La hora de la educación

Las imágenes de las revueltas de jóvenes en Barcelona y otras ciudades nos han dejado a todos boquiabiertos. No dábamos crédito a lo que veíamos. Una policía asediada recibía pedradas, botellazos, escupitajos e insultos por jóvenes que, perfectamente coordinados, vandalizaban lo que encontraban a su paso.

Pero no fue sólo eso. La clase política miraba entonces hacia otro lado o intentaba dar explicaciones poco plausibles, cuando no deleznables, cantando las excelencias de la lucha por la libertad, mientras otros -que no decían ni esta boca es mía ante los hechos- no manifestaban ningún apoyo a su propia policía. Las descalificaciones e insultos que se lanzaban los políticos entre sí eran semejantes a las piedras y objetos que lanzaban los jóvenes en las calles.

Por otra parte, y durante este tiempo, elecciones, mociones de censura, destituciones, inhabilitaciones, dimisiones, pactos secretos, ceses de responsables públicos y otros desencuentros se desparraman por nuestra geografía mostrando un importante deterioro social y una irresponsabilidad política de libro. Sistemáticamente, cuando un político tiene que opinar de otro de un partido diferente, utiliza el menosprecio y el insulto para referirse a él.

Cada vez más el ciudadano de a pie se siente perplejo ante un espectáculo semejante cuando una pandemia sigue cobrándose vidas, la pobreza es mayor y cuando la unidad es más necesaria que nunca. Todos estos groseros vaivenes políticos resultan impúdicos movimientos de personas aferradas al poder y al sueldo, incapaces de mirar a su alrededor, ignorando el dolor de un pueblo que se empobrece cada día.

Y en medio, los jóvenes, los chavales, los chicos y chicas que ven un futuro poco esperanzador, mientras los encargados de abrirles la ilusión andan a la greña disputándose sillones y pingües salarios.

Por eso creo que es hoy, más que nunca, la hora de la educación. A los educadores y educadoras nos toca la difícil misión de devolver la esperanza a nuestros jóvenes, de animarles a la solidaridad y la honradez a pesar de los malos ejemplos de muchos -no todos, claro- mandatarios electos; de difundir la cultura del diálogo y la paz, contrariamente al lenguaje agresivo y faltón de nuestros políticos; de presentar la reverencia ante el misterio del ser humano, a pesar de que lo religioso se quiera arrinconar y presentar como trasnochado; de promover la cultura y el respeto a todos, pese a que en algunos parlamentos reine el griterío y la confusión.

Es la hora de la concordia. Es la hora de la educación.

1 opinión en “La hora de la educación”

  1. Josan, muy acertado como siempre. Lo realmente alarmante es que nos caminamos hacia el trumpismo de hinchada. No hay debates, sino lanzamiento de opiniones, que nada tienen que ver con el ejercicio crítico del pensamiento. Es confirmar lo que uno ya cree saber, leyendo panfletos partidistas, y jaleando las gracias de la propia hinchada. Ya no hay ideas de referencia. Lo que cuenta es el ruido que se hace. Lo peor es que esta forma de pensamiento acrítico se generaliza entre la ciudadanía. Hoy no se piensa… se repiten consignas. Se lanzan opiniones sin fundamento y con muchos decibelios. Y dicen que piensan.

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