LA OTRA NOCHE

Amigo Javier, no podía dormir la otra noche y no se me ocurrió nada mejor que vestirme y bajar a la calle.

Hacía tiempo que no paseaba las calles de mi barrio a esas horas. Eran las dos y cuarto de la madrugada. El silencio se hizo fuerte, a medida que avanzaba por calle de Atocha hacia Sol, roto de vez en cuando por un ladrido, por un eructo, por una risa áspera.

Debo decirte, antes de seguir adelante, que uno de mis inapreciables tesoros de mi interesante biblioteca es la Obra Completa de Don Francisco de Quevedo y Villegas, edición noble y en piel del año 1945. Y debo decirte y aquí que con él me he sentido y me siento millonario, puesto que desde muchacho ha sido mi guía ético y humano, uno de mis misales de cabecera, el sur de mi vida, puesto que el norte fue siempre el evangelio de Lucas, sin comentarios. Me aturden, oye; y hoy me exasperan.

Bien; me crucé con seis o siete personas. Otras dormían en sus cartonajes entre desperdicios y orines. En algún soportal bebían en grupos de dos o tres muchachos, muy pasados todos. En el hueco de cajeros automáticos se pinchaba alguna cuarterona y algún hidropésico de manos amorcilladas. Todo algo fieramente humano y roto, quizá estropeado.

No sé cómo me encontré en la calle Zurita. Hubo quien se quedó colgado en ese alero y ya no está. Hubo quien se asomaba en el último piso de la corrala, número 45: mi tía Lucía Bustos, mi tío Quili y Ninín, mi primo favorito y también me faltan. Hubo una familia, los Juárez, que vivían en el tercero exterior del 35, que llevaron sus cuatro hijos a Salesianos Atocha y sólo queda Ángel, de mi edad, medio aparcado, entre calle Barcelona y Benidorm.

Lanzo risas a la atmósfera, como Sabina.

Pensaba en esto y en otras cosas sueltas cuando estaba a punto de cerrar septiembre. Y en cómo un paseo de desahogo, con luz bastante indecisa, me echaba encima un roción de memoria. De recuerdos. De certeza sobre ciertas historias que ya no volverán a ser del mismo modo, porque soy otro y he enterrado los amigos y familiares de aquellas noches.

Manolín, el de las bicicletas. Julito, el de la Renfe. Pepito el del carnicero. Rosarito, Paquita y Pepita, las Boluda de Murcia. Toni, el de los Embid. Pepe Rincón, el de calle Bolibar, un referente musical del barrio y de las barras de Lavapiés. Le echo de menos, cuando íbamos en el tope del tranvía de Legazpi a Paseo de las Delicias con Vizcaya.

Y así me gusta.

Del paisanaje periférico a la plaza de Atocha.

Desplegándonos ante los ojos rencorosos del Madrid de posguerra.

Lavapiés. La calle.

La sinagoga en sus tiempos.

La realidad convulsa de las noches, de las resacas.

Las mil aristas de sus gentes son mucho más entretenidas para pasar los trances de la vida.

Y para entenderla hay que mirar atrás.

Las ideas que trajeron la revolución “Gloriosa” de 1868 aquí estaban asentadas desde antes del siglo XVI, donde la tierra, la propiedad y la libertad eran el gran reclamo. También el motor de muchas revueltas anteriores, con capilla protestante, coordinada por el padre Cabrera.

Mi barrio necesita las revueltas.

El pueblo de Madrid necesita las revueltas. El pueblo de Madrid necesita las leyendas. Es parte de su identidad, igual que necesita creer en la utopía. San Isidro y el agua del pozo. San Cayetano y sus barquillos. La Almudena y sus murallas. San Lorenzo y sus verbenas. La “Carbonera” y sus monjas. La Paloma y su zarzuela.

La zarzuela. Ese género grande de nuestra ópera chica y de corrala con temperamento.

Plaza del Progreso / Tirso de Molina.

Teatro Apolo. Los Morancos. Sara Baras.

Casetas de flores y de periódicos. Docenas de cubos de basura con envases, comida desechada, plásticos, latas, propaganda.

Desde la estatua del fraile “más verde”, que no ecologista, arranca la calle Magdalena, donde los salesianos, a principios del siglo XX, pusieron Colegio Mayor en el número uno, con los exalumnos de Utrera, matriculados en la Central de Madrid. La denominación del momento fue “Pensión San Luis Gonzaga”. Un original de los Estatutos se conserva en mi biblioteca, junto a las Completas de Quevedo.

Ya en la Puerta del Sol. En el mero centro del centro.

