La herrería

Fraguado en la fortaleza

Era yo la herrería de Castelnuovo. Me regentaba Evasio Savio: excelente herrero, buena persona y mejor cristiano. Mi dueño era un hombre trabajador. El ruido del martillo golpeando mi yunque no cesaba en todo el día. Atendía a sus convecinos. Entregaba los trabajos con puntualidad. Forjaba azadones, hoces, picos y rejas de arado. Restañaba ollas estropeadas. Herraba con esmero a los caballos… Gracias al señor Evasio, mi fama creció. Me convertí en una de las mejores herrerías de la contornada.

Un buen día franqueó el umbral de mi puerta un muchacho de unos quince años. Llevaba unos libros bajo el brazo. Cabello ensortijado. Anchas espaldas. Mirada despierta. Se quitó respetuosamente el sombrero campesino que cubría su cabeza. Con educados modales se dirigió a mi dueño. Suplicaba poder trabajar en la herrería.

Tras varias preguntas, mi patrono constató la inexperiencia del chico en el oficio del hierro. Tan sólo era un campesino ligado desde pequeño a los campos del cercano caserío I Becchi.

Le respondió negativamente. El muchacho, lejos de arredrarse, imploró una y otra vez. Durante unos minutos se cruzaron los ruegos del chaval con las negativas del patrono, que resonaban como golpes de martillo sobre el yunque.

Finalmente decreció la intensidad en la voz del joven. Agachó la cabeza. Bajó los hombros… Derrotado, se dirigió hacia la puerta.

De pronto, cuando ya estaba a punto de cruzar la cancela, se giró. Con voz firme afirmó: “Necesito trabajar para poder estudiar; y necesito estudiar porque quiero llegar a ser un sacerdote que cuide de los niños y los jóvenes: un sacerdote distinto”.

Al oír estas palabras, mi propietario quedó pensativo. Aunque frecuentaba asiduamente la iglesia de Castelnuovo, nunca había escuchado nada igual. La duda socavó su inflexible decisión.

Al día siguiente comenzaba a trabajar como aprendiz de herrero aquel muchacho llamado Juan Bosco. Provisto de un viejo delantal de cuero, atendía a las indicaciones del herrero. Durante meses tuve la oportunidad de observarle. Nunca se quejaba. Sonreía. Ponía la vida en cada tarea. Aprendía. Miraba al futuro. Sus manos encallecidas eran las mismas que abrían los libros que estudiaba para llegar a cumplir su misión: ser el sacerdote de los niños y los jóvenes.

Terminado el curso, Juan Bosco dejó de trabajar en mi interior. Su ausencia me llenó de nostalgia. Una noche, cuando ya había cesado mi ruido y trajín, deseé con todas mis fuerzas que Juan Bosco llegara a hacer realidad su sueño. Y le pedí a Dios que le hiciera como yo: una herrería llena de vida. Fuerte como el hierro. Resistente como el yunque que aguantaba los golpes del martillo sin quejarse. Apasionado como el fuego de mi fragua. Dispuesto al trabajo como las herramientas que nacen en mi interior. Útil como las herraduras que posibilitan largos caminos…

De aquel encuentro han transcurrido muchos años. Ahora que estoy a punto de sumirme en el letargo oxidado de las herrerías abandonadas… me pregunto: ¿Escucharía Dios la súplica que elevé por aquel muchacho?

Nota: Castelnuovo. 1831. El joven Juan Bosco, para pagarse el alojamiento y los estudios, “trabajó en la herrería de Evasio Savio, buen herrero y excelente cristiano. Aprendió el arte del hierro en la fragua, con el yunque, el martillo y la lima” (MBe. I, 200).

Fuente: Boletín Salesiano

1 thought on “La herrería”

  1. Las narraciones de Pepe son un regalo para el mundo salesiano. No olvidemos que, como ya prodigaba Juan Bosco, el arte de contar se convierte en una herramienta muy útil para el aprendizaje y la educación.

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