LA PASTORAL JUVENIL ES VOCACIONAL Y MISIONERA

Confío que a estas alturas, ya somos muchos, los que deseamos ser protagonistas en la conversión de nuestra pastoral juvenil, para que sea una pastoral juvenil, vocacional y misionera. Intentaré entretenerme en la dimensión vocacional de nuestra pastoral juvenil.

Hablamos de amistad y de amor. El discernimiento fundamental radica en descubrir que aquello que quiere Jesús de cada joven es su amistad; una amistad que es historia de vida, historia de amor. Es una invitación a formar parte de una historia de amor que se entrelaza con nuestras historias; y por lo tanto, amistad y amor encarnado en un contexto histórico y geográfico, en unas personas concretas, donde el Señor viene a plantar y a plantarse.

Vamos a intentar descubrir una primera dimensión de la vocación, aquella en la que se materializa el servicio a los otros, el servicio misionero, en el que participamos de la obra creadora, aportando al bien común, a partir de nuestras capacidades. Nuestra vida orientada a los demás, debe ser fruto del discernimiento, para que en ella resuene la llamada de Dios y nuestra respuesta; y que este movimiento de llamada – respuesta, vaya amarando toda nuestra existencia y la de los jóvenes que participan de las acciones pastorales. Podríamos añadir un segundo movimiento, el hacía dentro. En nuestras propuestas pastorales, grupales o individuales, deberemos ayudar a los jóvenes a este viaje sincero y honesto hacía dentro de cada uno de ellos, en el que puedan descubrir el sentido, la orientación de sus decisiones, de su vida.

Una vez damos protagonismo a la vida para los otros, entramos en una segunda dimensión de la vocación, que quiere ayudar a concretar este para los otros. Nos orientan diferentes encuestas en las que se pone de manifiesto que la formación de una familia y el trabajo, son dos cuestiones básicas, que preocupan a los jóvenes, y a las que hay que responder. Pienso que debemos hacer un esfuerzo para que el matrimonio sea vivido como una historia de amor, en la que el Señor, a partir de un hombre y de una mujer, hace una sola carne, una sola vida; y en la que el sacramento del matrimonio envuelve este amor con la gracia de Dios, y lo conecta íntimamente con Dios.

Escribiendo sobre el matrimonio, me vienen a la cabeza, no pocos jóvenes que buscan, pero no encuentran, aquella otra persona, con la que ser una misma carne, una misma vida. En nuestra pastoral debe ganar espacio la espiritualidad del saber esperar, de la vida des de la esperanza. Y también, debemos facilitar procesos de discernimiento, para valorar la soltería, como una manera de vivir, en la que estamos llamados a materializar nuestra primera vocación, fruto del bautismo. Es esta una realidad, que no podemos despreciar ni tratar con simplicidad; son muchos los jóvenes, que sufren, por no saber reconocer o identificarse con la llamada de Dios.

El mundo del trabajo, la incorporación al mundo laboral, es una experiencia fundamental para los jóvenes. No siempre se trabaja en lo que se desea, y no en pocas ocasiones, el trabajo es experiencia de injusticia, de precariedad, y de constatar los límites de la realidad. El sacrificio y la generosidad de los jóvenes, se vive de una manera más intensa, cuando se descubre que aquello que deseo es fruto de la voluntad de Dios, que el joven está hecho para eso.

Aunque pueda parecer que esta pastoral juvenil, vocacional y misionera, no sitúa en un escenario de diálogo de uno mismo con Dios, animo a que los procesos de discernimiento sean comunitarios, no podemos perder de vista, que la llamada se recibe en un pueblo y somos enviados a la misión como pueblo. El sabernos parte de un pueblo por el bautismo, debe guiar nuestra acción pastoral. De este bautismo surgirán también las vocaciones específicas.

Con Jesús, poder reconocer mi vocación en esta tierra.

Carles Muñiz Pérez

Delegado diocesano de Juventud de
Sant Feliu de Llobregat

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