Lavapiés, el barrio más “cool” del mundo

Más que el Pigneto, de Roma, que el Sain-Denis de París, que el Príncipe Real de Lisboa, que el Yanaka de Tokio, que el Euljiro de Seúl.

            Hay cosas en mi barrio de Lavapiés que están ya cansadas y así se dejan comprar sin oponer resistencia.

            No esperes grandes cosas: las velitas para San Pancracio en la colegiata de San Isidro, las flores para la Virgen de la Paloma, los churros y porras –bueno y los bocatas de calamares- del “Brillante”, las bicis y motos de toda índole en “Calmera”, los ibéricos en el Museo del Jamón, las infinitas pensiones de tres al cuarto. Música de cisterna. Grifo del lavabo on. Grifo del lavabo off. Pausa. Puerta que se abre.

-Hace media hora que te esperan.

-Ya voy, ya voy.

            Puerta que se cierra.

            La verdad, amigo Javier, los hombres con nuestras existencias larguísimas y nuestras vejeces interminables, solemos glorificar pomposamente las ventajas del aprendizaje; incluso de las malas experiencias, sostenemos hasta en nombre de nuestra fe, que podemos sacar cosas, entretenimiento, futuro. Pero yo no puedo ya perder el tiempo en esas tonterías; como todo hombre sólo vivo lo que vivo y tengo la certeza de que hay saberes que no merece la pena saber. Por ejemplo, yo hubiera podido vivir muy feliz sin conocer la cochambre de las Zonas Cero de Lavapiés –de hecho aquí viven miles de vecinos así encantados de haberse conocido-; pero aquí estoy, tras haber hecho un viaje inútil a la miseria de mi barrio.

            “¡Hola, amigo!” Estás abandonando la Zona Cero. A partir de este punto, sólo personas con autorización vigente, por favor. ¡Muchas gracias!

            ¡Fuera máscaras, fuera prejuicios, fuera tópicos!

            La frontera entre ver y no ver no parece gran cosa, apenas un largo muro transparente e invisible que deja entrever o no las recámaras transparentes o no al otro lado. “¡Qué verdad es que cada uno ve lo que lleva dentro!”. Las manchas ocres podrían pasar por residuos roñosos de orines antiguos o recientes, que también, y logran que la pared tenga el aspecto de lo que en verdad es: el sórdido muro de las nuevas cárceles: pisos de explotación laboral, narcosalas, sexoapartamentos, cientos de tabernas de mala muerte o de buena vida, docenas de bingos.

            O sea que vivo en el barrio más cool del mundo y que por eso los vampiros de ladrillos tratan de chupar al metro cuadrado la mayor rentabilidad y no sé qué buitres amenazan de desahucio a las mujeres longevas y a los ancianos con metástasis. Creen, pues, los inversores más atrevidos que estas calles, las del barrio más cool del mundo, las mismas que dan tanto miedo, son una oportunidad para el negocio. Pues aquí corretean los niños que hablan bengalí o chino, mean los perritos “lulú” de las señoras aromadas en espliego, toman el fresco los vejetes marroquíes atiborrándose de té y los más perspicaces especuladores ven brotar chorros exuberantes de billetes. O sea.

            Hay cosas en mi barrio de Lavapiés que están ya cansadas y así se dejan comprar sin ofrecer resistencia.

            No esperes grandes cosas: los alfileres que las mozas dejan en las bandejas de San Antonio de la Florida, los “tiosvivos” de toda la vida que alquilan el ayuntamiento para entretenimiento de pequeños y abuelos, los mazos de libros vendidos al peso en la Cuesta Moyano, las mascotas bendecidas por el P. Ángel en la iglesia de San Antón, presidida por cuadro de Goya, las cadenas de VIPS de comida rápida, las larguísimas colas de individuos para el Museo del Prado, el Reina Sofía o el Thyssen

-Hay que avanzar, señor –rezonga la mujer que está detrás de mí.

            Cierto, cierto: la cola se había movido dos pasos y yo no me había dado cuenta. Dos míseros pasos y la tipa protestaba. Salvé de una zancada el pequeño trecho y miré con sorna a la mujer desde la altura de mis gafas de combate. Pero la tipa ni se inmutó ¡ay, la violencia de género!

            “¡Hola, amigo! Estás abandonando la Zona Cero. A partir de este punto, sólo personas con autorización vigente, por favor. ¡Muchas gracias!”.

