La Palabra de Dios cala hondo

A lo largo del día escuchamos, decimos y leemos muchísimas palabras. Algunas importantes, otras, ya ni las recordamos. Entre todas ellas, en la vida cristiana, asoma la Palabra de Dios, que, como decíamos el mes pasado, quiere colarse en nuestro interior para llenarlo de vida, de la vida de Dios.

La Palabra de Dios moldea nuestro interior como hace el agua con las profundidades de la tierra. Gota a gota, pacientemente, es capaz de esculpir laberintos y cuevas preciosas, muchas veces ocultas a nuestros ojos. Su manera de actuar en el interior de cada persona no tiene nada que ver con nuestras prisas y precipitaciones, nuestras agendas y nuestra búsqueda de soluciones rápidas.

La Palabra de Dios no es comida rápida, no es una oferta de ocasión, no es una promoción con fecha de caducidad. Es una presencia paciente, una compañía cercana, cuya riqueza y profundidad solo podrá captarse en nuestro interior si cultivamos una serie de actitudes.

La primera es la tranquilidad, la calma. La Palabra de Dios no se puede leer con prisas ni de manera precipitada. No es un recetario rápido de soluciones para la vida. Necesitamos paciencia y leer los textos una y otra vez para que vayan calando hondo, para que nuestra mente vaya captando su mensaje profundo.

Otra actitud es la apertura. Ir con la mente abierta, sin esquemas previos, ayuda mucho. Incluso un texto que hemos escuchado o leído muchas veces, puede sorprendernos si vamos sin defensas y sin la típica frase de “este ya me lo sé”.

La Palabra de Dios deja huella en nosotros si vamos con un corazón generoso y disponible. Listo para dejarse tocar por lo que Dios quiere decirnos y listo para realizar los cambios o tomar las decisiones que poco a poco vayan brotando en el diálogo con Dios.

Una actitud clave es la familiaridad con ella. Hacerle hueco en un rincón de la casa, teniendo una Biblia abierta con una vela; leerla en distintos momentos del día; usarla para leer durante los viajes… Todo ello hace que la Palabra de Dios no quede en el rincón del “cuando me acuerdo”, o “cuando tengo tiempo”, o “cuando toca”.

 Finalmente, una vida interior se llena de la Palabra de Dios cuando practica el mismo lenguaje que en el que ha sido escrita: el lenguaje del amor. La Biblia, decía san Gregorio Magno, es una carta de amor que Dios ha escrito a la humanidad. Por lo que la mejor forma de leerla, escucharla, anunciarla, meditarla, comprenderla y practicarla es desde el amor que recibimos de ella y a la cual respondemos con nuestro pequeño y sencillo, pero sincero amor.

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