La escalera del palacio

Una difícil elección

Cada uno de mis peldaños conserva la memoria de historias pasadas. Me construyeron firme y sólida. Durante siglos he sentido las pisadas de condes, marqueses y damas de alta alcurnia. Nunca olvidaré el cadencioso pisar de los zapatos forrados de terciopelo de las damas. Y el suave rozar del dobladillo inferior de sus pomposos vestidos sobre mis escalones.

La dueña del palacio que me alberga era la marquesa de Barolo. Cuando sus pies hollaban mi cuerpo de piedra, todo era distinto. El lujo de mis losas no iba con ella. Vestía sencillamente. Cargaba con las penurias de las familias pobres a las que socorría. Alguna noche sentí cómo se agarraba a mi barandilla: le pesaba el dolor de las mujeres reclusas en la cárcel de Turín con las que pasaba días enteros. La semilla de la fe cristiana había arraigado en ella. Ofrecía una abundante cosecha de obras de caridad.

De aquellos tiempos recuerdo a un joven sacerdote que de tanto en tanto se entrevistaba con mi dueña. Llegaba corriendo. Más que ascender, volaba sobre mi cuerpo de piedra. Subía mis escalones de dos en dos. Su sonrisa rompía la seria gravedad de mi entorno.

Le tomé cariño. Aprendí su nombre: Juan Bosco. Era el sacerdote elegido por la marquesa para dirigir la gran casa de acogida que había construido para niñas enfermas y necesitadas. Pero Don Bosco cuidaba al mismo tiempo de los chicos pobres de la ciudad de Turín. Les ayudaba a ascender por esa otra escalera inmaterial denominada: «esperanza».

Pero aquel luminoso horizonte se oscureció muy pronto. Recuerdo todavía aquella infausta mañana. Juan Bosco ascendió lentamente. Había desaparecido la luz de su sonrisa. A instancias de la marquesa, debía elegir entre ser el director de su institución para las chicas o atender a los muchachos de la calle. Ambas tareas eran incompatibles.

Y eligió… Optó por todos y cada uno de sus chicos. Abandonó la seguridad de la fundación de la marquesa.

Tras la amarga elección descendió abatido por mis peldaños. Intenté decirle que él tenía fuerza para superar las empinadas gradas de una vida entregada a los jóvenes. Pero mis losas no atinaron a pronunciar palabra alguna. Jamás volví a verle.

Cuánto me gustaría encontrarme nuevamente con Don Bosco, aunque fuera tan sólo un instante. Le comunicaría un secreto: la marquesa de Barolo jamás le olvidó. Descendió muchas veces por mis peldaños para ayudarle calladamente en su tarea de cuidar a los chicos de la calle… porque él, probablemente, nunca llegó a saberlo.

Nota: La Marquesa de Barolo (Julieta Colbert) contrata a Don Bosco como director de Santa Filomena, una obra para acoger a muchachas necesitadas (MBe II, 179). Preocupada por la salud de Don Bosco, le obligará a elegir entre dirigir su obra o atender a los muchachos de las calles de Turín. Don Bosco elegirá a sus muchachos (MBe II, 346-348).

Fuente: Boletín Salesiano

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