Las medias elásticas

La cruz de cada día

¡Nunca se lo perdonaremos!

Nosotras fuimos ayuda inestimable para sostenerle en pie. Fieles compañeras compartiendo sus sufrimientos. Discreción y silencio bajo la sotana. Y a cambio, ¿qué…? ¡Nada de nada! Ni una sola mención. Ni una referencia agradecida en medio de tantas palabras. La realidad fue así de amarga. Ahora que han transcurrido los años, todavía nos preguntamos el porqué de esa losa de silencio que Don Bosco depositó sobre nuestro cuerpo.

Somos un par de medias elásticas. Conocíamos nuestra misión: unir nuestro cuerpo flexible a la piel de las piernas atormentadas por las varices. Nacimos dotadas con los últimos avances terapéuticos: finos hilos de caucho vulcanizado entretejidos con hebras de seda y algodón. Fuimos entrenadas para procurar bienestar. Aprendimos a controlar nuestra presión: intensa sobre el tobillo, media en la pantorrilla y leve a la altura del muslo.

Cuando se nos comunicó que nuestro destino era mitigar los dolores que las varices producían en las piernas de Don Bosco, una intensa alegría recorrió nuestros hilos de caucho. Nos esperaba un trabajo de calidad. Y así fue.

Junto a él compartimos interminables horas de recreo con sus muchachos. Recorrimos cada rincón del Oratorio. Juegos sinfín. Carreras. Giros bruscos. Veloces movimientos… Y allí estábamos nosotras, afinando la presión sobre sus piernas. Orgullosas de conseguir que la sonrisa del santo de los jóvenes no deviniera en una indiscreta mueca de dolor.

Cuando crecía el agobio por las deudas, sabíamos la tarea que nos aguardaba: acompañar a Don Bosco de puerta en puerta. Subir y bajar escaleras. Recorrer avenidas. Esperar de pie. Sostener la fatiga de quien se hizo mendigo para sacar adelante a sus muchachos; jóvenes vidas que no tenían más hogar que el que Don Bosco había creado para ellos.

Le hemos mantenido en pie celebrando misa, narrando escenas bíblicas, eligiendo las frases para impresionar a pequeños y grandes con sus sueños, derrochando simpatía al relatar anécdotas de juventud… Siempre nos mantuvimos discretas. Agazapadas bajo su sotana. Aliviando el dolor.

Nunca olvidaremos aquella frase enigmática que pronunció una mañana. Un joven le ayudaba a ajustarnos. Don Bosco, tras suspirar, le confesó en voz baja: «Ya ves, son mi cruz de cada día».

Nos quedamos perplejas. En aquel mismo momento nos hubiera gustado gritarle: ¿Quién es «la cruz de cada día», nosotras o las varices? Permanecimos calladas. Las medias elásticas no tenemos voz para preguntar.

Jamás tuvo la deferencia de mencionarnos. ¿El motivo? Quizás porque nunca quiso alardear de los inmensos esfuerzos que realizaba para llevar siempre en sus labios la sonrisa joven de Dios.

Fuente: Boletín Salesiano

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