Bajo el monumento de Carlos III, “el mejor alcalde, el Rey”.

Mi cabeza cae bajo la inmensa hoz de su silencio.

Allí enfrente, a la izquierda, estuvo la Librería San Martín, en la confluencia con Carretas, donde asesinaron al Presidente del Gobierno, José Canalejas. Me ayudó a conservar intacta la música de mis deseos: los mejores libros de la España contemporánea.

Volviendo la cabeza a la derecha, en la esquina con Mayor, La Mallorquina. El asombro de las mejores napolitanas, milhojas y “reinas”. Mi abuela “Mamá Nona” desde la dictadura de Primo, mi madre Nieves desde la República y yo y mi hermano Román desde la posguerra abrazamos la única revolución, que se nos permitía, la de recuperarnos como adolescentes agolpados sobre sus barras devorando “reinas”.

Un día dejamos de ser adolescentes y llegaron otros. Y también será el futuro su monserga, oye.

No lejos, por ahí, detrás, en la calle Barcelona 5, Hijas de la Caridad y Salesianos sacan adelante el proyecto Lumbre, de promoción de la mujer emigrante y de chicos en dificultad.

¿Quién dice que el cristianismo cristaliza en lo etéreo?

En los discípulos de Vicente de Paul y de Juan Bosco la utopía sólo tiene sentido en lo material. Quiero reivindicar aquí la cultura católica, como faro de costa de España, a lo Junípero de Serra, más allá de tantos placebos, y reconocer el legado generacional –hacia delante y hacia atrás– de la obra inmensa de Antón Martín, que no sólo es una estación de Metro, sino el San Juan de Dios de Madrid, de José Calasanz, de Gabriel Tabourín, de Teresa Rodón Asencio, de Vicenta López Vicuña.

Hay muchas más fibras en este gran tejido.

Enfilo calle Alcalá (la florista viene y va).

Lo que presiento es un Madrid de madrugada, que ya empieza a ser otra cosa. Y se nota. Bajo por la gran Alcalá hasta Plaza de Cibeles, y lo hago por la acera acostumbrada, la de la izquierda, sabiendo que vivo en una de las ciudades más febriles y apasionantes del mundo. No me refiero al poder, ni al dinero, ni a la trampa, ni al chanchullo, sino a ese calambre que hace temblar cualquier edad.

Hotel Regina.

Vuelvo a lanzar risas a la atmósfera, como Sabina. Ese exalumno de Salesianos Úbeda.

Al Hotel entran por los balcones los ruidos del día claros y comprensibles. Nítidos y sin sobresaltos. Tampoco amenazan demasiado. Comí aquí todos los días durante los dos años que coordiné el Museo de Ciencias de la Salud y de la Medicina de la Comunidad de Madrid. Más diez años largos, de forma saltuaria, desde mi rincón apartado y reservado para “Lain Entralgo”.

El verano acaba y el desengaño se nota.

Me paro frente a la fachada del Hotel.

El “Regina” se ha desperezado por entero, estirándose como los gatos, hasta en “la dolorosa”. Tiene otro pulso, sin duda para mejor. No le quedaba más remedio, frente por frente, con el recién estrenado “Four Seasons”. Pero aún le queda tiempo. Hay bastantes costumbres que una vez exprimidas se pierden.

Amigo Javier, en días de viento fresco observé comiendo solo y varias veces a Jon Juaristi, el Grande, el humanista, a quien yo llevé a la comisión cultural de mi “Sancho el Sabio” de Vitoria; a José Bono, acompañado siempre de algún juez o magistrado. Solía preguntar a los camareros que quién era yo (“Un simple historiador”, debían responder, previo pago de propina interesante). Comí muchas otras veces con el diputado por Zaragoza, Alfonso Sánchez (qué habrá sido de él). También con algún diputado vasco, por aquello de mis libros (ya te comentaré).

El paternalismo de alguno de mis lectores me desanima y evito confidencias más serias.

Iglesia de las Calatravas.

Cuántas veces, cuántos años, entrando en esta iglesia conventual amortizada temprano. Elevaba una oración a la cruz, que preside el altar, hablo con el Señor y le transmito mis intenciones.

Después la charla consabida con José María Berlanga, rector de la misma, sobre los compis de la Gregoriana: Blázquez, Cantador, Orcasitas, Magaz, Larios, Laboa, Arbeloa, Martín Descalzo, Revuelta, Sanz de Diego, Juan José Asenjo, hombres de pensamiento, sin despreciar la acción, adictos al fulanismo y alérgicos a la teoría.

