“La Reina y yo”

           Lo que no se escribe, se pierde sin remedio, digan lo que digan los que dicen. Hoy, amigo Javier, quiero contarte uno de mis deseos, constantes y perseverantes, que tardaba mucho en poder cumplir en mi infancia, allá en la posguerra.

            Creo que fue Flaubert quien escribió que, si mirásemos siempre al cielo, acabaríamos por tener alas. Hasta yo creo que alguna vez he empezado así mi homilía dominical en Parla, Fuenlabrada, Azkoitia o Rentería, sin otra ambición que la de aplicar descargas de virtud en la pollada parroquial. Pero qué tontería, pero qué cursilada. Era un reclamo. Bueno, vale, ya. Pero qué trola. Cuando yo tenía diez años iba y venía del colegio Salesianos Atocha a casa y viceversa y pasaba todos los días cuatro veces por una confitería de la calle Batalla del Salado.

            Nunca, nunca, podía resistir la tentación de pararme delante del escaparate, en el que había unas bandejas con “milhojas”. ¡Las “milhojas!”. Valían dos cincuenta pesetas. Lo que para mí las hacía especialmente deseables es que eran de merengue blanco, como la camiseta del Real Madrid, mi equipo favorito, y además te regalaban un par de “Caramelos Campeón”, que llevaban dentro cromos relacionados con la Liga y que yo coleccionaba.

            Ello agudizó mis ganas de probar aquellas “milhojas”, porque además me ayudaban en la búsqueda obsesiva de la “p” y la “r” (pretendidas, inencontrables, missing), para lograr conformar la frase: “Caramelos Campeón”, cuyo premio era nada menos que una pluma estilográfica, que logré después de atiborrarme durante un año de dichos caramelos; pero, ¡jo!, dos cincuenta pesetas era lo que costaban diez cafés expresos en el “Alcubilla”, una entrada de cine en el Legazpi, el Luxarreta o en el Olimpia, varios tebeos de “El guerrero del antifaz” o de “Roberto Alcázar y Pedrín” o hasta una cajetilla de tabaco, que ocultaba en el agujero de una tapia y fumaba a escondidas con Pepe Rincón.

            Pasaban las semanas y los meses y el curso de la segunda elemental. Las “milhojas” seguían allí, en el escaparate. Hasta aparecieron unas nuevas que llamaban suizas, éstas de crema, pero a dos setenta y cinco. ¡Puff! Total que me quedé sin probar lo que tanto había ansiado, porque al año siguiente cerró la confitería, regida por un matrimonio muy mayor que se jubiló. Se impuso al deseo el peso bruto de la realidad.

            “No son tiempos –decía mi abuela Mamá Nona– para finuras, hijo, sino para el rodillo uniforme del trabajo, trabajo y confianza en Dios. Coge tu rodillo y adelante”. A lo que añadía mi tío, mosén Gregorio: “Que nadie llegue nunca a sospechar que bajo el alarde de coraje se esconde otro niño probado por la tosferina, el sarampión y la tisis. “-“ ¿La qué?. Valentía, Paco.

            Algunos sábados y domingos me llegaba hasta la Puerta del Sol, amigo Javier, para presentarme a propósito en “La Mallorquina” y tomar un café expreso (cincuenta céntimos: dos viajes de metro) y mirar y remirar y admirar uno de los dulces estrella de la casa: “la Reina”, una especie de “milhojas” de lujo, mucho más refinada (Sólo admirar. Costaba tres pesetas). Bueno. Rompía así las costuras del barrio Lavapiés para encaramarme a una independencia de la que quería hacer vida y labor propias. Pero antes de todo eso, iba recibiendo una exquisita educación de mis padres, mi abuela y mosén Gregorio, con el tupé levemente desgreñado y fui acoplándome al placer hasta vocacional de una soledad que sería aleta caudal de mi biografía de lobezno estepario rodeado de gente.

            ¿Qué hago yo aquí?, me decía y bostezaba. Y al poco, ¿cómo he podido dejarme embaucar por la mejor pastelería de Madrid? No, mi vida no está aquí, Paco, y de estar en algún sitio estará en mi cuarto, en mi casa, ante el atril, entre mis cuadernos de dibujo, caligrafía, dictados, composiciones y mis libros –el Libro de España de Edelvives, la enciclopedia Álvarez– y en las palabras (albahaca, azahar, almohada… cómo suenan), la palabra y en la imaginación, poca o mucha, que la naturaleza me ha concedido; a ese mundo me debo y sólo ahí me toca laborar.

            Pero una cosa, no quita la otra. “La reina”, “La reina y yo”. Ummm.

