LA MULTA

UN VIENTO, ESTE FRANCISCO

Los puretas que habitan fuera de mi código, de mi interés y de mi escenario, cuando llegan estas fechas, pueden llamar a mi puerta, junto a Jorge Luis Borges, abrazados “a la vasta y vaga y necesaria muerte”.

El caso es que mis padres tenían un maravilloso baúl, cubierto con una bonita colcha en su alcoba. Abrirlo de vez en cuando, en compañía de mamá, era peregrinar a la misma Granada, o al día de los Reyes Magos, o casi casi, a los cumpleaños.

Las tinieblas, Señor, son una de tus maravillas.

Una tarde de invierno, que se marchó la luz, cosa frecuente en posguerra, mamá encendió una lamparilla, y engoznados a la omnipotencia del rostro de mi madre, nos dispusimos los tres a la solemne apertura del baúl.

– Chicos, esta tarde es tarde de baúl.

Esas palabras derritieron instantáneamente mis castillos sobre el baúl como la cera.

– Guardad en vuestra memoria este momento como uno de los recuerdos más preciosos de la vida.

– Mamá –dijo mi hermano Román– qué guapa estás en esta foto.

– ¡Y qué grande es! –añadí yo.

– Y éstas, y éstas, cuántas, mamá, estás vestida de mora.

– ¿Es en La Alhambra?

– ¿Fuiste mora, mamá?

– ¿Iremos a Granada algún día?

– Sí, mamá, tenemos que ir… a ver a la abuela.

Mamá sonreía y no decía nada.

Su boca era una cinta quemada de silencio.

– Descalzaos, chicos. Poneos cómodos sobre la alfombra.

Me puso en alerta un papel. Sí, sí, un papel. Parecía un diploma.

– Mamá, dice que un tal Alejandro…

– Sí, hijos, es la partida de bautismo de vuestro hermano mayor.

– ¿Alejandro? ¿Pero no soy yo, mamá?

La emoción me embarga.

Mi apetito por la curiosidad fue siempre insaciable.

He perseguido la emoción sin descanso hasta hoy.

– Alejandro murió, chicos, hace varios años, antes de nacer tú, Paco, en 1940.

– Pero, cómo, mamá.

– Nació, hijo, muerto.

– Pero, mamá, nacer se nace vivo; cómo se va a nacer muerto.

– Mamá, si nació muerto, por qué lo bautizaron.

– Porque antes de nacer estuvo vivo en mí un tiempo. Llegó una enfermedad y se lo llevó.

– ¿La enfermedad entonces fue una bendición?

– Por eso lo bautizamos, porque estuvo vivo y para que fuera al cielo.

– Este papel lo certifica, ¿no?

– Por eso se llama certificado de bautismo. Certificado de que estuvo vivo y de que está al fin donde un cristiano desea estar.

Mamá siempre era portadora de signos de luz, de vida.

Yo intentaba entender a mi madre porque venía de la misma orilla.

En sus trabajos domésticos había un compromiso fabuloso con la realidad, sólo que esa realidad parecía un simple cuarto de jugar.

– Chicos, nada es sólo lo que vemos.

– Como mucho es sólo una representación.

– El Manzanares no es lo que vemos del río, pues al fondo hay más, mucho más.

– ¿El espejo del baño?

– El espejo es más que lo que refleja.

– ¿Un vaso?

– Es más que lo que puede contener.

– ¿Una nube?

– ¿Los vecinos?

– ¿Los amigos?

– Son todos mucho más de lo que vemos.

– ¿De dónde vienen los niños?

– ¡De París!

– ¿Y quién los trae?

– ¡La cigüeña!

– A ti, Paco, te trajo San Francisco.

– ¿San Francisco?

– Y a ti, Román, también.

– Se lo pedía todos los días, todos, y llegasteis sanos y salvos. Él apartó la enfermedad.-

– Con Alejandro, y Antonio y David no llegó a tiempo.

Me parece seguir escuchando la voz de mi madre, hundida en el pozo de su ser y del haber sido y “de la vasta y vaga y necesaria muerte”.

– A vosotros os trajo el viento de San Francisco.

Amigo Javier, estar al tanto de algo así, desde pequeños, permite esquivar el fanatismo, aunque no te lo creas. Es una forma de descreer.

Descreer así, junto a tu madre, es una manera, directa y limpia, de tener fe en lo verdaderamente importante. Sirve para burlar sentimientos y más todavía supersticiones morales de cualquier tipo de religión.

El viento de Francisco.

Un viento, este Francisco.

