La silla

Un nuevo sentido

Era yo una silla de anea vieja y algo desvencijada. Una pátina de mugre había sustituido al elegante barniz de mi mocedad. Formaba parte del mobiliario de un tugurio que albergaba a cuatro hombres depravados.

Mis dueños eran ladrones y tahúres mal encarados. Cada noche, bajo la luz mortecina de un quinqué, se jugaban a las cartas sus escasas pertenencias. Su aliento apestaba a alcohol. Sus bocas maldecían. Aferrados a la vida gris de los desheredados, malvivían del robo.

Pero algo vino a cambiar mi destino. Cerca de nuestra guarida brotó la vida. Varios centenares de muchachos dibujaban un nuevo paisaje de risas, cantos, cultura y honradez. Juan Bosco, joven sacerdote, era el padre, maestro y amigo que levantaba para aquellos jóvenes un hogar cimentado sobre la fe y adornado con la dignidad.

Al ver tanta alegría, la amargura de mis dueños se hizo más lacerante. Una noche, ahítos de grappa y aguardiente, decidieron cercenar la vida del joven sacerdote.

Urdieron un engaño. Cuando la noche se hizo profunda, se acercaron al Oratorio. Con fingida voz suplicaron a Don Bosco que escuchara en confesión a un moribundo. Él accedió. Le acompañaron varios jóvenes. El escenario elegido para sus planes era la lóbrega estancia donde yo me encontraba. Aquí descargarían una lluvia de bastonazos sobre el sacerdote.

Don Bosco penetró en la mugrienta habitación. Se sentó sobre mí para escuchar en confesión al falso moribundo. ¡Cuánto me hubiera gustado advertirle del peligro! Pero las sillas no podemos hablar.

De pronto apagaron la luz del quinqué. Se alzó una barahúnda de gritos y blasfemias. Pero momentos antes de que descargara la tormenta de garrotazos, noté cómo unas manos robustas alzaban mi cuerpo. Cuando propinaron el primer bastonazo, era yo quien protegía la cabeza de Don Bosco.

Recibí todos los golpes destinados a él. Machacaron mi cuerpo de madera. Sufrí lo indecible. Pero experimenté un sentimiento más fuerte que el dolor: mi vida cobró sentido. De ser una silla arrumbada en el escondrijo de unos maleantes, me transformé en defensa y protección de un hombre bueno que brillaba con luz propia en medio de los jóvenes. Y me sentí feliz.

Los jóvenes que acompañaban a Don Bosco, al escuchar los ruidos, entraron. Cesaron los golpes. Rescataron a Don Bosco. Amedrentaron a los malhechores. Pusieron fin a la amargura desbordada.

Tras el incidente, yo quedé dolorida en mi rincón. Mis dueños regresaron a su oscura monotonía. Pero desde aquella noche todo fue distinto: Don Bosco había dado un nuevo sentido a mi vida.

Nota: 1854. Enemigos del Oratorio traman un plan para deshacerse de Don Bosco. Varios malhechores le requieren para confesar a un fingido moribundo. Don Bosco acude acompañado de sus jóvenes. Se apaga la luz. Comienzan a descargar bastonazos. Don Bosco se protege colocando una silla sobre su cabeza. Salió indemne gracias a la silla… y a la ayuda de sus jóvenes (MBe IV, 537-538).

Fuente: Boletín Salesiano

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