La vara de mimbre

Del castigo a la palabra

Los campesinos del caserío de I Becchi apreciaban la flexibilidad de nuestros cuerpos. Por este motivo destinaban siempre un pequeño campo al cultivo a las varas de mimbre. Yo soy una de ellas. Aunque crecí con las raíces hundidas en tierra, mis anhelos se elevaron prontamente hacia lo alto. La brisa abrazaba cada mañana mi cuerpo delgado. Meciéndome con ella aprendí el secreto de la flexibilidad.

Cuando crecí, intuí mi destino. Me cortarían. Me despojarían de mi corteza. Pondrían a secar mi blanco cuerpo al sol. Hábiles manos me trenzarían. Perviviría dando forma a alguna cesta o canasto…

Pero nada fue así. Una mañana de otoño se me acercó un niño. Midió el grosor de mi cuerpo. Valoró mi elasticidad. Me cortó con firme decisión.

Mondó mi corteza con una navaja. Adornó mi cuerpo con suaves incisiones: finas líneas y diminutos triángulos. Luego descendió colina abajo. Se detuvo en la linde del sendero. Y esperó hasta que apareció ella.

El niño prorrumpió en zalamerías al ver a su madre. La buena mujer regresaba del mercado. Sostenía en su brazo una cesta de mimbre. Les escuché. Aprendí sus nombres. Reparé en la ternura de sus palabras.

Pero aquella armonía se truncó súbitamente. Juanito bajo la mirada. Con voz compungida dijo: «Madre, me encaramé para coger la botella de aceite. Me cayó y se ha roto. Como sé que merezco un castigo, le he traído esta vara de mimbre para que me mida con ella las costillas».

Con gesto calculado, me alargó hacia Mamá Margarita. Un escalofrío recorrió mi cuerpo: ¡me estaba convirtiendo en un objeto de castigo! En lugar de arquearme para formar cestos, me curvaría para golpear las carnes de aquel pequeño. Me horroricé…

Mamá Margarita sonrió. En lugar del castigo, inició una reflexión: «Juan, quien de pequeño es atolondrado, de mayor sigue siendo irreflexivo y se acarrea muchos disgustos». No hubo golpes sino diálogo sereno. Respiré aliviada. Recobré mi dignidad. Madre e hijo ascendieron hasta su humilde hogar. Quedé olvidada en un rincón de la cocina.

Días después Mamá Margarita me echó a la lumbre. Mientras me convertía en ceniza pensé que mi existencia había tenido sentido. Yo, una humilde vara de mimbre, me había convertido en el símbolo del castigo que se transforma en reflexión y en una nueva oportunidad para quien se equivoca.

Desde las llamas observé por última vez el rostro de Juanito. Algo me decía que el pequeño había aprendido la lección. Quizás algún día sería un profeta capaz de cambiar los castigos por esas palabras cargadas de afecto que tanto corrigen y ayudan a crecer.

Nota: 1823. Juanito Bosco tiene ocho años. Mientras Mamá Margarita va al mercado, intenta coger una botella de aceite de la alacena. La rompe. Juanito toma una vara que pela y adorna… y se la entrega a Mamá Margarita para que le castigue. Ella le enseñará a cambiar castigos por reflexión y amabilidad (MBe I,74-75).

Fuente: Boletín Salesiano

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