“San Francisco era un hombre flaco, pequeño y vivaracho; fino como un hilo y vibrante como la cerda de un instrumento músico y en sus movimientos semejante a las flechas del arco. En su exterior debe haber aparecido semejante al esqueleto frágil y oscuro de una hoja de otoño bailando eternamente ante el viento; pero, en realidad, el viento era él”.

Esto escribió de Francisco el agudo Chésterton que tanto amó y estudió figuras tan aparentemente dispares y tan realmente cercanas como Domingo de Guzmán, Tomás de Aquino y Francisco de Asís.

Hermano viento / Hermano río.

Hermano espejo / Hermano vaso.

Hermana vida / Hermana muerte.

– A vosotros os trajo el viento de San Francisco.

Con el hermano Francisco uno aprende a no divinizar absolutamente nada. Lo que ves casi nunca es lo que crees, y así todo derecho derecho hasta reírte mucho, porque para el de Asís hasta un leproso importa mucho más que cualquiera de los dioses. El hermano Francisco señala a los solemnes, a los magníficos, a los vanidosos, a los violentos, a esos adultos que se retiran peligrosamente a sus despachos interiores y de ahí no salen.

Esos despachos los convierten en cavernas. Esa combinación es imbatible y permite aguantar lo que haga falta, hasta la victoria, su victoria.

¿De verdad?

Tengo la sospecha de que estamos rodeados de cavernas. Y no sé si Francisco es la solución, aunque puede ser la multa.

Un viento, este Francisco.

Los amigos de su padre, maese Pietro Bernardone, rico comerciante en paños, se reían en sus propias barbas: “¡Vaya un chico que te ha salido! ¡En dos días te hunde el negocio con tantas generosidades y dispendios!”.

Delgadito y escurridizo; hábil, generoso y divertidísimo, guaperas y jefe de basca tumultuosa, provocador y tuno de los tunos, Francisco con veinticinco años sienta la cabeza. Pero de la forma más inopinada y contraria a los intereses del padre.

Deja las juergas y galanteos, se pone a reconstruir iglesias “por expreso mandato del Señor Jesús”, según él; besa a los leprosos, reparte a manos llenas y para nada parece sentirse interesado en el debe y el haber de la fábrica de paños y tintes.

Un día, el domine Pietro, harto de tanta extravagancia, toma al muchacho, lo arrastra literalmente por las calles de Asís y lo encierra en la ratonera de su casa. Desesperado denuncia al obispo las locuras extravagantes de su hijo, ese loco y freake consentido.

Es el momento. Garaia da.

“Siempre a un mayor gozo, precede un mayor dolor” (San Agustín).

Francisco, el mozo juerguista y bullebulle hace lo increíble para regocijo y diversión de sus paisanos. Se despoja de sus ropas. Y, totalmente desnudo, sale de Asís y sigue su camino.

Perdura la voz de mi madre de aquella tarde, más que su rostro.

Desapareció el baúl, impregnado de hechizos.

Hoy mi vejez sonríe al mundo desde su aceptación de la multa.

Mi padre, mi madre, mi hermano Román, y mis “hermanos no nacidos”, mis tíos y primos, aunque nombrados y bautizados ya marcharon. Mi viaje hacia ese invierno parece haberse detenido en este otoño doméstico que deslumbra.

Quiero contemplar la altiva belleza de mi madre, con seis partos, y de todas las madres de posguerra, que sufrieron la guerra, envueltas en toquillas, faldones y velos negros, que olían a gnomos intocables, a hadas infantiles, a enanos simpáticos, que atisbaban, felices todas, una vida eterna.

Nada, nada, es sólo lo que ves, como mucho una representación.

Hoy se vende el propanol como champán.

Verás el día en que se enteren los dioses lo que entendía mi madre Nieves y las madres de posguerra por baúl, por río, por vaso, por nube, por viento.

1 thought on “LA MULTA”

  1. Imaginativa y realista narración de Don Francisco de Coro. Una mirada al pasado, a los pretéritos años cuarenta y a una infancia revestida de recuerdos familiares prósperos y adversos que han forjado un mosaico de ideas y razonamientos que nuestro autor moldea con su inventiva escrituraria. Nítida mención a San Francisco de Asís, el santo de juventud licenciosa que enderezó su existencia por ser un elegido de Dios. Mi elogio a Don Francisco por hilvanar una sentida narración con remembranzas de la infancia que tienen su origen en un misterioso baúl. Un cofre legendario que albergaba los tesoros familiares encriptados y los secretos que otorgan fundamento a esta vuelta al ayer.

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