La paz de Dios en la oración con Él

La imaginación es una herramienta muy valiosa para nuestra vida. Nos permite hacer proyectos imaginando cómo queremos que sea nuestro hogar, o dónde y cómo nos gustaría pasar las vacaciones. También en la vida espiritual la imaginación juega un papel importante, ya que nos permite situarnos en un contexto de tranquilidad, meternos en las escenas de la Palabra de Dios como si estuviéramos en ellas presentes o “dibujar” con nuestra imaginación una imagen de Jesús ante quien orar.

Sin embargo, no es bueno confundir imaginación con realidad. Pues no todo lo que imaginamos es tal cual lo imaginamos y no todo lo que imaginamos sucede. Por otra parte, tampoco debemos pensar que, por el hecho de usar nuestra imaginación en los momentos de oración, todo lo que sucede en ella es fruto de una invención de nuestra mente.

La oración no es imaginar que estamos delante de Dios, no es pensar que nos escucha, sino que es un encuentro real y consciente con Él. Es “vivir” un encuentro, sentir su presencia, experimentar su amor, saber que nos escucha y contemplar su presencia.

En la oración nos relacionamos con Dios de una forma tan real como lo hacemos con todas las personas que nos rodean a lo largo del día. Lo que ocurre es que esa relación se experimenta de distinta manera y requiere una capacidad de concentración y una madurez que se van logrando a lo largo de nuestra vida.

Dios nos regala su presencia y se relaciona con nosotros porque nos quiere, pero necesitamos poner de nuestra parte para que esa relación se viva conscientemente y de una forma madura.

Necesitamos, en primer lugar, echar un vistazo al modo que tenemos de relacionarnos con las demás personas. Si descubrimos que nuestras relaciones son superficiales, interesadas, sin importancia, por obligación, conflictivas… difícilmente experimentaremos una relación madura con Dios, porque seguramente nuestra relación con Él la estemos viviendo de la misma manera.

En cambio, si nuestras relaciones van siendo cada vez más profundas, libres y gratuitas, sin esperar nada a cambio, generosas, amables, sinceras… estamos en el buen camino para que nuestra relación con Dios sea madura y se pueda vivir consciente y profundamente.

En hebreo existe una palabra para expresar todo ello: Shalom. Significa paz y se refiere a la paz de vivir nuestra relación con Dios en armonía, desde el corazón sereno, libre y tranquilo; a la paz de vivir en armonía con las personas que nos rodean; a la paz del equilibrio en nuestras emociones y en nuestro cuerpo; a la paz de quien no daña la vida que lo rodea; a la paz de vivir unidos a Dios, con nuestras dificultades, pero en el camino constante de quien lo busca sin descanso.

Vivir, sentir, experimentar esa paz en nuestro interior es algo palpable y real. No es algo que imaginamos, sino el regalo y la sensación de quien se ha encontrado cada a cara, quizás durante un breve instante, con Dios.

Fuente: Boletín Salesiano

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