            Una, dos, un grupo de muchachas camina por la plaza del Reina, hoy Juan Goytosolo. Por su ropa chillona y apretada, tal vez prostitutas. La delgada lámina de grafeno de sus ordenadores móviles están montados en un ostentoso brazalete de metal dorado y piedras preciosas ostensiblemente falsas; como casi todo en la sociedad posmoderna. Quizá vayan a trabajar fuera a la Zona Uno, el sector colindante.

            Cruzan cerca de la estación cuando estalla cierto clamor. Porque lo primero fue ese repentino griterío, un cierto bramido colectivo y animal que puede helar la sangre. Las chicas se detuvieron y miraron hacia atrás; de hecho todos cuantos aguardamos en las colas del metro, del autobús, del cercanías, miramos hacia atrás. Hacia la masa de individuos que se acercaban a los muros del Puerta de Atocha a todo correr. Eran muchos, muchísimos, trescientos, quinientos, quizá más. Mujeres y hombres. Llevaban mochilas, bolsones, carritos, bultos, hasta niños a la espalda. Gritaban desesperadamente y furiosos, a lo mejor para darse aliento, a lo mejor para rivalizar con el tran-tran-tran de las maletas. Así debían de gritar los asaltantes de los castillos medievales en las historias que yo contaba a mis alumnos en clase. Alcanzaron los primeros las escaleras mecánicas como una ola de mar que rompe contra un dique: el vagón del AVE los engullía, los despedía, los depositaba pocas horas después en Cádiz, Málaga, Barcelona… porque estaba electrificado.

            ¡Hola, amigo! Estás en el mero centro de la Zona Cero de Lavapiés, la plaza de Tirso de Molina, llena de floristas de día, plagada de jóvenes de noche en el club de moda Medias Puri. Más allá la Tabacalera donde el tiempo se encarga de mearles encima los manchurrones ocres a los okupas artistas pijos. Y más acá, La Casa Encendida, donde en la posguerra empeñábamos las alhajas los que no teníamos antecedentes. Y Tribulete, Mesón de Paredes, Cruz Verde, Embajadores, Nelson Mandela el meollo de lo “cool”: amor libre y compromiso social, vida cultural alternativa y frenética, convivencia de gentes de cien países, bares clandestinos entre discotecas underground y graffitis, “más colores”, “todos los colores”.

            El barrio más cool del mundo va de culo: mientras brotan hoteles low cost y deslumbrantes franquicias de tortilla y hamburguesas, crecen los escombros fluorescentes, las alcantarillas de capital que brincan sobre nuestras fronteras, los trabajos precarios de nuestros jóvenes y emigrantes que morirán de hipercoolismo.

            Pero no desesperes, Javier: en Lavapiés, el barrio más cool del mundo, aún queda mucho idealista: junto a esos que persiguen sus sueños en homónimas webs inmobiliarias, están desde 1899 los salesianos de la Ronda, dispuestos a resistir con “su escuela y despensa”, las asuncionistas de Santa Isabel, las Hijas de San Vicente de Paul en Lumbre, el párroco de San Cayetano, las mil ONG, el Instituto Cervantes, la Escuela de Ingenieros técnicos, el Ateneo de Madrid, donde recalan mis amigos masones del Ateneo Guipuzcoano… ah, y las larguísimas colas de más de quinientos mil individuos para besar el pie del Cristo de Medinaceli.

            El barrio más cool del mundo se está muriendo de hipercoolismo, antes que el Húmedo de León, el Gracia de Barcelona, el Río de la Pila de Santander, la Malagueta de Málaga, el Monte Alto de A Coruña… según la prestigiosa revista “TIME OUT”.

Imagen: Medias Puri

4 opiniones en “Lavapiés, el barrio más “cool” del mundo”

  1. ¡Qué barbaridad! Yo no veo la mitad de las cosas que ves tú cuando paseo por el cool Lavapiés… Hasta me parece un barrio tranquilo y diverso, pacífico y convivencial.

  2. No he leído mejor retrato de Lavapiés que éste, todos los “Lavapiés” del mundo. “Cosas de mi barrio que ya están cansadas”. Umbral no lo habría mejorado.

  3. Y pasa la vida…el tiempo marca los días y las horas….pero todo fue y será como ayer. Gracias Paco de rescatarnos de lo efímero, y enseñarnos lo trascendente que es el devenir…..el agua pasa pero el río sigue siendo el mismo, aunque no nos podamos bañar dos veces en las mismas aguas…

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