La libertad del zorro. Una alegoría para entender el neoliberalismo

“Si en la región ves la opresión del pobre y la violación del derecho y de la justicia, no te asombres por eso. Se te dirá que una dignidad vigila sobre otra dignidad, y otras más dignas sobre ambas” (Qoélet, 5, 7-8)

Había una vez una granja situada en medio del campo. Estaba muy bien defendida, de forma que ningún ataque de los muchos zorros que abundaban por la zona pudo  nunca vencer las resistencias de las fuertes alambradas que protegían la seguridad de los volátiles. Hasta que un día, la comunidad zorruna decidió enviar una delegación al dueño de la granja para que pusiera fin a tan injusto trato y les quitara las alambradas. De esta forma podrían ejercer su libertad de ser zorros, sin trabas ni frenos que les impidieran acceder a todos los lugares de la granja. 

Ésta es una buena alegoría del neoliberalismo. Esa doctrina económica que pretende pasar por científica y que solo es una ideología para justificar la desaparición de las alambradas que protegen a los débiles de la voracidad del mercado. 

Esa corriente de opinión, que se originó en el siglo XVIII con la Ilustración, exalta la libertad del individuo frente al poder y promueve la no intervención del Estado en asuntos económicos, para así favorecer el desarrollo del mercado, porque – siguiendo sus postulados- el mercado se regula a sí mismo. 

El liberalismo económico inspiró todo el siglo XIX, y estuvo pujante hasta el “Crack de 1929”. Luego vino la segunda guerra mundial, y después de ésta, un período de estabilidad financiera conseguido por las leyes inspiradas por el presidente Roosevelt, por las que se ponía coto a los bancos, (Ley Glass-Steagall) para evitar otra crisis. Como resultado, el mundo conoció cuarenta años de estabilidad financiera, interrumpida en los años setenta con la crisis del petróleo. Fue un período durante el cual las gallinas pudieron estar tranquilas, protegidas por fuertes alambradas. Fueron los años del “American Dream” (el “Sueño americano”), en los que el obrero industrial norteamericano disfrutaba de los más altos salarios del mundo. A partir de la caída del muro de Berlín, ha habido una fuerte corriente contra el modelo de estado del bienestar, propiciada por Milton Friedmann y la escuela de Chicago. 

Friedman es uno de los precursores de la teoría del estado mínimo, pues según ellos, el estado no hace más que estropear las cosas cuando se mete en cuestiones de economía, pues genera una burocracia ineficaz, pesada y absurda. El principal dogma del neoliberalismo es el “laissez faire, laissez passer”. El Estado no debe inmiscuirse en cuestiones que atañen a los individuos. Así que la sanidad, la educación o la vivienda se deben organizar según los acuerdos que personas libres generan entre ellos. El papel del Estado es garantizar el ejercicio y disfrute de los derechos individuales. De derechos sociales, ni hablamos. En resumidas cuentas, las alambradas son innecesarias, pues impiden el legítimo ejercicio de la caza a las cándidas zorras. Ni que decir tiene que jamás preguntaron su parecer a las gallinas. 

Nuestra Constitución comienza con una frase que es toda una declaración de intenciones: “España se constituye en un Estado social democrático de Derecho”. “Estado social” quiere decir que es competencia del Estado velar por el interés de los ciudadanos, no solo los derechos individuales, sino también con los derechos sociales, como el derecho al trabajo, a la prestación de la vejez, vivienda, sanidad universal, etc. Estos derechos reconocidos están agrupados en nuestra constitución en el título 2: “Principios rectores de la vida social y económica”, Los derechos individuales, a su vez, están agrupados en el título 1. Es cierto que el grado de compromiso del Estado con la salvaguarda de los derechos sociales es menor que en el caso de los primeros, pero que en la Constitución se garantice el derecho a la vivienda, no supone que el Estado tiene la obligación de dotar a cada ciudadano de una vivienda, pero sí el de “facilitar las condiciones necesarias para hacer efectivo este derecho”. El compromiso del Estado de velar por los derechos de los trabajadores es una alambrada que defiende a las gallinas. Porque, de no mediar una autoridad, los débiles son presa fácil; y de no intervenir el Estado, los derechos sociales se convierten en un brindis al sol. Se entiende que a las zorras les molesten las alambradas, pero el colmo sería que fueran las propias gallinas quienes pidieran su abolición. Pero la peor pesadilla para las gallinas sería que las propias zorras tomen la dirección de la granja, y -aún peor- sean las gallinas quienes las elijan para este menester. 

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