            ¿Qué hago yo aquí?, me repetía. Pues lo de todos los domingos que mi tía Lucía, Lucía Bustos, me invitaba a comer. Vengo en metro a la Puerta del Sol, me planto en La Mallorquina. Me atraco de “reinas” con el deseo, “gano el jubileo de la pestaña” en el mismísimo centro de la Villa, me acerco al escaparate de la Librería San Martín, esquina con Carretas, sí donde fue asesinado Eduardo Dato en 1921, aplasto la nariz sobre el escaparate para ver mejor los libros (los robaría todos) y ¡zas!, enfilo cualquiera de las calles que me lleva a Zurita 45, último piso. Calle Correo, por ejemplo, Jacinto Benavente, Doctor Cortezo, Tirso de Molina y Lavapiés.

            Con cerca ya de ochenta años, todavía sigo soñando algunas noches con el escaparate de la calle Batalla del Salado y con el de La Mallorquina de entonces y me despierto irremediablemente cuando iba a atrapar sin miramiento o a la “milhoja” o a “la reina” y me disponía a paladear el mejor merengue de todo Madrid, encendido de gula. Recuerdo ahora con mucho respeto la sabiduría de las ancianas de Nulvi, en Cerdeña, cuando me recitaban un refrán de sus mayores: “I peccattucci di gola si pagano nella vecchiaia / Los pecadillos de gula se expían en la vejez”.

            “Adiós, adiós, mi cansado, pequeño y profundo río de la vida, cuánto he amado tu incesante rumor, cuánto me ha gustado arrojarme y bañarme entre tus tibias ondas”.

            “La reina y yo”.

            He pensado una y otra vez por qué aquella “reina” o aquellas “milhojas” eran tan importantes para mí, por qué sigo recordando aquellos escaparates en los que me detenía el sugerente olor de la confitería y el de la magna y castiza pastelería y la frustración de no haber podido consumar mis objetos de deseo. Y la verdad, no soy capaz de hallar ninguna explicación razonable.

            El hecho es que, tiempo después, he visitado La Mallorquina, a donde llevo a mis amigos como detalle, “dulce detalle”, y hasta nos hemos acercado al obrador, situado en el mismo recinto. Allí destacan todas las “reinas” del mundo, que tanto anhelaba en mi infancia. Pero la mayoría de las veces salgo sin probarlas. Es más, no siento el menor impulso de llevarme envuelta ni una sola “milhojas”.

            Lo cual sugiere, amigo Javier, que es muchísimo más importante abrigar un deseo que realizarlo. Cuando uno alcanza la materialización de sus deseos, éstos siempre se desvanecen, se diluyen y pasan a no significar absolutamente nada: ausencia total.

            Mi infancia estuvo llena de deseos insatisfechos, de pequeñeces, de ilusiones. Los títeres de El Retiro, las pelis del Olimpia: Pinocho, Dumbo, los viajes imaginarios al mar desde la estación de Atocha (Madrid, Alicante, Zaragoza), el conejo guiñol Pichirichi de Don Ignacio Urtasun. Todo mi mundo era muy simple y me sentía fuerte y muy protegido por certezas únicas: Dios (representado en un triángulo y en medio de un ojo). “Dios te ve”, decía mi abuela, “No hagas nada de lo que tengas que arrepentirte. Él siempre es bueno”. Mejor que la nube esa, o las nubes esas de hoy ¿no? Mi familia. Mis amigos. Mis rutinas. La felicidad era escuchar por la radio jugar al Atlético de Bilbao con la mejor delantera del mundo formada por Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza (todavía me acuerdo), perderme en bici con mi padre los sábados y tomar una o dos cañas de cerveza (“Al niño hay que destetarle a base de cerveza”) o ir a pescar algún cangrejo también con él. Pero nunca, nunca olvidaré aquel deseo, aquel sentimiento de que mi mayor dicha estaba en una “reina”.

            Javier, es hoy pero que muy pueril mi estridente sequía, pero el tiempo, mi tiempo, que se acaba, parece todavía un niño que sonríe y te quiere acercar al oído su modo de empezar.

3 opiniones en ““La Reina y yo””

  1. Qué grande Paco! Nos llenas de Eternidad cada vez que comunicas!
    Mi santa madre, la Sra Dolores, me dice que en la vejez somos nuevamente niños…
    Un fuerte abrazo, amigo D. Francisco!

  2. Me ha encantado. No podía ser menos para un atochano de antaño con vivencias similares por los mismos lugares. Y que gran verdad, como la verdad de esta historia, aquello de que » es muchísimo más importante abrigar un deseo que realizarlo»

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