Deseosos todos al principio de entroncar con la época en que un buen discurso o conferencia o triduo o cursillo podía seducir a los grupos, a las masas.

Éramos todos reporteros convencionales y convencidos del Vaticano II –de la novedad, la vida, la pasión, la democracia– con la cita de prohombres siempre en la boca. Que si Juan XXIII. Que si Pablo VI.

Pero la vida no se gana así y por eso el impacto perfectamente definido de cada generación resulta irrelevante para las aspiraciones de llegar a ser uno mismo.

Amigo Javier, he cumplido ochenta años. Ochenta años alojan, más o menos, tres generaciones. Siempre hay una en la punta y otra en la base. Una pidiendo paso, con mayor o menor educación y otra cerca de la salida con sus manías. Las dos sufren una carga incómoda. Los ancianos por descuido normal (menos en mi caso, que el mejor vascular de España vino a buscarme el 21 de marzo de 2020, cuando yo había arrojado la toalla) y los muchachos por desconfianza de la expectativa vigilante que generan.

Dejo a un lado ya las Calatravas. Sobrepaso Cibeles, Banco de España, Paseo del Prado.

Van a dar las seis de la mañana.

Me invade una emoción compartida, que podríamos llamar el instinto básico práctico, encarnado libra por libra en mí mismo que viví por aquí las consecuencias de la guerra y la posguerra, de ahí nació la fuerza de mis convicciones. Para mí mi oficio de historiador y mi vocación de comunicador nunca fue ni una pulserita ni un himno, ni una banderita, sino un ascensor que tomé en el sótano de mi sacerdocio.

Pequé contra el dogma conservador como progresista a diario, desde los albores en Roma.

Fue siempre mejor para los cátaros no ponerse por delante.

Ya en mi habitación me quedé frito sobre la mesa llena de papeles.

Las Completas de Quevedo vigilan mi sueño y mis ronquidos, creo.

5 thoughts on “LA OTRA NOCHE”

  1. Me imagino al otro Don Francisco de Quevedo paseando contigo a altas horas de la madrugada… genial Don Paco… diría Don Quevedo… que harto o hartible de Madrid se fue a un pueblo de La Mancha de cuyo nombre nunca consigo acordarme…

    1. Un viaje a las profundidades de la noche. Madrid más allá del tópico. Lo que hay en los márgenes de la sociedad, y no queremos ver, contado por un testigo de excepción.

  2. Tu recorrido por ese Madrid de tu niñez, siempre va a llevar la brisa de ese Madrid castizo, donde tu visión de historiador, de profundidad humana, social y cristiana, van dejando una gran sensibilidad de fe.
    La poesía, las metáforas, las observaciones cultas, dejan un buen regusto literario.
    «El pueblo de Madrid necesita revueltas. El pueblo de Madrid necesita leyendas» Es verdad. Madrid, cosmopolita, universal… siempre estará, como esa vela que sostiene la llama del avance de la historia.
    «Quién dice, que el Cristianismo se cristaliza en lo etéreo? Siempre será ese motor de tantos VALORES…
    » Las hijas de la Caridad y los Salesianos, sacan adelante el proyecto «lumbre» por la formación de la mujer emigrante y chicos en dificultad». Maravillosa preocupación social y humana.
    «La utopía solo tiene sentido en lo material».
    «La cultura católica como faro…».
    «El verano acaba y el desengaño se nota». Buena figura poética.
    «Hay costumbres, que exprimidas, se pierden» Cierto, la vida, los caminos de la rutin, pueden agobiar.
    «Tu vigilante sueño, y tus ronquidos de aliento, siempre van a caminar, por las sendas de las inquietudes…
    Paco, tu labor de historiador, tiene siempre las guindas de una buena sensibilidad cristiana, sacerdotal, sociológica, poética y literaria.

    1. Sólo los suyos no reconocen a los mejores….He dicho …Aviso a navegantes… Antonio Casado…Me sorprende que los salesianos no reconozcan a uno de sus mejores humanistas…y profundo no de chichinabo como muchos que conozco..

  3. … Gracias Don Paco me has alegrado la tarde con tus palabras, de noche siempre has brillado más….te imagino con el otro Don Paco de Villegas y Quevedo de paseo los dos tiernos y buenos y por eso mordaces,los dos nocturnos, el otro más descarnado y mundano que tú hablando de lo humano y lo divino… si te hubiera conocido lo mismo no se hubiera ido aquel pueblo de la Mancha que me dijiste y que no me acuerdo nunca harto de los madriles o quizas huyendo de alguna chulapa de Chamberí….un abrazo Don Paco…es una suerte tenerte de amigo y de maestro.un abrazo…

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