La morera

El árbol de la vida

Todo cambió cuando llegaron ellos. Los silencios de mis inviernos se poblaron con sus voces. Descubrí un motivo para esperar la primavera. Mi sombra resguardó del sol del verano a los muchachos de Don Bosco.

Yo era una morera: un árbol recio crecido junto a la tapia de la casa Pinardi. Desde mi altura contemplé cómo aquel pobre edificio se transformaba en hogar y escuela para los chicos necesitados de Turín. Tanto me apreciaba Don Bosco que me ponía frecuentemente como ejemplo a sus muchachos. Debían ser como yo: las raíces fijas en el suelo para soportar los vendavales de la vida; el tronco firme, creciendo hacia lo alto pero sin olvidar la tierra. Las ramas repletas de hojas para regalar su sombra en el estío.

Nunca olvidaré aquella tarde en la que, sin dejar de ser una morera, me convertí en “el árbol de la vida”. El sol se ocultaba. Los muchachos regresaban. Él llegó corriendo. Sentí como sus brazos jóvenes se agarraban a mi tronco. Trepó con rapidez. Intuí su desesperación. Le ayudé a que se acurrucara entre mis ramas. Cuando quedó quieto, percibí su respiración jadeante. Me entristecí al escuchar sus sollozos. El chico tenía un ojo enrojecido. Por la comisura de sus labios reventados fluían finos hilillos de sangre. Temblaba de miedo. Convertí mis ramas en unos brazos inmensos para protegerle.

Inmediatamente llegaron ellos. El hombre blandía una gruesa vara entre sus manos. La mujer gritaba. Ambos buscaban al muchacho que yo escondía entre mis ramas. Con la fuerza de una tempestad entraron en el Oratorio. Entre maldiciones y blasfemias preguntaron despectivamente por el cura. Varios chiquillos se arremolinaron con mirada curiosa. Presté atención. Con horror descubrir que aquel hombre y aquella mujer ¡eran los padres del muchacho! Me costó creerlo porque hasta los árboles protegemos a nuestros brotes y renuevos. Tras unos minutos de tensión el hombre y la mujer marcharon. Regresó la calma.

Cayó la noche. Sentí cómo el muchacho descendía por mi tronco. Con voz queda llamó a Don Bosco. Junto a la puerta le suplicó entre sollozos: “Usted me dijo un día que acudiera al Oratorio si me maltrataban otra vez. Aquí me tiene. No quiero aguantar nuevas palizas ni soportar más hambre”.

El sacerdote de los jóvenes le miró con infinita ternura. Conocía al muchacho maltratado. Le abrió las puertas del Oratorio de par en par para que hallara el calor y la dignidad de un hogar.

Así fue como, sin dejar de ser una morera crecida cerca de la tapia del Oratorio, me convertí en “el árbol de la vida”. Aquel muchacho se formó junto a Don Bosco. Hoy es sacerdote. Aunque han pasado los años, siempre que regresa se me acerca, mira hacia lo alto y acaricia mi tronco con agradecimiento y ternura. Proteger aquella vida dio un nuevo sentido a mi existencia.

Nota: Primavera de 1848. Félix Reviglio es un muchacho que sufre maltrato en su casa. Huye de sus padres que le persiguen. Al no encontrar a Don Bosco se refugia en la copa de una morera que crece junto al Oratorio. Al caer la noche desciende. Será el segundo muchacho acogido por Don Bosco. (MBe III, 268-269).

Fuente: Boletín Salesiano

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