La dinamitera de la lucha de clases

Eres la más singular de las filósofas europeas del siglo XX. Tu vida fue una combinación de abismo y entrega. Tu obsesión fue la lucha en favor de los últimos y los trabajadores. Dotada de un gran talento, jamás te permitiste el lujo de ser feliz. La escritura fue siempre el más puro fluido de tu conciencia, pues tu fecunda inteligencia siempre fue por delante de tu gran destrozo. Enamoraste nada menos que a Albert Camus y falleciste a los 34 años por inanición querida en solidaridad con tus compañeros presos en la Francia ocupada. Adorada Weil, rebelde con causa, nadie sale ileso del caos espiritual de haber amado tan ferozmente el fuego como tú.

            Simone.

            ¿Sí?

            La historia esa de la filosofía, ¿sabes?

            ¿Sí?

            ¿Podemos hablar del tema un rato?

            Si lo deseas… Pero no aquí.

            Estábamos en la cocina, amigo Javier, y Simone Weil tenía una idea un poco rígida de la utilidad de cada espacio en esa casa. En la cocina se cocinaba.

            Si quieres acompañarme, estaba a punto de ir al jardín a recolectar unas plantas aromáticas, dice.

            El jardín, por ejemplo, es un lugar apropiado para hablar.

            El día es luminoso, no muestra ningún rastro de la gruesa neblina que en esta estación, por lo general, importuna ojos y estados de ánimo. Nos quedamos de pie junto al seto de plantas aromáticas, a la sombra mesurada de unos plátanos.

-Siendo uno de los animales más delicados, audaces y extraños que ha dado la filosofía contemporánea, me pregunto cuál es tu origen.

-Mira, soy de familia judía agnóstica, nacida en París en 1909. Mi padre fue médico; mi hermano, matemático. Yo desarrollé desde la adolescencia una tendencia a la literatura y al pensamiento clásico. Pero hay algo más: aunque frágil y desaliñada, miope, flacucha y quebradiza, albergué siempre una molécula de humildad y un fuerte ramalazo de compasión sobre tanto dolor como tantos hombres tienen que padecer en esta jodida sociedad.

-Estudiaste en los más modernos liceos y destacaste por el manejo de un talento profundo capaz de absorber todo sin pedir nada a nadie.

-A los 19 años ingresé en la Escuela Normal Superior de París con las mejores calificaciones que auguraban lo mejor. Pero, además, Paco, encontré allí a Simone de Beauvoir que comprendía mis inquietudes, mis compromisos y mis recursos desesperados cuando hablaba de pobreza o de desorden.

-Conoces de sobra lo que dijo de ti la Beauvoir: “Me intrigaba por su gran reputación de mujer inteligente y audaz. Por ese tiempo, una terrible hambruna había devastado China y me contaron que cuando ella escuchó la noticia lloró. Estas lágrimas motivaron mi respeto, mucho más que sus dotes como filósofa. Envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero”.

            Simone Weil se queda pensativa.

            Observarla es un auténtico realismo mágico.

-Sabes que has sido consideraba como una mística cristiana.

-Me negué a bautizarme por escrúpulos de conciencia, pero todo el mundo sabe que he defendido con vigor y creo que con profundidad el espíritu de pobreza y amor de Jesucristo. Aquello de “los pobres, los mansos, los que lloran, los misericordiosos, los que buscan la paz”.

-Señorita, ¿es usted consciente de sobre quién estamos hablando?

-Escribí que suplicar (rezar) a Dios es intentar grabar los valores divinos en el alma. Y también que sólo en la renuncia y en el desapego podemos comprender la grandeza del Ser Supremo y alcanzar un estado de gracia.

-Asume modales como de misionera redentorista, por decir, dedicada por entero a aliviar la aflicción y el martirio diario de los últimos, ¿no?

-El apego de los material fabrica ilusiones y, por ello, quien quiera tomar conciencia de lo real debe sentir el desapego del que también habla San Juan de la Cruz como expresión de su abandono a la voluntad divina.

