Lectores de la Palabra de Dios, responsabilidad en el servicio

Tenemos que reconocer que parecemos robots. Hacemos todo mecánicamente. No nos damos cuenta de lo que hacemos, decimos o escuchamos. Nos pasa incluso en esos momentos que se supone que queremos vivir profundamente y como experiencias de encuentro con Dios: oraciones mecánicas, palabras repetidas sin darnos cuenta de lo que decimos, misas con la mente en las nubes… ¡Qué pena! Nos perdemos la ocasión de tomar conciencia de la presencia de Dios a nuestro lado.

En la lectura de la Palabra de Dios no siempre se nos da un texto para que lo leamos personalmente, sino que un hermano o hermana realiza el servicio de leer en voz alta (proclamar) la Palabra de Dios contenida en el texto que lee. Es un servicio importante, pues en muchas celebraciones este momento es el único en que algunos asistentes reciban la Palabra de Dios. Proclamarla implica, por parte de quien lo hace, tomar conciencia de que es mediación de Dios para que su Palabra llegue y conquiste los corazones de la asamblea.

Los distintos documentos eclesiales insisten mucho en estos aspectos, pero sobre todo en la preparación de los lectores: “Es necesario que los lectores encargados de este servicio, aunque no hayan sido instituidos, sean realmente idóneos y estén seriamente preparados. Dicha preparación ha de ser tanto bíblica y litúrgica, como técnica” (Verbum Domini 58).

Para leer en la asamblea

  • Establecer momentos de preparación para quienes vayan a leer las lecturas: explicación de las lecturas, sentido de las mismas en el tiempo que se está viviendo, su ubicación y sentido dentro de la Biblia…
  • Los lectores no deben improvisar. Avisar con tiempo y dar el texto con anterioridad.
  • Si eres tú quien lee, dedica un tiempo antes de empezar la celebración a serenarte y dejar que, en el silencio, penetre el contenido de lo que vas a proclamar en tu corazón. Cuando se proclama desde el corazón, se capta mejor la atención de la asamblea.
  • Elige un sitio visible desde el que proclamar la Palabra.
  • No corras, vocaliza y elige el tono más adecuado según el estilo del texto: poético, histórico, exhortativo, dialogado…
  • Si has memorizado algún fragmento, establece contacto visual con la asamblea, ayudará a que se sientan destinatarios de cuanto estás proclamando.
  • Revisa los medios técnicos que se vayan a utilizar para evitar imprevistos.
  • Al terminar, deja una pausa antes de regresar a tu sitio o entre una lectura y otra.
  • Al regresar a tu sitio, agradece a Dios este servicio que ha puesto en tus labios.

Fuente: Boletín Salesiano

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