Las cinco campanas

Las voces de María Auxiliadora

Soy una campana de bronce. Mi historia ha estado siempre unida a otras cuatro campanas: ¡Mis hermanas! Sin ellas mi vida carecería de sentido. Juntas hemos aprendido la antigua sabiduría de nuestro linaje: cada golpe de badajo debe ser como un latido que deja mensajes de vida flotando en el aire.

Nacimos en la fundición del señor Mazzola en la ciudad de Valduggia. Crecimos en el taller donde habíamos visto la luz.

Enseguida descubrimos que éramos distintas. Yo, que era la mayor, pesaba 870 kilos. Me seguía una hermana de 750 kilos de peso. La más pequeña apenas alcanzaba los 250. Emitíamos notas distintas pero armónicas. Sonando simultáneamente formábamos un acorde musical. Entre juegos aprendimos a interpretar sinfonías de alegría.

Un día de primavera nos cargaron en varios carros. Tras largo viaje llegamos a nuestro destino: La Basílica de María Auxiliadora de Turín.

Fuimos recibidas por cientos de muchachos. Sonaban los acordes de una banda de música. Nunca olvidaremos la sonrisa de satisfacción de Don Bosco, el sacerdote que nos había encargado. Éramos parte de su sueño.

Cayó la noche. Se apagó el bullicio. Quedamos solas. Fue entonces cuando el temor por la responsabilidad asumida se deslizó por nuestra piel de bronce. ¿Cómo ser fieles a nuestra misión? ¿Qué hacer para convertirnos en la voz de María Auxiliadora?

Reflexionamos en silencio. De pronto, tuve una intuición. Con la autoridad que me otorgaba ser la hermana mayor, lancé mi propuesta: “Mañana cada una de nosotras interpretará un fragmento de la historia sonora de la madre de Jesús”.

Repartimos la tarea. La pequeña, con su sonido sutil, eligió ser la voz de María niña jugando por los campos de Nazaret. La siguiente asumió evocar el gozo de María, joven madre en Belén. La otra escogió ser el eco humilde y discreto de María, la primera seguidora de Jesús… Y yo, con mi toque grave y profundo, opté por evocar el llanto silencioso de la Virgen al pie de la cruz.

De pronto surgió una duda: ¿Cómo expresar la voz alegre de María abrazando a su Hijo resucitado? La pequeña zanjó la cuestión: “Para manifestar la resurrección voltearemos al unísono. Fundiremos nuestras voces. Seremos un clamor que proclama el triunfo de la Vida”.

Así lo hicimos. Y así lo seguimos haciendo hasta el día de hoy.

Si alguna vez vienes a Turín, tal vez escuches los toques que aún hoy lanzamos al aire desde el campanario de la Basílica. Aguza el oído. Nuestras voces de campana te narrarán la historia sonora de María, la madre y la auxiliadora de los hijos e hijas de Don Bosco.

Nota: 21 de mayo de 1868. Don Bosco coloca cinco campanas en la Basílica de Mª Auxiliadora. Repicando simultáneamente forman el acorde de Mi bemol mayor. Son de distinto tamaño. De mayor a menor, pesan: 870 kg. 750 kg. 440 kg. 370 kg. 250 kg. (MBe IX, 202-204).

Fuente: Boletín Salesiano

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