LAS GAFAS DE NO VER. (epistemología de quita y pon)

Uno de los grandes temas de la filosofía ha sido siempre el conocimiento: ¿Qué podemos saber? ¿Cómo conocemos el mundo que nos rodea? La cosa puede parecer, de entrada, tarea para despreocupados, pero todos los problemas de la filosofía que han hecho correr ríos de tinta a lo largo de los siglos, responden a inquietudes profundamente humanas. Yo digo a mis alumnos que la filosofía es una disciplina de lo más práctico: pensar recta y críticamente es una herramienta que se aplica absolutamente a todo. 

Mi intención en las líneas que siguen es demostrar cuán práctico es responder a esta vieja pregunta: ¿Qué puedo conocer?. 

¿De verdad que conocemos la realidad que nos rodea? ¿Seguro? ¿Conocemos el mundo en que vivimos? Muchos dirían que depende de qué entiendas por mundo, y aquí ya empezamos a hacer filosofía. Pero vayamos concretando. ¿Conocemos el lugar en el que vivimos? Seguro que si se trata de una pequeña aldea podríamos contestar con más seguridad que si se trata de una ciudad. 

Yo “conozco” algunas calles de la ciudad en la que nací. Pero hay muchos sitios en los que jamás he puesto el pie, así que la  conozco a medias. Podríamos seguir dando ejemplos hasta el infinito. 

¿Conocemos el entorno social actual? Aquí sería pretencioso decir que sí. Porque para ello necesitaríamos conocer una ingente cantidad de datos. Es imposible conocer todo lo relacionado con la sociedad que nos rodea. Por eso nos fiamos de lo que nos dicen otros que son especialistas en campos diversos. Para ello utilizamos libros y medios de comunicación. Podemos decir que disponemos de algo semejante a un catalejo de pirata, a través del cual vemos el círculo donde se orienta el instrumento óptico. Así, percibimos la realidad a través de un filtro limitado, el cual está sometido a unas poderosas fuerzas deformantes que surgen de los intereses económicos y políticos de sus propietarios. 

Esto lo sabemos todos. Siendo conscientes de ello, seguro que somos humildes, y relativizamos la información que proporcionan, pues, buscadores  impenitentes como somos, no cedemos a algunas tentaciones que obstaculizan el conocimiento de la verdad, y no cejamos en la búsqueda de la misma, relativizando afirmaciones, y renunciando a ser categóricos. 

Sabemos muy bien distanciarnos emocionalmente de las valoraciones de los hechos, pues tenemos muy claro que las emociones suelen deformar mucho la ecuanimidad y ponderación. Por ejemplo, renunciamos a dar siempre la razón a los que identificamos con los “nuestros”, y renunciamos a  descalificar a ultranza a quienes no pertenecen a nuestra bienaventurada grey, aunque no nos falten ganas. 

Somos muy conscientes que el sesgo de confirmación, que consiste en aceptar como verdadero algo que coinciden con nuestros prejuicios,  es uno de los filtros a través de los cuales vemos todo por el mismo agujero, y nos impide dirigir la mirada a otra parte, Su finalidad no es otra que afianzar los prejuicios que tanto tiempo nos han costado consolidar. 

Es por esto por lo que solemos contrastar la información, pues ya se sabe que no siempre la verdad se identifica con lo que nos gusta. Por aquello de que con frecuencia las emociones no hacen migas con la verdad. Y llevados por este ímpetu de insaciable búsqueda, incluso vamos a escuchar la campanada proveniente del otro bando, que quizá tenga algo de verdad.  

Siguiendo el sano discernimiento, nos preguntamos con frecuencia: “¿En qué me baso para decir esto?”, antes de sentar por verdadero algo que nos gustaría que fuese según nuestros bien asentados prejuicios. Así no incurrimos en el atavismo hispánico de hablar de lo que no se sabe. Llevamos por este afán, buscamos información, leemos, investigamos y profundizamos, para poder formarnos una idea. 

Estamos convencidos que la verdad no es monopolio de una parte, y, como Jesús, estamos dispuestos a aprender de aquellos que están mal vistos, porque son de otro grupo, y nos disponemos a abrimos a la verdad que quizá posean. Tenemos muy claro que los nuevos samaritanos pueden darnos lecciones, aunque no sean de los nuestros. 

Impulsados por por el ansia de saber, nos documentamos sobre actualidad, intentando encontrar las claves para entender la complejidad de este mundo de tiburones en el que aumenta progresivamente la legión de los excluidos, y tratamos de ver la realidad desde el punto de vista de quien sufre, sabiendo que esta óptica engaña raramente, sobre todo si nos impulsa a ponernos en su lugar, allí donde escuecen las leyes que quizá no nos afectan tanto. 

Sabemos que la realidad es tan compleja, que no viene mal conocer la historia reciente de nuestro país y de la Iglesia. Es un buen baño de humildad para entender a aquellos a quienes vemos tan alejados de nosotros. 

Por eso procuramos tender puentes en este mundo desgarrado por la polarización, con la convicción de que la lucha por la justicia es lo que más hermana a las personas. Es posible que nos demos cuenta que hay muchos samaritanos anónimos con los que podríamos coincidir en la posada. 

Con estos principios hermenéuticos de filosofía práctica, es posible que, aún reconociendo la inabarcable inmensidad del mundo que nos rodea y nuestra limitada visión, veamos el mundo con los ojos con los que miraba Jesús: con los ojos de los que sufren, y así nos despojemos poco a poco de las gafas de no ver. 

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