-Simone me mira fijamente, con una mansedumbre tan ilimitada que casi parece maldad.

-En última instancia lo único que busco, Paco, es la instauración del reino de Dios en la tierra y, por ello, creo que la tarea más urgente de la política es acabar con la pobreza y dignificar las condiciones de vida de los trabajadores. Para mí, la justicia está por encima de la verdad o, mejor dicho, creo que sólo puede existir la verdad en un mundo que afirme la justicia. No solo que la afirme, que la practique.

-¿Escapar entonces de un mundo tan sucio fue para usted, de algún modo, su misión principal?

-En 1931 abundé en un pensamiento social y político destinado a denunciar las condiciones de opresión de los obreros. Y en la Nochevieja de 1933, en París, al encontrarme con Trotsky, sin dudarlo le vapuleé con una diatriba contra el estalinismo, los designios del comunismo y la falsedad de la situación sociopolítica rusa.

-Señorita, ¿se estaba usted inmolando poco a poco, prendiéndose fuego por los pies?

-Abandoné la docencia en institutos de barrio, en liceos de pueblo, procurando mantener con todo rigor una lejanía de cualquier comodidad (la comodidad es enemiga de la justicia, de la verdad…) y me ocupé como operaria en la compañía eléctrica Alshtom de París. Pero necesitaba más leña, así que pedí el ingreso en la fábrica Renault en Boulogne-Billancourt.

-Eso fue condenarse a sí misma a trabajar jornadas extenuantes en la cadena de montaje o en la prensa industrial.

-La salud se me quebró todavía más. Agotada, humillada y casi vencida, me expulsaron de Renault por escaso rendimiento. Pero yo había encontrado ya las claves de mi biblia revolucionaria y sindical. “Cuando entré en la fábrica la desgracia penetró en mi carne y en mi alma. Nada me separaba de ella, puesto que realmente había olvidado mi pasado y no esperaba ningún futuro, ya que difícilmente podía imaginar la posibilidad de sobrevivir a esas fatigas. Lo que he sufrido allí me ha marcado de una forma tan duradera, que aún hoy, cuando un ser humano me habla sin brutalidad, tengo la impresión de que hay un error. Allí he sido marcada y para siempre, con la impronta de la esclavitud”.

            Amigo Javier, Simone Weil a los 26 años se está convirtiendo en una mártir de sí misma. En 1936 vino a España para luchar en la Columna Durruti a favor de la República durante la Guerra Civil. Empuña las armas a la vez que siente la extraña necesidad de arrodillarse y rezar, rezar. Cada vez pesa menos y abulta más su espiritualidad radical. Escribe, escribe sin parar. Mezcla la mística revolucionaria con el Antiguo Testamento y finalmente recala en Londres para sostener la llama de la Resistencia junto a De Gaulle en la II Guerra Mundial.

            En el mundo de los populismos y de la posverdad, posiblemente necesitemos volver a Simone Weil, cuya coherencia llegó al extremo de dejar de comer como un sacrificio en tiempos de guerra, lo que sin duda le lleva a su muerte prematura por tuberculosis a los 34 años. El poeta T.S. Eliot la llegó a dibujar con sobria precisión: «Amó de verdad el orden y la jerarquía más que muchos que se llaman a sí mismos conservadores. Y al mismo tiempo, amó de verdad al pueblo más que muchos de los que se llaman a sí mismos socialistas».

4 opiniones en “La dinamitera de la lucha de clases”

  1. Agradable sorpresa el encontrar una referencia a esta gran mujer, casi desconocida para las nuevas generaciones. Su inquebrantable coherencia, y su capacidad de compasión siempre sorprenden. Qué falta hace gente con esas actitudes, y con esa perpetua ansia de la Verdad. Gracias por recordarla.

  2. Como vemos, la coherencia es peligrosa, nos empuja «más allá todavía, nos rompe y nos quita la vida» quizás por eso sea denostada, nadie se atreve a ser su compañera…¿Cómo llegar a pensar siquiera a cultivarla? Nos quitaría la vida.
    Mi humanidad crece y vive en mis contradicciones….

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