La granja

Forja de coraje y fortaleza

Era yo la mejor granja de los alrededores. Mi cuerpo estaba formado por varios edificios: establos, graneros, henil, lagar, bodega y viviendas para la familia Moglia.

Me hallaba rodeada de fértiles campos que garantizaban pródigas cosechas. Mis prados ofrecían pastos. Y más allá, los viñedos. Robustas cepas y pámpanos verdes: promesa de futuros racimos.

Mi vida transcurría al ritmo de las estaciones. En invierno, frío y naturaleza aletargada. En verano: voces y alegría; trabajo y sudor; siega, trilla y vendimia.

Él llegó a mí una fría tarde de febrero. Tendría unos doce años. Llevaba los zapatos embarrados. Venía de lejos. En el fardo que pendía de su hombro guardaba dos camisas y dos mudas preparadas por su madre; escaso equipaje para transitar en soledad por los senderos de la vida.

El sol mortecino de la tarde alumbraba la escena. El muchacho se dirigió al señor Moglia. Pidió un trabajo. Sus palabras eran un lamento. Por sus ojos asomaba una tristeza infinita.

Ante la negativa del señor Moglia, el pequeño suplicó. Su voz se transformó en quejido y el quejido en llanto. Explicó que le enviaba su madre Margarita, que su hermanastro Antonio le maltrataba, que necesitaba trabajar fuera de su hogar…

El señor Moglia zanjó la cuestión: «Muchacho, regresa a tu casa. En invierno no hay trabajo. Dile a tu madre que no puede ser». El chico se sentó sobre el frío suelo de la era… Escuchó otra rotunda negativa: «En invierno no hay trabajo. Adiós».

Pero, cuando todo parecía perdido, la Providencia le hizo un guiño desde los ojos de una madre. Dorotea, la esposa del señor Moglia, se interesó por él: ¿Cómo te llamas? ¿Quién es tu madre? ¿Quieres quedarte con nosotros? Y Juan Bosco comenzó a trabajar como vaquero, mozo de cuadra y campesino.

La presencia de aquel muchacho es lo mejor que me ha ocurrido. Fue ejemplo de trabajo y coraje; de responsabilidad, oración y alegría. Incluso creó un Oratorio para entretener a los rapazuelos los domingos por la tarde. Viéndole comprendí que mi paisaje de granja no terminaba con el horizonte de mis campos.

Permaneció dos años junto a mí. Me transformé en hogar para él. Procuré hacerle feliz… pero no lo conseguí. En su mirada siempre hubo una sombra de tristeza y nostalgia. Juan añoraba a su madre. Sufría la separación. Deseaba estudiar para llegar a ser el sacerdote amigo de los jóvenes… y no podía.

De esta historia han transcurrido casi dos siglos. Gracias a él sigo en pie. Mis muros restaurados han vivido recientemente una fiesta inolvidable: he renacido nuevamente a la vida. En torno a mí se reúnen personas de toda raza y cultura. Son los herederos del sueño de aquel chaval al que un día cobijé entre mis muros de granja. Valió la pena: Juan Bosco es hoy casa, hogar y promesa de futuro para todos los jóvenes del mundo.

Nota: Junio 2016. Los salesianos inauguran la reconstruida Granja Moglia. En ella transcurrieron los dos años más duros de la infancia de Juan Bosco (1828-1829). Lejos de su hogar y de su madre hubo de trabajar como mozo de cuadra y peón. Superó todas las dificultades con la fe en Dios y con su admirable capacidad de esfuerzo y coraje. (MBe I, 168-181).

Fuente: Boletín Salesiano

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