo había proclamado protector de los exámenes de los estudiantes.

En el texto del «Giovane Provveduto» (Joven prevenido) escribe: “San José, habiendo tenido la envidiable suerte de morir asistido por Jesús y María, es considerado el protector de los moribundos. Durante nuestra vida tenemos devoción a San José, para que nos ayude en el momento de la muerte” (El joven prevenido, OE XXXV, 3).

La tarde del 17 de febrero, según las Memorias Biográficas, Don Bosco dijo a sus jóvenes: «Mañana comienza el mes de San José y quiero que todos se pongan bajo su protección: si le piden de corazón, él les obtendrá cualquier gracia que necesiten, ya sea espiritual, ya sea temporal”. (MB VII, 636).

Y en el folleto «Vida de San José», escrito especialmente por él, declara: «¿No debemos creer que entre los bienaventurados que son objeto de nuestro culto religioso, San José, después de María, sea el más poderoso de todos con Dios, y el que más justamente merece nuestra confianza y nuestro homenaje?”.

Don Bosco recurría a San José para todas sus necesidades e instaba a otros a invocarlo. Varias veces a lo largo del año comentaba la eficacia de su intercesión, hacía celebrar la fiesta del mecenazgo el tercer domingo después de Pascua. Se sintió muy feliz cuando, el 8 de diciembre de 1870, Pío IX lo proclamó Patrón de la Iglesia Universal; y en 1871 declaró que en todas sus casas salesianas, el 19 de marzo, se debería observar un día de descanso.

En las iglesias que hizo construir, Don Bosco siempre quiso que se pusiera un altar a San José. De hecho, los peregrinos que, siguiendo los pasos de Don Bosco, visitan la Basílica de María Auxiliadora en Turín y la del Sagrado Corazón en Roma, pueden admirar dos espléndidos cuadros que lo representan, siempre junto a María y Jesús.

En la de Turín, de Tommaso Lorenzone, Jesús entrega a San José unas rosas, que derrama como gracias sobre la casa de Valdocco.

En la pintura romana, de Giuseppe Rollini, el Patrón y Protector de la Iglesia Católica manifiesta majestuosamente esta función, custodiando desde lo alto con una mano la Basílica de San Pedro, que le presenta un ángel arrodillado.

Ambos lienzos están coronados en la parte superior por un par de querubines que extienden una banda, en la que se indica un mensaje para los observadores: “Ite ad Joseph”, “¡Vayan a San José!”.

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