La viña

Defendiendo la herencia

Por aquellos años era yo una humilde viña. Crecía en la ladera sur de una colina de la aldea de I Becchi. Era la herencia que Francisco había dejado al morir a su esposa Margarita y a sus tres hijos. Mi dueña me cultivaba con esmero. Sus labores eran como caricias prodigadas al esposo ausente.

Margarita me labraba. Los pequeños cavaban mi tierra. Todavía recuerdo cuando Juan Bosco, el más pequeño de los tres, acudía a mí con una azada que a duras penas podía levantar. El muchacho era todo coraje. Apretaba los dientes. Levantaba la azada. La dejaba caer sobre los terrones de tierra.

Yo me sentía la viña más afortunada de la comarca y correspondía con vendimias generosas.

De pronto algo comenzó a torcerse.

Llegaba el tiempo de la cosecha. Mis racimos estaban en sazón. Margarita me visitaba cada día. Tomaba unas uvas de aquí y otras de allá… Comprobaba el sabor del fruto de cada cepa. Aquella vendimia se presentaba cargada de promesas.

Pero una noche mis cepas despertaron sobresaltadas. Entre ellas se deslizaban pasos sigilosos. El ladrón estaba allí. Al amparo de la oscuridad, calibró varios racimos. Los arrancó. Las hojas de las cepas y los zarcillos temblaron de miedo.

Con las primeras luces comenzó a extenderse un rumor de cepa en cepa: el ladrón regresaría la próxima noche para esquilmar una cosecha que tan sólo pertenecía a Margarita y a sus hijos.

Margarita vino como cada día. Sus ojos descubrieron los racimos arrancados; cicatrices de heridas hechas al abrigo de las tinieblas. Noté cómo el temor hacía nido en ella. Tal vez la próxima noche…

Y llegó la noche. Se apagaron las tenues luces de los candiles de I Becchi. Yo, como viña responsable, intenté animar a las cepas e infundir coraje a los racimos. Pero todo fue en vano. Aquella iba a ser una noche de vergüenza y oprobio.

De pronto se escucharon los pasos sigilosos del ladrón avanzando por entre las cepas. Se detuvieron. Preparó un cesto de esparto. Blandió en su mano derecha un corquete de hoja afilada y mango de madera. Tomó con su mano izquierda un racimo cargado de uvas. Se dispuso a cortarlo…

Yo cerré con rabia mis ojos de viña. Un desalmado iba a despojarme del trabajo de un año. Pero entonces… ocurrió el milagro. Desde el margen brotó un grito fuerte, desgarrado y profundo. Se le unieron chillidos de niños. Comenzaron a resonar ruidos de paletas golpeando con energía calderos de hierro y cobre… La voz de Mamá Margarita se alzaba en medio de la noche: ¡Al ladrón! ¡Está por allí! ¡Vamos! El ladrón echó a correr ladera abajo. Huyó. Se perdió en la oscuridad.

Tiempo después, cesó el temblor en cepas y racimos. Margarita abrazó a sus hijos. Unidos recorrieron el camino de vuelta a casa. Caminaban orgullosos. Sonreían. Habían defendido la herencia del padre con coraje y valentía.

Nota: Mamá Margarita y sus hijos cuidaban una pequeña viña, herencia del padre fallecido. Un ladrón quiso robar los racimos amparándose en la noche. La buena madre, ayudada por sus pequeños, afrontó la situación y alejó al malhechor con ruidos y gritos (MBe I, 82-83).

Fuente: Boletín Salesiano

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