La taza de café

Frágil piel de porcelana

La vida de las tazas de café es muy variada. Conozco a hermanas mías que soportan la tediosa quietud de una vitrina. A otras, en cambio, el destino nos otorga una existencia ajetreada.

Soy una taza de café. Me cabe el honor de haber prestado mis servicios en «La Consolata»; recoleto y distinguido café de Turín situado en la plaza que hay frente al santuario del mismo nombre.

Los domingos era un sinvivir. Mesas repletas de clientes. Frenética ocupación. Durante los días laborables el trabajo decrecía y mi piel de porcelana recuperaba algo de su brillo y tersura.

Frecuentaba aquella cafetería un joven sacerdote llamado Don Bosco. En una mesa apartada revisaba la correspondencia y leía la prensa… A veces me correspondía el privilegio de ser la taza donde le servían el café. Viéndole de cerca, intuí las muchas preocupaciones que soportaba por el bien de los chicos pobres que acogía. Me habitué a su presencia. Pero no le conocí a fondo hasta aquella tarde de otoño en la que temí por mi vida.

Entró Don Bosco. Saludó sonriente. Se sentó en una mesa retirada. El dueño vertió café humeante en mi cuerpo. Ordenó a Paolo, joven camarero recién contratado, que lo sirviera.

De pronto, de los labios del joven, brotó un exabrupto. Maldijo a los curas. Se negó a servir el café. Víctima de torticeros y malintencionados rumores, odiaba a los sacerdotes.

Ante la insistencia del dueño me colocó sobre la bandeja. Farfullaba reniegos entre dientes. Noté cómo le temblaba la mano por la ira. Temí lo peor. La vida de las tazas de café es frágil. Caemos al suelo y ¡adiós! Cerré los ojos. Se me hizo eterno el breve recorrido. Respiré aliviada cuando descansé sobre la mesa.

El joven camarero miró a Don Bosco con desprecio. Nunca olvidaré su gesto huraño y arisco. Por toda respuesta, Don Bosco le dio las gracias y le sonrió. Le contempló con afecto. Con voz serena le preguntó dónde había nacido, cuáles eran sus preocupaciones, por qué había marchado de casa, qué proyectos tenía…

Yo, una taza de café, fui testigo de la transformación que obró la amabilidad de Don Bosco. El joven musitó respuestas. Sonrió. Intuyó que aquel cura no era como los demás. Conversaron largamente. Hablaron con el dueño del café. Creció la amistad.

Al fin Don Bosco se levantó. Debía regresar al Oratorio. Le vi partir desde la mesa donde todavía me hallaba. Atravesó el umbral del local… Pero no lo atravesó solo. Le seguía el joven camarero: había aceptado el futuro cargado de promesas que le había propuesto Don Bosco.

Nota: Don Bosco recalaba ocasionalmente en el café «La Consolata». Revisaba la correspondencia y leía la prensa. En 1860 se encontró con Juan Pablo Cotella, joven camarero que odiaba a los curas. La amabilidad de Don Bosco le cautivó. Entró en el Oratorio, estudió y formó parte de los antiguos alumnos. La cafetería donde tuvo lugar este encuentro existe actualmente (MBe VII, 418-420).

Fuente: Boletín Salesiano

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