La pregunta no es “qué”, sino “para qué”

Preguntas que marcaran su futuro: ¿Qué optativas elijo para cursar Bachillerato? ¿Qué carrera podría hacer después? ¿Qué profesión es la mía? Mis hijos, amigos de mis hijos, los jóvenes en general se hacen esta pregunta cuando van terminando la Educación Secundaria Obligatoria y si no pueden contestarla te piden consejo, ayuda, orientación… Deben tomar decisiones difíciles y observo que lo hacen a veces con muy poca información sobre sí mismos. Las notas son un elemento importante sí, pero no son el único factor a tener en cuenta. Nos dan información académica, pero hay otro tipo de información más personal y social que no está sustentada en una nota.

A edades muy tempranas empezamos a escuchar la pregunta: ¿Qué quieres ser de mayor? No caemos en la que cuenta de que ya somos, en esencia ya llevamos con nosotros nuestros talentos, dones, tipo de inteligencia… Solo hay que ver cómo queremos seguir creciendo y dónde vamos a contribuir con ellos dentro de la sociedad. Por eso, cambiaría la pregunta del qué al para qué, es decir, con todo lo que ya soy y voy descubriendo: ¿Cuál va a ser mi contribución al mundo, para qué quiero estudiar?

El adolescente o joven alumno vive un periodo complicado en su vida cuando debe elegir ‘qué’ estudiar en el futuro. Pero más importante que el ‘qué’ es el ‘para qué’, profundizando en sus dones, en su vocación, en aquello que le hace feliz.

Hace poco una antigua alumna me expresaba su desaliento porque la carrera que había elegido no le estaba gustando, y lo peor, no se veía ejerciendo la profesión que se perfilaba al acabar sus estudios. “No me conozco bien”, me comentó, y eso la impedía saber su propósito de vida y qué podía hacerla feliz realmente. Afortunadamente, su problema tiene solución y pasa por dedicarse tiempo de introspección, profundizar en su vocación y recomenzar con ilusión.

No enterrar los talentos

La formación la vamos adquiriendo poco a poco, a lo largo de toda la vida, es mejor empezar por dedicar un tiempo a conocerse, para ver con qué cosas contamos ya, porque eso es precisamente lo que nos va a dar luz para tomar la mejor decisión, la que esté de acuerdo con aquello que ya se nos ha regalado. En esta clave he compartido muchas veces con mis hijos la parábola de los talentos (Mt 25, 14-30). Queda claro también que el talento sin trabajo, enterrado, no sirve de nada. Todas las personas tenemos un don, pero para ponerlo en juego con éxito tiene que haber trabajo y constancia.

Siempre me ha gustado mucho esta frase de Montesquieu: “El talento es un don que Dios nos hace en secreto, y que nosotros revelamos sin saberlo”. Es necesario ser conscientes de que lo tenemos y dejarnos inspirar por él.

Fuente: Boletín Salesiano

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