La huida a paraísos artificiales

Es una de las huidas más rápidas. El nombre lo acuñó Charles Baudelaire (1821-1867): “paradis artificiels” (1860). Este autor vivió en medio de una gran melancolía que exorcizaba con opio y con hachis, algunas de las drogas más comunes y al alcance de su mano.

Pero Baudelaire no es un caso aislado; otros muchos grandes literatos acudieron a las drogas, o a la ingesta de grandes cantidades de alcohol: Edgar Allan Poe, Jean Cocteau, Ernest Hemingway, etc. La lista podría continuar hasta el presente.

No es la droga como fuente de creación literaria, sino la droga como recurso ante el gran aburrimiento en que se vive. No se trata de un aburrimiento cualquiera, sino la acedía, el ennui (Pascal) y el Weltschmerz juntos. Pascal lo describe de un modo magistral en sus Pensées (529): “Nada es tan insoportable para el hombre como estar en pleno reposo, sin pasiones, sin quehaceres, sin divertimiento, sin aplicación. Siente entonces su nada, su abandono, su suficiencia, su dependencia, su impotencia, su vacío.

Inmediatamente surgirán del fondo de su alma el aburrimiento, la melancolía, la tristeza, la pena, el despecho, la desesperación” (p. 194).

A los paraísos artificiales se llega solo con drogas narcóticas y alucinógenas. El ser humano desde antiguo ha conocido diversas sustancias: en los relatos de Herodoto, en los Diálogos platónicos y en Las mil y una noche se habla de estas cosas. Las drogas se extraen de algunas plantas, muy pocas, y después se elaboran químicamente.

Una vez llegado al paraíso, el fugitivo inicia una travesía, un viaje. Cada sustancia proporciona unas sensaciones diferentes, pero ningún viaje es igual ni pasa desapercibido para quien lo inicia ni deja indiferente a quien lo intenta.

Antonio Pau compara la droga con la manzana de la tentación genesíaca: “La mejor metáfora de la droga es la manzana del Génesis. Es posible incluso que no fuera una manzana, sino una cápsula de amapola, un cogollo de marihuana o una raya de coca. La serpiente prometió la felicidad a la primera pareja. El día que comáis del fruto prohibido ‘serán abiertos vuestros ojos y seréis como dioses’ (Génesis 3, 5). Pero, cuando al fin comieron, no llegaron al paraíso, sino que fueron expulsados de él (Génesis 3, 24). La droga, que se toma como liberación, acaba condenando a la pérdida del paraíso, a no hacer pie en lo único que sostiene en la vida, que es la realidad. Por una liberación fugaz se pierde la libertad para siempre” (p. 196).
Es una buena metáfora y una magnífica explicación de los “paraísos artificiales”.

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